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Resolana

Abuelitudes

Abuelitudes
Se las ve por todas partes, cargando o arrastrando, atareadas, impacientes o complacientes a uno o más niños; conteniendo berrinches, trasladándolos de un lugar a otro para suplir o completar las horas de trabajo de las madres y los padres, distrayendo su dispersa atención o, simplemente, arrullándolos amorosamente. 

 Se las ve de todo tipo, ancianas, mayores, "maduritas”, no tan jóvenes y de esas que te hacen exclamar ¡tan joven y ya es abuela! Lamentablemente no conocí a ninguna de mis abuelas, ambas murieron recién pasados los 50 años, temprana edad parece ahora, pero hace dos generaciones era la media. No guardo, por tanto, los dulces recuerdos que otra gente tiene sobre la protección y las complicidades que enganchan a las generaciones: los cuentos de aventuras imposibles, los postres invitados a ocultas de padres severos y las confabulaciones para tapar travesuras y alargar horarios. 

 Pero no siempre se trata de situaciones idílicas. Muchas veces hay mujeres que tienen que sacrificar su escaso tiempo libre (porque ellas mismas continúan laburando) para cuidar de las y los nietos. O dejar para después (algún después, indeterminado en el tiempo) sus aspiraciones personales, una vez que pasaron la etapa del trabajo remunerado o del cuidado de su propia salud. De ese modo quedan sin cumplir planes de viaje o de nuevos y desafiantes aprendizajes.
 
Aunque sin duda mucha de esa carga se haga leve por amor, quizá sin exageración en algunos estudios se habla de "abuelas esclavas”. 

 Lo cierto es que con el aumento exponencial de mujeres trabajando fuera de su casa hay tareas para las que las madres no se dan abasto. Al menos no mientras las sociedades urbanas no reconozcan que la línea de la vida se alargó en más de dos décadas y no cambien sus patrones más retrógrados y obcecados: asumir que las tareas de crianza y cuidado doméstico sean responsabilidad sólo de las mujeres. Ni a que, por otra parte, las instituciones sigan funcionando como si el ingreso masivo de mujeres al mercado de trabajo, sobre todo de mujeres jóvenes, no las obligara a cambiar sus normas y prácticas. 

 Como si nada en los hábitos familiares se hubiera transformado, los horarios de trabajo en las entidades estatales no son reconsiderados a la luz de esas novedades, muchas empresas se rehúsan a cumplir la norma de contar con guarderías a partir de un determinado número de empleos y la legislación, supuestamente protectora, termina por recargar negativamente las oportunidades de las mujeres. Peor que todo eso, las escuelas siguen haciendo sus actos en horarios de oficina, no hay solución para las interminables colas de inscripción, las vacaciones se adaptan a las necesidades de la docencia y no de las familias, los hombres siguen siendo considerados los "jefes de hogar” cuando hay estadísticas que gritan que al menos el 30% de los hogares están a cargo de mujeres solas… etcétera.

 A esto debe añadirse los efectos de recomposición familiar que han significado las décadas de emigración internacional en varias zonas del país, con la ausencia temporal, muchas veces definitiva, de uno o ambos padres, dejando a cargo de abuelas y abuelos a los menores de edad del grupo familiar. 

 Si los hombres asumieran plenamente su paternidad y el Estado su responsabilidad, ser abuela o abuelo seguiría siendo un premio al final de la vida y no la obligación de padres sucedáneos.

Carmen Beatriz Ruiz es comunicadora social.
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