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De patriarcas y de otoños

De patriarcas y de otoños
El comienzo: "(…) ya lo ves, general, así es como terminan los que levantan la mano contra su padre, no se te olvide cuando estés en tu reino, le dijo, al cabo de tantas noches de insomnios de espera, tantas rabias aplazadas, tantas humillaciones digeridas, ahí estaba, madre, proclamado comandante supremo de las tres armas y presidente de la república por tanto tiempo cuanto fuera necesario para el restablecimiento del orden y el equilibrio económico de la nación, lo habían resuelto por unanimidad los últimos caudillos de la federación con el acuerdo del senado y la cámara de diputados en pleno…”.

El paroxismo: "(…) había declarado el estado de peste por decreto, se plantó la bandera amarilla en el asta del faro, se cerró el puerto, se suprimieron los domingos, se prohibió llorar a los muertos en público y tocar músicas que los recordaran y se facultó a las fuerzas armadas para velar por el cumplimiento del decreto…”.  

El miedo: "Así fue como Patricio Aragonés se convirtió en el hombre esencial del poder, el más amado y quizá también el más temido, y él dispuso de más tiempo para ocuparse de las fuerzas armadas con tanta atención como al principio de su mandato, no porque las fuerzas armadas fueran el sustento de su poder, como todos creíamos, sino al contrario porque eran su enemigo natural más temible…”.

Comenzaba la segunda mitad de la década de los años 70 y leíamos, sin respiro, como fue escrita, la novela El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez. En Bolivia daba sus últimos coletazos la dictadura banzerista, en Chile seguía tan campante Pinochet, en Argentina mandaba Videla, y el Plan Cóndor se estaba ejecutando. En las páginas de la novela del escritor colombiano, que aún no era Premio Nobel, se entrelazaba un compendio de las tristes anécdotas de los muchos y lamentables dictadores que asolaron las repúblicas latinoamericanas. Con el lenguaje del realismo mágico García Márquez recreó el entierro con honores militares de la pierna de un tirano, la trágica ignorancia de varios, los desmanes sexuales de otros, las bravuconadas, los asesinatos, las órdenes infames e inverosímiles de todos…

Diez años después los vientos de la democracia parecían barrer resquemores y malos recuerdos en la región. Quién nos iba a decir que, finalizando la segunda década del siglo XXI, volveríamos a ser testigos y víctimas, a veces hasta cómplices, de nuevas/viejas anécdotas protagonizadas por aprendices de déspotas?: palacios faraónicos en ciudades sin agua, caminos comiendo selvas, delirios nucleares, museos al ego, charlas con pajaritos (con el perdón de san Francisco de Asís) ¿Es que este continente no es capaz de aprender? 

Sin embargo, siempre hay un final: "(…) y en la madrugada del lunes la ciudad despertó de su letargo de siglos con una tibia y tierna brisa de muerto grande y de podrida grandeza (…) Fue como penetrar en el ámbito de otra época, porque el aire era más tenue en los pozos de escombros, y el silencio era más antiguo, y las cosas eran arduamente visibles en la luz decrépita. (…) más viejo que todos los hombres y todos los animales viejos de la tierra y del agua, y estaba tirado en el suelo, bocabajo, con el brazo derecho doblado bajo la cabeza para que le sirviera de almohada, como había dormido noche tras noche de su larguísima vida de déspota solitario”.
 
Carmen Beatriz Ruiz es comunicadora social.
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