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Cecilia Lanza Lobo
Crónicas de la india María

La (ex) rubia tonta

La (ex) rubia tonta
Barbie ya no es sólo rubia y hace rato que se esmera en dejar de ser tonta. Me temo que todavía no lo ha logrado: su pasado le pesa demasiado (ha reforzado como nadie el ideal del sueño americano-occidental-capitalista de mujer-muñeca-objeto rubia, blanca, alta, flaca, tonta, etcétera) y las taras del discurso machista enquistado en el propio feminismo tampoco la ayudan (la belleza es sospechosa; por muy capaz que sea una mujer, su validez pasa por masculinizarse en cuerpo, alma y discurso). Autogol. 
 
Maricruz Rivera, mujer, curiosamente ha seguido el camino de Barbie la muñeca y, como ella, se enfrenta ahora al desafío de ratificar los roles impuestos por la cultura machista o probar que lo suyo va más allá del "femvertising”: publicidad camuflada como activismo de género.
 
¿Por qué podría importarnos una rubia muñeca? Porque si en el mundo se venden dos Barbies por segundo y las niñas miran en ella a su modelo, deja de ser una simple mu-ñe-ca, un juguete, un ícono de la moda, como nació en 1959, para convertirse en un ícono social politizado por el feminismo, que ha hecho de ella su punching box. De esta manera, la muñeca, sin duda forzada por las presiones del pensamiento y el activismo feministas (que incluso llegó a crear una Organización para la Liberación de Barbie) y bajo su atenta mirada, ha ido incorporando los cambios propiciados por el desarrollo y ampliación de los derechos de las mujeres. 
 
De modo que Barbie, la muñeca, ha trajinado el camino de la liberación femenina: de mujer florero aspirante a ama de casa, en los años 60, a profesional independiente, soltera, sin hijos, en las siguientes tres décadas -ciertamente no sin tropiezos y retrocesos-, hasta la mujer empoderada del discurso progre actual, que alza como bandera al feminismo. Pero el hábito no es suficiente para cambiar al monje. Aunque Barbie haya pasado del estereotipo de la belleza única a la diversidad pluritutti de hoy (Barbie trae hoy ocho colores diferentes de piel, 18 de ojos, 23 de cabello, múltiples siluetas, alguna rellenita, ninguna totalmente gorda), lo que Barbie ha cambiado es el hábito, no el monje.
 
¿Por qué podría importarnos Maricruz Rivera? Porque lleva adelante un aparentemente exitoso programa dirigido a miles de jóvenes mujeres diciéndoles que ellas son su primer amor, que su cuerpo es suyo y es sagrado, y que ven en ella un modelo de mujer posible. Si Maricruz permanece en el imaginario colectivo como una mujer desnuda(da), convertida en una cosa llamada sofá, 100%, Maricruz, la persona y el cuerpo, no están separados del proyecto que lidera. 
 
El recorrido del cuerpo podría ser interesante como gesto de emancipación: del desnudo como acto soberano, a la profesionalización e independencia económica como presentadora de televisión con todos sus atributos físicos sin razón para esconderlos. Porque si la emancipación de la mujer pasa entre otras cosas por la apropiación del cuerpo para hacer de él lo que mejor le plazca, desnudarse, barbificarse o parecerse a Terminator III, sería un gesto de absoluta libertad. Su siguiente elección libre habría sido casarse y casarse con quien le diera la regalada gana. Así lo hizo. 
 
Pero ¿será? ¿No es acaso sobre todo un recorrido de cosa (desnuda-da) a subalterna (busto parlante de la TV) a Primera Dama? Maricruz me hace dudar. Porque si fuese un cuerpo emancipado mantendría su gesto libertino cuasi exhibicionista y se rebelaría al recato de Primera Dama que pone en marcha un proyecto en paquete feminista. Y vuelvo a dudar.
 
Porque si su gesto libertario de cuerpo desnudo más bien le hizo un favor al discurso machista ratificándolo, quién mejor que ella para probar que el camino de objeto sexual a sujeto emancipado es perfectamente posible. Quien mejor que ella para mostrar que el hábito no hace al monje y que su proyecto es suyo, y no camufla un afán político de chacha warmi. ¿Será?

Cecilia Lanza Lobo es periodista.
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