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Editorial

Vacunas contra la violencia

Vacunas contra la violencia
La precariedad de la cultura de derechos humanos que ostenta el país se pone en evidencia especialmente con los niños, niñas y adolescentes.

 Es así, no sólo por el atropello a su dignidad que representa la costumbre de verlos y tratarlos como adultos de menor tamaño -lo que llega a su clímax en fechas como el 12 de abril o Día del Niño, cuando se instalan pintorescos parlamentos infantiles y marchas por los derechos con consignas aprendidas de memoria y a punta de presiones de todo tipo-, sino porque este trato ocasional de adulto no va acompañado por el respeto a su dignidad (de niños) y mucho menos a su integridad, como se pretende mostrar en el retrato de ocasión.

En Bolivia hemos normalizado el trabajo infantil y los niños aportan con naturalidad a la economía familiar. También participan (a veces son los únicos responsables) del cuidado del hogar y de las personas que necesitan asistencia (hermanos menores y ancianos). 

Al niño, porque es niño, se le consulta grandilocuentemente en estas fechas qué políticas públicas quisiera que se apliquen para "su sector” y se formulan leyes y normas que los favorecen, pero se les calla la boca cuando se trata de atender sus derechos y necesidades elementales, como el derecho a la educación.

De la violencia no hablemos. Si hay una deuda que tiene esta sociedad con sus niños y niñas es la  de la protección y la seguridad a su integridad física y emocional en todos los ámbitos en los que se mueven. 

Los niños y niñas -porque no hablan o porque tienen que obedecer- son los testigos y depositarios de todo tipo de abusos dentro de su casa y fuera de ella: son quienes presencian y sufren la violencia contra sus madres, pero también son quienes están expuestos a que esta violencia se estrelle también contra ellos, muchas veces de parte de sus propias madres. 

Son los niños quienes, faltos de atención y cuidados, son víctimas de abusos sexuales incluso de parte de sus familiares más cercanos y son ellos también quienes, abandonados a su suerte, son explotados y comercializados de diferentes formas.

Precisamente ahora, que esta sociedad saca su rostro más atávico e intolerante para debatir sobre el aumento de causales para despenalizar el aborto, se informa que solamente en la ciudad de El Alto y solamente en los primeros tres meses del año se ha duplicado la cantidad de niños abandonados en la calle: 106 hasta la fecha. 

No hay por qué relacionar una cosa con otra, pero, situaciones como éstas nos obligan a afrontar realidades con conceptos, a diario. ¿Quién se hará cargo hoy o mañana de alguno de este centenar de niños? 

La pobreza, que aún es evidente en nuestro país, es el origen en el que todos estos escenarios injustos e indeseables para la niñez son posibles. 

Las leyes formuladas y aprobadas ayudan en el camino de construir un mejor país para nuestros niños, niñas y adolescentes, pero sabemos que esto es infinitamente insuficiente.

Hace unos días, justamente a propósito del Día del Niño, la Dirección de Género y Atención Social de la Defensoría y la Unidad de Atención Integral a la Familia de la Alcaldía de El Alto, que son quienes reciben gran parte de los casos de violencia contra niños y niñas, emprendieron una campaña de sensibilización totalmente simbólica, pero interpeladora: se acercaron a los ciudadanos para "vacunarlos” contra la violencia y reflexionar sobre la importancia de cuidar y proteger a los niños. 

No se trata de un antídoto comprobado, pero la intención es apostar por la prevención a través de la educación y la concienciación, apelando persona a persona, a sus hábitos y prácticas diarias. 

Si algo necesita esta sociedad es cuestionar la naturalidad con que se acude a la violencia en el trato hacia los niños y niñas, una violencia que se traduce en agresiones físicas y emocionales, pero, también, en un desconocimiento de sus derechos y de la obligación de los adultos de respetarlos. Si a ello contribuyen estas vacunas, pues habría que tomarlas.
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