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Crónicas de la india María

El dueño del Circo

El dueño del Circo
"Cuando una es chica no sabe bien si quiere o no quiere”, me dijo un día una mujer valiente, sentada en el patio de su chaco, rebanando yuca, el cuchillo afilado. Recordaba las palizas que su padre propinaba a sus hermanos y cómo a pesar de aquello, Cecilia Yujra -así se llamaba-, amaba a su padre y esperaba de él regalos.

 Ella me ha traído a la memoria esos días de 1975, cuando en algún rincón del país, o de la ciudad, la carretera de tierra, los niños mocosos trepados en alguna loma mirábamos pasar rugiendo embarrados, vertiginosos, feroces, los bólidos participantes del Gran Premio Nacional de Automovilismo. Y yo allí, feliz, vibrando el deseo de hacer como ellos aunque sólo tuviese siete años. La fiesta en el pueblo, o la ciudad, era enorme, había música de bandas y era feriado.
 
No recuerdo detalles pero sí el colorido y la sensación de euforia colectiva. Lo que no sabía ni me importaba -cuando una es chica no sabe si quiere o no quiere- era que el presidente del país era el general Hugo Banzer, que así como reprimía ciudadanos y conculcaba derechos, para aliviar el palo necesitaba aquel circo automovilístico del que participaba con entusiasmo el gobierno militar entero.

 Aún así no recuerdo mayor entusiasmo que el del presidente Evo Morales ahora con el Dakar. Por lo menos no recuerdo a Banzer persiguiendo la carrera de parada en parada, cual niño ostentando su regalo navideño, aunque quizás sea una cuestión de dimensiones y de tiempos.
 
Por muy pobre que sea, el país revolucionario está globalizado y devoto, como ninguno de la metafísica popular, ha engendrado el socialcapitalismo, que si con pasión socialista logra presumir horrendos hummers en medio de la miseria, por supuesto que merece nada menos, pero nada menos que un Rally Dakar universal. 

 A la dimensión emotiva del Presidente que confiesa que el Dakar le hace olvidar sus penas (quiero creer que se refiere a sus carencias de niño pobre, huérfano de autitos de juguete, y no a dramas mayores de país en profunda crisis) se suma un ministerio a su servicio -si no dos, o tres, o cuatro-, además de la logística de gran parte del aparato estatal: Ejército, Policía, Bomberos, servicios de salud, seguridad, y medios de comunicación. El Dakar quitapenas se ha convertido así en preste gubernamental: tres días de jarana oficial a cuenta de la billetera pública. La fiesta de Año Nuevo necesaria para saber que, a pesar de los pesares, el pueblo todavía responde y hace como Cecilia Yujra que entre querer y no querer decide alegrarse.

 Reconocido el fin terapéutico del evento, con honestidad revolucionaria habrá que cambiarle el nombre o crear un verdadero ministerio de las Culturas porque el que existe comete la paradoja de maltratar el patrimonio cultural y turístico en vez de protegerlo. Un ministerio que se proteja del sinsentido de otro ministerio. Qué tal. Porque el Ministerio de Culturas y Turismo ha sido devorado por una franquicia y entonces el nombre le queda enorme. 

 El giro turístico del Ministerio de Culturas desde que asumió el actual ministro Marko Machicao, exviceministro de Turismo, le ha hecho daño y con más de cuatro millones de dólares destinados a una competencia automovilística como actividad central de esa cartera (ningún proyecto cultural ha tenido jamás ese presupuesto) ha terminado de sellar su carácter superficial, tan criticado en la gestión anterior cuando a pesar de los esfuerzos de Pablo Groux, éste terminó echado del cargo por no cumplir a rajatabla los caprichos del Jefe. Un ministerio gaffer. Aquel eficiente colaborador del equipo que arma la tarima para el show en un abrir y cerrar de ojos, y hace feliz a los de arriba y a los de abajo. Y, de paso, ratifica el lugar de la cultura en éste y en todos los gobiernos: un adorno prescindible del que ni se sabe bien qué cosita aporta, pero que de vez en cuando sirve para el acto folklórico. 

 El Gobierno confunde cultura con barullo. Y turismo con Dakar. Claro que lo hace con toda intención pues su interés no radica en preservar el patrimonio nacional y, por tanto, precisamente la calidad del turismo (paisajes, recursos, flora, fauna, diversidad geográfica, cultural, reservas naturales y arqueológicas o aire limpio) sino de la niñez del presidente Evo y la niñez de este país que, como Cecilia Yujra, no sabe si quiere o no quiere, y entonces prefiere el circo. 

Cecilia Lanza Lobo es periodista.

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