La Paz, Bolivia

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Carmen Beatriz Ruiz
Resolana

Nombre y alma

Nombre y alma
En una comunidad guaraní del Chaco boliviano, una familia recibió, al amanecer, el nacimiento de una niña a la que llamaron Yeruti (paloma). La niña creció morena, hermosa y alegre… pero perezosa, las  piernas se le enredaban cada mañana entre las telarañas del sueño y, con ese motivo, no cumplía con sus obligaciones. 

Los padres, preocupados, creían que se debía a problemas con su crianza. Pero, en un sueño se les apareció la estrella de la madrugada, quien les explicó que, habiendo nacido la niña en el momento en que ella se levantaba en el cielo, su nombre debía tener relación con esa esencia. Así fue como Yeruti pasó a llamarse Köembiya, que significa Lucero del alba o Dueña del amanecer y desde entonces se volvió trabajadora (Tee Reta Ñame Neepe. Nuestros nombres guaraní, de Elías Caurey. pp. 169).
 
Puede parecer sólo un gesto poético o un delirio de antropólogos, pero si cada uno de nosotros se mira con los ojos de su nombre, probablemente encontrará las huellas o los desencuentros de su alma. Muchos pueblos acostumbran designar el nombre oficial una vez que las y los niños muestran los principales rasgos de su físico y de su carácter. Tampoco es algo tan exótico, es común el uso de apodos o sobrenombres para añadir al nombre (oficial, administrativo, bautismal o ritual) basados en la figura, temperamento o historia personal y familiar.
 
Sin embargo, en la historia del pueblo guaraní en Bolivia, Paraguay, Brasil y Argentina, territorios donde también la gente de este pueblo habita y transita, ha habido una actitud impositiva permanente para "ajustar” a los usos y a los sonidos de la cultura dominante los nombres y los valores que éstos transmiten, sobre todo a través de la castellanización.   
 
No se trata de una práctica nueva, sino que viene de décadas atrás, por el contacto con otras costumbres, matrimonios con gente de otros pueblos, la novedad que traen carreteras, migraciones y medios de comunicación y, principalmente, obligados por el sistema de registro de identidad en el país. 
 
Como ejemplo, en el libro de Caurey se citan los testimonios contados con bastante buen humor por "unos abuelos que fueron al servicio militar”: "Cuando me presenté, el sargento me consultó cómo me llamaba, le dije Chirico –un pájaro- él dijo -Entonces tu nombre es Francisco-. -A mí me pasó lo mismo, le dije que mi nombre era Arapatuare –pájaro carpintero- y me registró con Adolfo Suárez.  -Le dije que me llamaba Guaichi –arbusto resistente- y me dijo: Muy bien, ahora te vas a llamar Marcos Guzmán, serás mi ahijado y también mi estafeta-, al menos no llevé palo como otros” (Tee Reta Ñame Neepe. Nuestros nombres guaraní, de Elías Caurey. pp. 134).
 
El esfuerzo de Elías Caurey y, antes de él, de varios estudiosos, antropólogos y lingüistas especializados en el mundo guaraní, se orienta a la defensa y, ojalá, a la recuperación de prácticas culturales guaraníes que consignan en el nombre de las personas, además de un apelativo, parte de su alma. 
 
En consecuencia, y con el mismo buen humor de sus ancestros, Elías dice en la introducción del libro que, en parte, su motivación fue la necesidad de explicar a sus hijas por qué sus padres no las llamaron Giovanna, Elizabeth o Patricia, sino Arandei y Tesavera Yasiendi… y que en el futuro "no los demanden”. Más allá de posibles complicaciones en el Registro Civil, esas niñas han recibido, junto con los nombres y su simbología, una buena dosis de respeto a su identidad.

Carmen Beatriz Ruiz es comunicadora social.
 

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