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Viene el lobo

Viene el lobo
Amparo Carvajal es chatita y gritona, pero su tamaño no tiene nada que ver con su valentía, que es enorme. Amparo es una de esas personas que, habiendo nacido en otros lares, sin saber por qué se enamoran de Bolivia, adoptan el país y su gente y los envuelven entre sus manos para cuidarlos. Así lo ha hecho desde los inicios de la década de los años 70… sin descanso, desde diferentes trincheras. Duele que estos últimos meses algunos estén pagando sus desvelos con desamor y violencia. 

 No se trata solamente de que la Asamblea Permanente de los Derechos Humanos de Bolivia (APDHB) es una institución de larga y fecunda trayectoria en la defensa de los derechos de los que gozamos ahora la mayoría de la población boliviana. Motivo más que suficiente para respetarla. Tampoco se trata de que, como Amparo, otra gente, muchas veces invisible, arriesgó su seguridad, su libertad y su vida para defender los derechos de los que ahora gozamos. 

 La libertad de expresión, el derecho a asociarse, a elegir y ser elegidos, a disentir y a protestar y demandar mejoras en la calidad de vida y de trabajo… son sólo algunas expresiones de los derechos por los que miles de personas pelearon y conquistaron a lo largo de 18 años del tiempo negro de las dictaduras. 

Un tiempo del que probablemente muchas autoridades de Estado y líderes sociales y políticos de la actualidad sólo conocen de oídas y les parece un tiempo tan lejano como imposible de volver a vivir. 

La falta de memoria y la ignorancia son tan atrevidas como la arrogancia. Sin embargo, como la vida, la historia tiene sus vueltas y a veces puede volver a sus puntos de partida. 

 Y en eso estamos. Mirando con incredulidad y miedo que las organizaciones por cuya existencia y seguridad se luchó, atacan ahora a la institución que, probablemente, volverán a necesitar en breve. 

 Tampoco es que la ceguera y la sordera están en un solo lado. Como las manchas de aceite, el autoritarismo y la negación del otro cunden en una sociedad que se niega a reconocer que su pasado tiene tanto sombras como luces. Reconocer las unas no conlleva desconocer las otras.
 
La democracia no es una feria. No es una fiesta. No es una vitrina. No se trata de elegir sólo lo que nos gusta. 

 Estoy segura de que muchas y muchos no queremos volver a las sombras de las dictaduras y a los duros aprendizajes de la democracia, así como no podemos obviar todo lo que hemos avanzado en los casi 35 años de democracia continua. Con todos sus defectos e insuficiencias sigue siendo un tiempo mejor. 

 Pero siendo adeptos a la democracia, no queremos la incertidumbre de la hiperinflación y el desgobierno que concluyeron dramáticamente con el DS 21060 y el llamado neoliberalismo con sus consecuencias de relocalización, desempleo y apertura irrestricta al mercado. Tampoco queremos una clase política "satisfecha e insensible”, ocupada solamente en la reproducción y perpetuación de su poder

 No queremos sociedades de élites cerradas y excluyentes. Bienvenidos la inclusión social y económica, el orgullo y el destape étnico cultural que han ampliado los años de gobierno del MAS. Como dice una vieja canción "Sólo quien no fue mujer ni trabajador piensa que el de ayer fue un tiempo mejor”. 

 Por todo eso, Amparo Carvajal, la APDHB, la Defensoría del Pueblo (otra institución tomada y maltratada) merecen nuestro respeto y nuestro apoyo. Cuidadito que cuando gritemos "viene el lobo”, no haya oídos que escuchen ni voluntades que se apresten. 

 Carmen Beatriz Ruiz es comunicadora social.
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