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Domingo 30 de Abril | 08:47 hs

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Editorial

El aislacionismo boliviano

El aislacionismo boliviano
Dos decisiones recientemente asumidas por el Gobierno boliviano en el plano de sus relaciones internacionales han demostrado un alto grado de ideologismo, negativo para el país. Ambas decisiones tienen que ver con la relación que tiene el Gobierno con respecto al de Venezuela, al que ha intentado proteger incluso a riesgo de perjudicar los intereses del país.

Primero fue el mensaje de respaldo a una acción inaceptable del Tribunal Supremo de Justicia de ese país, que resolvió quitarle a la Asamblea Nacional (Poder Legislativo) sus atribuciones, y entregarlas a sí misma o al presidente Nicolás Maduro. La decisión generó indignación internacional, al mismo tiempo que fuerte rechazo al interior de Venezuela. 

Según informaciones de prensa, solo Bolivia apoyó esa acción en América Latina y el Caribe, mientras decenas de países de la región y Europa la criticaron. Perú fue el que llevó la batuta en ese escenario, retirando de inmediato a su embajador en Caracas, y muchas otras naciones llamaron en consulta a sus respectivos jefes diplomáticos. 

La reacción fue tan definitiva, que el propio Presidente venezolano dijo no estar de acuerdo.
 
Finalmente la resolución fue retirada y ahora el Parlamento está iniciando una acusación contra los magistrados que la tomaron, considerada como un virtual golpe constitucional en ese país.

Bolivia, así, quedó fuera de la tendencia regional y sometió al país a un bochorno al haber ido más lejos incluso que lo que estaba dispuesto a hacer el Gobierno de aquel país.

La segunda decisión vino unos pocos días después, cuando el representante de Bolivia ante la OEA, Diego Pary, que estaba a cargo de la presidencia rotatoria del Consejo Permanente, intentó una artimaña similar para evitar que se realice una sesión convocada para tratar el tema latinoamericano. 

Pary resolvió no asistir a la audiencia, suponiendo así que la haría fracasar y lograría que los 20 países interesados en participar aceptarían esa decisión. Obviamente ello no ocurrió y la sesión se realizó sin la presidencia de Bolivia. Fue la segunda vergüenza internacional en pocos días.

A pesar de las críticas a la actitud boliviana –además adoptada públicamente a nombre del "pueblo boliviano”-, el Ministerio de Relaciones Exteriores no hizo reflexión alguna sobre ello, con lo que se asume que el Gobierno en su conjunto asume como pertinentes este tipo de situaciones, que anteponen la ideología a los verdaderos intereses del país.

Para redondear la suposición de que para nuestros representantes diplomáticos la ideología está por delante, después del ataque de EEUU a las bases militares sirias –en supuesta represalia al uso de armas químicas-, el embajador boliviano ante las Naciones Unidas, Sacha Llorenti, tomó una posición condenatoria contra EEUU sin reprochar el previo ataque perpetrado por el Gobierno sirio, en la que, una vez más, fueron las fobias y las posiciones ideológicas las que dominaron el análisis. 

En resumen, Bolivia pidió al Consejo de Seguridad de la ONU la "sanción de mayor rigor de la ley” contra EEUU por violar el derecho internacional y poner en peligro la seguridad mundial por el ataque. Su postura causó críticas entre los países miembros de la ONU.

El ideologismo de nuestras relaciones exteriores muestra que Bolivia no entiende que los países se relacionan unos con otros a base de intereses, a negociaciones, a gestos, a reciprocidades, y no a gritos ni a preconceptos o prejuicios. 

Estas acciones aíslan a Bolivia en un momento clave de la historia, justamente cuando el país tiene un proceso internacional por la causa marítima contra Chile y debe responder a otros del mismo país por las aguas del Silala. 

En vez de defender contra viento y marea a Nicolás Maduro o de apoyar al régimen de Bashar Al Asad, se debería analizar cómo afianzar la posición boliviana en el concierto internacional para una eventual futura negociación con Chile, ante la que la comunidad internacional estará atenta.
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