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Editorial

La cinematográfica historia de Brinks

La cinematográfica historia de Brinks
El atraco a las remesas de la empresa Brinks, la semana pasada, ha dejado al país con la sensación de presenciar una sangrienta película o serie de televisión. Como para no poner en duda que la realidad suele superar a la ficción, el asalto de marras fue perpetrado por una banda de avezados delincuentes que dejó a cinco policías heridos y se hizo de un botín de 1,3 millones de dólares.

Una banda numerosa -se habla de una docena de integrantes-,  que a pesar de ser perseguida no ha sido capturada en su totalidad pues sus miembros han burlado en varias ocasiones a las fuerzas del orden, al punto de poner a la Policía en la incómoda situación de reconocer que los delincuentes estaban mejor pertrechados, lo que llevaba a las autoridades bolivianas a temer un ataque aéreo.

Hay más. Quien se anime a escribir esta historia, no tendrá que recurrir a la ficción para retratar a personajes como el líder del atraco, Mariano Tardelli, en principio un hacendado ganadero, benefactor de Santa Ana (el pueblo donde se produjo el asalto) que resultó ser -según el Ministro de Gobierno- un narcotraficante fracasado, que planeó el robo de las remesas para superar su mal momento económico. 

Tardelli, rodeado de mujeres que lo protegían y autoridades que lo respetaban, consiguió reunir a cerca de una docena de asaltantes de élite, entre los que había ciudadanos peruanos, brasileños y bolivianos y que, supuestamente, tenía relación con el famoso cártel brasileño Primer Comando Capital (PCC).

El Gobierno se niega sistemáticamente a aceptar que en Bolivia operen cárteles de la droga, pero esta vez ha tenido que admitir que existen emisarios del temido PCC operando en Bolivia. Las evidencias, además, saltan a la vista, puesto que ahora sí los métodos del crimen organizado están conviviendo con los bolivianos.

La historia no estaría completa si no se describen también los esfuerzos de la Policía Boliviana para atrapar a los ladrones en medio de la supuesta falta de apoyo de los comunarios de la zona  y la revelación de que el cuantioso botín no pudo ni podrá ser recuperado, pues el líder de los asaltantes dice que fue quemado.

 En medio de esta rocambolesca historia los propios policías han publicado en sus redes sociales fotografías rodeando a Tardelli, como si se tratara de un trofeo.

El hecho no hubiera pasado de ser un despropósito si los comunarios de Naranjo no hubieran revelado que fueron ellos quienes retuvieron y doparon a "la presa” que luego fue exhibida en fotografías. El Gobierno ha salido a desmentir a los comunarios para salvar el honor. 

Esta historia puede tener éstos y otros matices, pero lo que no es posible matizar son las conjeturas que surgen del caso: la dificultad de controlar regiones cercanas a las fronteras vulnerables por la presencia de mafias cuya principal actividad no es el robo de remesas sino el narcotráfico.

Un dato que agrava esta situación es el proporcionado por la Fundación Tierra, en sentido de que los predios donde operaba Tardelli como un presunto ganadero, son fiscales, lo que significa que no pueden ser transferidos a privados. El Gobierno tendrá que explicar si está controlando o no estas áreas. 

 Así como la coca del Chapare va a la fabricación de droga, esta droga encuentra canales de comercialización en fronteras extensas, con escasa presencia del Estado  en las que  poderosos grupos delincuenciales  terminan dominando autoridades y ciudadanos. El ejemplo de México y el desgobierno en Estados "tomados” por los narcos  tampoco es ciencia ficción.

Las autoridades bolivianas se han felicitado por encontrar a "casi” todos los asaltantes  y se han comprometido a dar con el botín (así sea con sus cenizas), pero más allá de los aplausos queda, como final de la historia, la sensación de que habrá más episodios.

Es de esperar que en futuros capítulos, todos los asaltantes y el dinero aparezcan porque está claro que Tardelli no actuó solo y que el dinero no fue quemado. Esa parte de la historia no cuadra.

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