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Crónicas de la india María

El cursi que llevamos dentro

El cursi que llevamos dentro

Ricardo Arjona -¡ay!-, Joaquín Sabina -¡oh!- sí, o el Trío Los Panchos. Juan Gabriel en el Olimpo, y entre el cielo y la tierra una enorme manada. Dirás que no aunque sé que es tu secreto: tienes un cursi en el clóset.

Después de ver a Camilo Egaña intentando bajar el mercurio de Arjona que en el set de CNN bebía agua tras agua para bajar su propia calentura –muy digno, él- , me pregunté lo mismo que el periodista en apuros: ¿por qué Arjona provoca la misma pasión entre sus amantes y detractores? Acudí a Youtube, busqué a la manada, oí, pensé en un par de amigos, de aquellos poetas de lo cotidiano –sino de qué- y acabé en el melodrama como tiene que ser.

Porque el melodrama fue el modo de existencia cultural de lo popular, ni duda cabe. Esa posibilidad de expresión que la cultura vip-letrada le negó al populacho que, ni corto ni perezoso, se apropió de éste con ganas anclándolo en diferentes géneros y soportes como el cine, la radionovela, la telenovela, el bolero y la vida misma. De modo que el melodrama fue y es no sólo el reflejo de una época y de una sensibilidad, como dice Rosana Reguillo, sino que muy pesar de los afrancesados "los latinoamericanos fueron inventados por el mismo melodrama". Y ya que hablamos del exceso, ahí vamos.

El melodrama exalta pasiones y dolores, dice Carlos Monsiváis, y es precisamente esta potencia del exceso la que mantiene "la lealtad de los latinoamericanos hacia sus melodramas (...) [porque] en América Latina el melodrama ha formado a los públicos unciéndolos a su lógica de ir hasta el fondo para allí, en el 'cementerio de las pasiones', recobrar la serenidad; el desafuero alcanza simultáneamente a dos estímulos poderosos del público: el sentido del humor y el sentido del dolor. Las carcajadas del dolor” ¡Uh!

La otra explicación es también melodramática. Es decir, tiene que ver con pasiones y excesos públicos. Porque el chiste del melodrama es ese: en privado no tiene sentido; la exaltación pasional es más intensa cuanto más pública sea. Y las pasiones ventiladas al ojo público son pues también cosa del populacho (de qué otra manera existe el pueblo sino a grito pelado, a pecho abierto, cuchillo en mano, crónica roja). La cultura vip-letrada, en cambio, guarda su melodrama bajo la alfombra, dentro del clóset, porque es feo, porque la represión de las pasiones lleva guantes, come con la boca cerrada y se traga las lágrimas con un whisky on the rocks.

Las pasiones desatadas, entonces, aman a Arjona porque llevan el melodrama en el gen de la patria grande, o lo detestan por miedo al contagio de esa misma patria huachafa hasta el tuétano. En el medio, las mil y un posibilidades de lincharme por develar vuestro secreto, aunque cabe también la más terrible calumnia. Qué más da. Conocen ustedes mis aficiones por la cultura popular y su primo el mal gusto, ese fulano al que todos conocen y nadie sabe definir. De modo que no se rayen, no es difícil: cuando suene esa música y les piquen los pies: o huyen o bailan. Ya está.

Cecilia Lanza Lobo es periodista.

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