La Paz, Bolivia

Lunes 29 de Mayo | 15:01 hs

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Carmen Beatriz Ruiz
Resolana

Una cara fea

Una cara fea
La carretera se terminó varios kilómetros antes de llegar a nuestro destino y enlazó con un camino de tierra colorada compactado por las últimas lluvias. A los costados nos saludan árboles frondosos habitados momentáneamente por bandadas de pájaros bulliciosos y detrás de alambradas extensas el mundo imaginado o encubierto de las estancias.

Comenzamos a desperezarnos, ha sido un largo viaje, pero el amanecer nos regaló con su luz los paisajes y cuando el colectivo traqueteante finalmente paró en la calle que funciona como "terminal” hay una especie de desbandada somnolienta recogiendo mantas, mochilas y cáscaras de mandarina. Echamos a andar hacia calle principal buscando la plaza y lo que encontramos fue un largo e ininterrumpido mercado. Las aceras ocupadas por cajones con abarrotes, frutas, camisetas y champús… algún parlante que comienza tempranamente a agredir el silencio de la mañana. Las tiendas están volcadas hacia las calles y éstas son convertidas en mercados improvisados, precarios y, sin embargo, permanentes, llegando a cambiar el paisaje urbano de los pueblos. 

Los negocios son propiedad de migrantes quechuas y aymaras que arriban a muchos pueblos de tierras bajas y del sur del país llevando su indoblegable fuerza de trabajo cotidiano, su estoicidad y el empuje con el que viajan de un extremo a otro de nuestra geografía cargando su variopinta mercadería. Gracias a ellos, sobre todo a ellas, se pueden encontrar verduras impensables en los pueblos tórridos y alejados, y servicios abiertos todo el día. Esa es una de las buenas caras de la migración. Pero también hay caras feas. 

Una cara fea de la migración de comerciantes hacia los pueblos "del interior” es que trasladan a sus nuevos destinos la misma ocupación abusiva de los espacios públicos que vemos en las ciudades grandes de Bolivia. Y con ello transforman de mala manera los lugares que los acogen.
 
En Yacuiba, Riberalta, Cobija, Trinidad, Yapacaní, para mencionar sólo algunos ejemplos, los mercados llegan hasta la misma plaza, imponiendo su precariedad, bullicio, basura y desorden. 

Sin embargo, muchas de estas ciudades sueñan y se ofrecen como destinos turísticos. ¿Podrán serlo sin conservar al menos en parte sus identidades y culturas? ¿Nos imaginamos un municipio de la Chiquitania con una "minicancha” frente al cabildo o la iglesia barroca? 

Por supuesto que no es sólo responsabilidad de los migrantes. También lo es de las autoridades municipales que no velan por formas respetuosas de convivencia y ocupación de los espacios. Y de las propias poblaciones residentes, cuya historia y formas locales son un patrimonio a compartir y conservar. 

Gente que llega y gente que va… eso es parte de la historia de la humanidad. Los procesos migratorios son catalogados según se trate de gente que se va de su país hacia otros, buscando trabajo, progreso y bienestar, de forma individual o en grupos, de quienes se quedan, de quienes van y vienen y de quienes se mueven obligados por circunstancias ajenas a su deseo, como conflictos bélicos o catástrofes naturales. 

Es tan amplio el abanico que los entendidos en la materia prefieren hablar de "movilidad humana” (migrantes, emigrantes, inmigrantes, refugiados, retornados, asilados, desplazados, víctimas de trata y tráfico…), que según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) implica el cruce de los límites de una división geográfica o política dentro de un país o hacia el exterior. Moverse es un derecho humano… con límites, como todo en la vida. En las migraciones los límites los deben poner la sana convivencia y el punto medio entre lo que llega y lo que se quiere conservar.  


Carmen Beatriz Ruiz es comunicadora social.
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