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Domingo 30 de Abril | 08:41 hs

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Editorial

Evo y Álvaro: la negativa a debatir

Evo y Álvaro: la negativa a debatir
El vicepresidente Álvaro García Linera desafió a un debate a los seis dirigentes políticos opositores que firmaron una declaración conjunta en defensa de la democracia. Una vez que tres de ellos aceptaron el reto, García Linera acudió a un subterfugio para no participar: o debate con todos ellos a la vez, lo que sabe que es imposible, o no lo hará con ninguno.

El presidente Evo Morales fue más transparente: dijo simplemente que él no debatirá con "la derecha” y con quienes siguen las ideas del "imperialismo”. Él, sostuvo, solamente debate "con el pueblo”.

El resultado en ambos casos es el mismo: la negativa de confrontar ideas con sus adversarios.

Morales y García Linera no han mantenido en los últimos 12 años un debate público con absolutamente ninguno de sus oponentes y están acostumbrados a ofender y atacar unilateralmente. El sistema de medios oficialistas y paraestatales se encarga luego de hacer circular esas ideas. Es como lanzar piedras a quien no puede defenderse.

Hay varias razones que explican el rechazo a debatir  y confrontar ideas. Lo más obvio es el hecho de que una situación así solo podría traer desventajas y perjuicios al oficialismo. Un debate sobre temas importantes como inseguridad ciudadana, crecimiento del narcotráfico, modelo económico, estado de la salud pública, reducción de las libertades democráticas, control de la justicia, etc., dejaría a muy mal traer a los dos jefes de Estado. 

Cualquier debate podría resaltar  errores, contradicciones y faltas en las que incurre éste y cualquier Gobierno que no se expone fácilmente a la rendición de cuentas. Se podría hablar desde la década perdida que afecta al país hasta el daño ambiental que producen sus políticas...

Como Morales y García Linera tienen mucho que perder (y poco que ganar) en una confrontación con líderes opositores, ese debate nunca se producirá. 

Las razones son las anotadas arriba, pero  también influye   la mentalidad autoritaria de los dos mandatarios: ellos creen tener la razón absoluta sobre la marcha social, económica, política, cultural, etc., del país y, por lo tanto, no poseen algo que es básico de la democracia: la conciencia de que todos los actores políticos tienen el derecho a competir por el poder en igualdad de condiciones.

Los debates son propios de las sociedades democráticas. El lector podría hacer una lista de en qué países se producen éstos y coincidirá en que casi todas estas naciones están abiertas al pluralismo. El debatir ideas cuando se está en la función pública debiera ser una obligación, no una pulseta para ver quién derrota a quién.
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