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Crónicas de la india María

El santo de los narcos está de cumpleaños

El santo de los narcos está de cumpleaños
Si hay devotos, hay santo. Y si hay santo de los narcos, el narco está bien protegido, se persigna y dice amén de calladito. Sucede en el Chapare como en las novelas del realismo mágico como no podía ser de otra manera en el paraíso tropical. Por si fuera poco, y para aberración culiblanca, le dicen Jailón: la etiqueta renovada del nuevo status social del populacho en ascenso, macerado en el caldo de la bonanza de los dólares malhabidos. San Jailón es "el santo de los narcos” y está de cumpleaños.

Héctor Monsón Choquetito, paceño migrante a tierras calientes, se hizo curandero. Qué historia cargaría en el cuerpo que quiso parecerse a Roque Santeiro y en vez de andar enchinelado en el calor infernal del trópico cochabambino, prefirió las camisas de color entero, rojas, azules, amarillas y los pantalones blancos. Por si fuera poco, el novel curandero comía poco y de paso invitaba a los amigos. Era un sobrador, incluso un petulante, hecho al "jailoncito”. Pero si Héctor Monsón comía con medida, bebía sin clemencia. Tres días después de religiosa encerrona en el Rubí, su consentido puticlub, salió ebrio y acabó aplastado en plena carretera entre Villa Tunari y Chimoré. Alguien agarró la chatarra del carro accidentado y plantó una cruz en el lugar. No faltó una señora que apareció con una bola en el cuello diciendo que las almas de los curanderos eran milagrosas y se curó. "¡Milagro!”, exclamaron todos, como parteras de un nuevo bienaventurado: "San Jailón”. Sucedió el 15 de marzo de 2008. 

 Desde entonces, moros y cristianos le llevan velas, rosarios y flores a su apacheta. Tampoco falta cerveza, tabaco y coca con lejía. ¿San Jailón es el santo de los narcos? "Pa’ que mentir.
Sino ¡quién le traería tanta flor cara, usted sabe cuánto cuestan los gladiolos!”, dicen ellos.

Evidencias sobran. Desde la cantidad de curanderos peruanos que llegaron al Paraíso en masa atraídos por los abundantes dólares -más de 20 curacas en los cinco pequeños poblados de la zona (Villa Tunari, Shinahota, Chimoré, Ivirgarzama y Puerto Villarroel)-, hasta la vida cotidiana multiplicada no sólo en dólares sino en ajetreos, comercio, discotecas, prostíbulos, jaranas, borracheras, violaciones y hasta linchamientos: 22 los últimos años. "Donde hay dinero hay quilombo”, cuentan resignados porque aquí todos saben quién le hace a la "pichicata” y quién no. Por eso no se necesita evidencia sino un simple relato milagrero:

Estaba una familia llevando insumos para preparar pasta base de cocaína, de pronto divisó a los "leos” (leopardos, miembros de la Fuerza Especial de Lucha contra el Narcotráfico) y la señora, asustada, comenzó a rezar: "Jailoncito, ciégalos, este es todo mi capital sino qué voy a hacer… por favor, ciégalos”. Echó parte de lo que tenía al monte y pasó frente a los leopardos, cegados.
 
Tres días después encontró intacto lo que había botado: "¡milagro!”, dijo y contó lo sucedido. Pero así como ciega "leos” a pedido de los narcos, San Jailón también oye los recados de los "leos” para atrapar narcos en el juego del gato y el ratón tras el botín. Beneficiados son todos y en el medio los curacas, claro: un trabajo que normalmente cuesta 150 dólares, a pedido de un narco llega a costar 1.500, dependiendo de la dimensión del milagro requerido. No es fácil. El curaca explica: "Por ejemplo, viene un narco y encarga. Entonces pedimos el favor a la Pachamama para que cuando los "leos” persigan a los narcos de pronto el río crezca…, de pronto caiga una lluvia…”. Y entonces rezan: 

"Jailoncito, por intermedio de San Jorge, por favor, agarra a los ‘leos’, amánsalos como a corderos, tenlos encerrados y que sean mansos y no sean rudos. Si me haces ese favor te hago una misa, te prendo este cirio a favor tuyo”. Amén.

"Expansión espiritual” era lo que Héctor Monsón Choquetito, curandero, ofrecía a los demás sin saber que construía una metáfora: porque ¿dónde más alto se puede llegar en el ascenso social popular cocalero sino a la santidad? Más aún, ser San Jailón, el más "jai” de los santos. 

Porque la frontera entre el bien y el mal allí se ha diluido al calor del alcaloide y el cato de coca es una bandera de humo que abriga al narcotráfico, que según el propio Gobierno mueve entre 300 y 700 millones de dólares. No en vano el pueblo devoto ha parido un santo y se hace al loco. No en vano el padrino del santo le ha hecho a San Jailón un regalo por su cumpleaños: ha legalizado…. 
Amén.  
                     
Cecilia Lanza Lobo es periodista.

(La crónica completa de San Jailón se puede leer en http://www.paginasiete.bo/ideas/
2015/3/29/jailon-quien-rezan-
narcos-bolivianos-51546.html)
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