La Paz, Bolivia

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Drina Ergueta
Textura violeta

Más allá de lo imaginable

Más allá de lo imaginable
¿Cuántas criaturas hay en el aula de colegio de su hijo o de su hija? 30 o quizá 40 personitas, ¿más? Da igual, cerca de una quinta parte de ese grupo sufrirá o sufrió abusos sexuales, de acuerdo a los datos que se manejan sobre las víctimas de violencia sexual infantil en Bolivia, que con un 23% es una de las más altas del planeta.

Para quien lee este diario en papel o vía online es posible que se sienta lejos de ser parte de esa estadística, ya que está en la seguridad de su entorno social con más recursos y, por ello, más educado que otros marginales,  en donde sí se registran este tipo de hechos, por lo que se conoce en los medios; sin embargo, ojo, con los altos índices estadísticos, esa seguridad más bien parece engañosa. 

La noticia de que dos adolescentes (casi niños) violaron a su prima de seis años provocándole la muerte luego de una agonía prolongada ha sido, hace poco, motivo de noticia de varios días y que inclusive saltó a medios internacionales. El horror. Este caso, por lo extremo, donde además están involucrados adolescentes muy jóvenes provocó estupor y muchas preguntas. ¿Qué está pasando?, ¿qué se puede hacer?

Hace poco una madre afligida que me decía que una niña de 13 años a través del WhatsApp le pedía a su hijo de 14 años que la viole. Hubo revuelo en el colegio, profesores y progenitores intentaban entenderlo. Es un caso particular, la niña sólo estaba atraída por él y dijo las palabras que conocía, no sabía de qué hablaba. Lo que creía conocer es lo que inquieta.

La cultura de la violación se va instalando a través de medios, las novelas, las películas, los videojuegos, a través del porno violento y agresor de mujeres y de infantes, bromas y charlas naturalizadas. Así se normalizan actitudes, maneras de hacer y no hay un discurso social, político e institucional lo suficientemente fuerte que lo contrarreste y lo anule. 

Al contrario, la información que se recibe no ayuda. En el planeta son miles los sacerdotes involucrados en casos de abusos sexuales a menores y están impunes; en Bolivia suman los casos de autoridades que violaron a mujeres o intentaron hacerlo, y se hallan, al parecer, al amparo del partido de gobierno; en los hogares, está ese pariente o ese amigo del papá que mira de esa manera, que habla con doble sentido, que tiene las manos largas… Amparo institucional, amparo político partidista, amparo social, desamparo en casa. 

Pero hay algo más, algo a que no gusta que se diga porque siempre hay quien se ofende, se siente atacado en su género en lugar de asumir y tratar de cambiar esa realidad: quienes violan son hombres, sí señor, son hombres adultos a quienes se les ve como depravados, viejos degenerados, jóvenes enfermos ya sin remedio, adolescentes perdidos, a quienes se les aísla como excepciones y no se les ve como resultado de una sociedad abusiva en género, que coloca a las mujeres y a infantes como objetos. Hombres de una sociedad de la que son hijos, como dice la denuncia feminista, hijos sanos del patriarcado.

Da la impresión de que va a más, ahora adolescentes niños son violadores y se habla de violación como diversión. De acuerdo a datos del Defensor del Pueblo, de 2014, en Bolivia cada día se producen 16 violaciones a menores de edad y de ellas sólo cinco se denuncian. 

Y la desgracia cansa, cansa verla, escuchar sobre ella, escribir al respecto, leer más de lo mismo. Ya no es noticia. Mejor mirar hacia otro lado, hacerse al gil…  como nos supera, mejor inaugurar una obra, atender tal protesta, hablar por la paz en el mundo y el calentamiento global.

No es cuestión de cambiar de gobierno, quién sabe si otro lo haría mejor, pero no es el punto. Es cuestión de cambiar la manera de pensar, buscar relaciones y roles en igualdad, cuestionar el poder de género. Es un trabajo de todas las personas pero es evidente que quien tiene el deber y los instrumentos para hacerlo de manera más efectiva es el Estado desde sus instituciones.

 Drina Ergueta es periodista.
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