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Editorial

Venezuela y sus relaciones internacionales

Venezuela y sus relaciones internacionales
Venezuela vive una crisis integral: política, económica, social y también de sus relaciones internacionales. La fragilidad democrática, la crisis económica incontrolada y los problemas de inseguridad ciudadana, y desempleo, han afectado su desempeño; mientras que el discurso autoritario e irreflexivo de su gobernante ha causado distancias y fricciones entre los líderes de los países vecinos. El conflicto suscitado en el seno del Mercosur a principios de mes es un ejemplo de ello. 

El país ha sido puesto en cuestión por los miembros del Mercosur por incumplimiento de algunos compromisos y por la conflictiva situación de su régimen democrático, por lo que éstos decidieron realizar su encuentro semestral sin convocar a los representantes venezolanos. 

La canciller Darcy Rodríguez anunció que se oponía a lo que consideraba una arbitrariedad y trató de entrar por la fuerza a la reunión, realizada en Buenos Aires, acompañada por David Choquehuanca, el ministro boliviano de Relaciones Exteriores. En una situación inédita para la diplomacia, Rodríguez entró a codazos y confrontando a guardias policiales a un salón del Palacio San Martín, con la esperanza de encontrarse con sus colegas de Paraguay, Uruguay, Brasil y Argentina, pero éstos estaban en otro lugar cuando ello ocurrió.

 La presidencia del Mercosur es rotatoria y se da por orden alfabético. Después de Uruguay, que tuvo la presidencia anterior, le tocaba a Venezuela, pero ya antes los países miembros habían señalado que no le cederían ese privilegio, puesto que la nación caribeña no cumple con las normas de adhesión al pacto, que son de tipo comercial y económico. Además, los cancilleres del resto de los países dijeron que analizarían si en Venezuela se cumplen o no los requisitos mínimos para considerar a ese país como democrático. Por eso, los miembros del Mercosur señalaron que Venezuela no encabezaría el grupo y, siguiendo el orden alfabético, le tocó el turno a Argentina. La suspensión se dio el 2 de diciembre, cuando venció el plazo para que Venezuela terminara de adecuar sus normas comerciales al "protocolo de adhesión” que firmó en 2012. El presidente Nicolás Maduro argumentó que su país ha cumplido con el 95% de esas normativas, pero sus colegas no consideraron aquello como creíble.

Los integrantes del bloque han actuado por consenso y Venezuela falla en dos planos en su intención de mantenerse en el grupo: por una parte, en lo comercial, debido a su intrincado y absurdo sistema de diversos tipos de cambio, y extraviado sistema impositivo aduanero. Por otra, en el democrático. La situación crítica estructural en Venezuela está arriesgando claramente la democracia: el Legislativo está controlado por la oposición, pero unos integrantes de la Corte de Justicia, nombrados entre adherentes al partido de Gobierno, le ha quitado todas sus atribuciones. El ente electoral, por otra parte, también alineado con el oficialismo, se ha negado a dar curso adecuado el pedido de que se organicen elecciones para un referendo revocatorio. Para no hablar de un centenar de presos políticos. 

En estas circunstancias es difícil que con desmanes, como los realizados por la canciller Rodríguez –una mujer valiente que ha puesto el hombro a su país en este y otros complicados escenarios- se pueda revertir una situación por lo demás evidente: no pueden Rodríguez ni las amenazas del presidente Maduro obligar a sus propios ciudadanos y menos al resto del planeta a ver con preocupación el deterioro del país: su economía, la calidad de vida de su población y las garantías democráticas están siendo constantemente amenazadas. Por otro lado, ni la ciudadanía ni la comunidad internacional pueden hacer nada por revertir esta situación que está quedando cada vez más bajo la única responsabilidad de un régimen que parece haberse quedado extraviado en sus propios entuertos e improperios. 

El impase y desenlace suscitado en el seno del Mercosur no es, empero, una anécdota, puede ser catalogado como la escenificación de la pérdida de control y la lamentable falta de autocrítica que caracteriza a un gobierno en profunda crisis.
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