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La trilogía del agua, la pobreza y las mujeres

La trilogía del agua, la pobreza y las mujeres
A alguien, una mujer, que llegó del África negra a Europa, luego de caminar un desierto, saltar una valla y cruzar un mar en mil y una vicisitudes, le ha pasado que lo que más le impresionó en esta tierra próspera fue ver cómo con el simple acto de abrir un grifo salía agua corriente. La carestía de agua potable siempre ha estado asociada a la pobreza, pero también al género.

La imagen de mujeres africanas cargando agua desde un pozo en medio de la aridez, es típica.
 
Este ejemplo y el del párrafo anterior pueden contribuir a estereotipar a una población muy diversa, no es esa la intención; sin embargo, son dos ejemplos reales que sirven para contrastar lugares distintos en el planeta y sus profundas desigualdades.

Desigualdades que se reflejan con nitidez en el agua. La desigualdad en la distribución de la riqueza y la desigualdad de género.

Bolivia, en los últimos años ha superado indicadores socioeconómicos que con anterioridad le colocaban en posiciones similares a países africanos, subsaharianos. Actualmente, en gran parte de su territorio, se vive una sequía aguda que de seguir podría volverla a colocar en esos parámetros. 

Hoy los embalses de agua están casi vacíos, varios departamentos podrían declararse en situación de desastre por la sequía y en la ciudad sede de Gobierno ya se realizan prolongados cortes del servicio, que continuarán durante al menos unas semanas. Hay alarma. 

Hoy en los "barrios bien” también se abre el grifo y no sale agua, no es posible la ducha diaria ni regar los jardines, entre otras necesidades. No sé si se cae en cuenta que esa carestía es todavía habitual en la zonas rurales o, más cerca, en los barrios de zonas pobres de la ciudad, en sus bordes. 

En zonas donde la gente construye unas habitaciones como casa y luego, por etapas, con reclamos y con años de espera, llegan los servicios: primero la electricidad, después el agua, algún transporte público, después el alcantarillado, las aceras las ponen el vecindario organizado y, mucho más tarde, llega el empedrado de las calles y más adelante, según la ubicación, el pavimento.

El camión aguatero yendo lento por calles de tierra, parando para llenar de agua bidones y baldes multicolores, y algunos turriles, no es una imagen erradicada en zonas de El Alto o en el sur de la ciudad de Cochabamba, por ejemplo. Esa carestía ha estado siempre presente donde hay pobreza. 

Y allí, recogiendo agua, en el África como en Bolivia y como en gran parte del planeta donde hay necesidades producto de la desigualdad, están las mujeres e infantes que las acompañan. Mujeres que lavan ropa en ríos o cualquier acequia, que les es imposible acceder a una lavadora. 

La gestión del uso doméstico del agua está en manos de las mujeres en gran parte del globo, en ciudades y en las zonas rurales. La asignación de roles que socialmente se ha dado a las mujeres en un sistema patriarcal las coloca en permanente relación con este recurso, sus labores y sus carencias.

Las mujeres deben hacerse cargo del lavado de ropa y la limpieza, de la cocina y sus enseres, del cuidado de infantes y personas enfermas, además de los animales domésticos y, en el campo, de los de granja y apoyar en las labores agrícolas. Actividades diarias donde el agua es imprescindible.

La relación entre el agua y las mujeres, así como el tiempo y esfuerzo que les demanda obtenerla, es real. Es importante visibilizar a las mujeres en su relación con la pobreza y en su relación con el agua, en esa trilogía de carencias, para buscar soluciones y actuar. 

Naciones Unidas considera que la relación con el agua le ha proporcionado a las mujeres "un valioso conocimiento sobre este recurso” y que son ellas "la clave del éxito de toda política y programa para el desarrollo de los recursos de agua y riego”. Es un buen punto de partida.

Drina Ergueta es periodista.
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