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Editorial

Menos rosas, más igualdad

Menos rosas, más igualdad
"Si nuestras vidas no valen, pues produzcan sin nosotras”, dice el lema con el que se ha convocado para este 8 de marzo a un paro mundial de mujeres, tanto en las actividades laborales, como en las domésticas, así esta medida sea por minutos u horas.

De un tiempo a esta parte, el día internacional de la  mujer y otras fechas dedicadas a ellas se han convertido en una plataforma de lucha y de reivindicación por la igualdad de derechos y han ido dejando atrás la idea de que es solamente un día para recibir rosas y saborear chocolates.

Particularmente, este día internacional de la mujer está enfocado en la productividad femenina en protesta por la brecha laboral, por los constantes feminicidios y por el trabajo de cuidado (doméstico) no remunerado que cae sobre las espaldas mayoritariamente de las mujeres.

Parece un anacronismo en este tiempo, pero lo cierto es que las mujeres siguen ganando menos que los hombres. En el caso de Bolivia, ONU Mujeres informó en 2016 que los  hombres ganan 47% más que las mujeres por hacer el mismo trabajo.

Si a eso se le suma el hecho de que las mujeres subvencionan al Estado con el trabajo doméstico no remunerado, entonces estamos hablando de un aporte incalculable que ellas hacen a la economía del país.

Pedir que las mujeres ganen lo mismo que los hombres es, en apariencia, una redundancia en estos tiempos; sin embargo, la realidad nos muestra que es preciso visibilizar esta problemática porque es un hecho de desigualdad.

Y, en contrapartida, puede parecer un exotismo pedir que el trabajo doméstico o de cuidado sea remunerado por el Estado, pero es momento de aportar a este debate  que ya tiene dimensión mundial. 

Si el Estado se hace cargo de la salud y la educación, bien podría aceptar el debate sobre el pago a las mujeres que destinan su tiempo al cuidado de la familia.

Si bien, la labor de cuidado (como le llaman al trabajo doméstico las organizaciones que trabajan por la igualdad) cada vez se comparte más con el varón, también es cierto que éste asume un rol de quien ayuda a la titular de esa responsabilidad que es la mujer. 

Las mujeres que se dedican al cuidado, en la mayoría de los casos, resignan la carrera profesional, dejan de cotizar en las AFP, no tienen seguro médico y hasta pierden la posibilidad de  jubilarse. 

Y, aquellas que persiguen sus sueños sin descuidar a su familia, terminan sumidas en la doble y hasta en la triple jornada laboral. Y las que pagan por el servicio, terminan destinando gran parte de su salario a ese servicio.

Experiencias existen en otros países, lo que significa que el debate no es nuevo. Aquí cerca se puede citar el sistema integral de cuidado de Uruguay; o el caso de México y Costa Rica donde, a través de encuestas se valoriza económicamente el tiempo para el otorgamiento de bonos a las mujeres. Mayor claridad en este tema ofrecen los países escandinavos, donde se entregan subsidios por el trabajo de cuidado. 

Los aspectos económicos ponen a la mujer, desde todo punto de vista, en una situación de desventaja.  Si a eso se le suma el enorme problema de inseguridad, la situación se complica hasta niveles alarmantes. Solamente el año pasado  la Fiscalía reportó 104 feminicidios en Bolivia. 

La estadística, por lo general, sirve para un titular de prensa, pero la historia que esconde cada número es espeluznante. Mujeres que han sido asesinadas delante de sus hijos, que han sido enterradas vivas,  que han sido violadas y victimadas a pedradas.

Mujeres que cuidan a los hijos, a los ancianos, a los discapacitados y que no reciben un pago por ello. Mujeres que trabajan dentro de la casa y fuera de ella y que, para colmo de males, reciben un sueldo mucho menor al de sus compañeros. Mujeres que además son acosadas, ultrajadas, violadas y asesinadas. 

Cuando están así las cosas, es difícil sonreír ante un ramo de rosas. Cuando están así las cosas, es preciso levantarse para luchar por una dosis de igualdad, aunque sólo sea en un paro simbólico de unos minutos u horas.

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