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El terrible estado de la salud pública

El terrible estado de la salud pública
El dossier de Página Siete sobre el estado de los hospitales estatales, y publicado la semana pasada, es desolador. El trabajo de los tres periodistas asignados, y financiado por el fondo Spotlight, dio con historias increíbles, como que en el Hospital del Niño los médicos crían gatos para ahuyentar la presencia de los ratones, o que en el del Tórax, al no funcionar el ascensor, los enfermeros y parientes cargan a los pacientes hasta el tercer piso para poder tratarlos. Pero en todos los casos surge el trabajo denodado de casi todo el personal salubrista, es decir médicos, enfermeras y otros, hacen un trabajo esforzado y comprometido en un escenario de total falta de recursos.
 
La salud es una de las áreas  en las que  se reflejan con mayor intensidad las carencias del país. En la salud, o la falta de ella, se expresan la ausencia de recursos humanos y materiales suficientes. Es un tema que se arrastra desde los orígenes de la república boliviana y que ha acompañado, con altibajos, a toda su historia. Bolivia es, por ello, el país que menos gasta, en términos per cápita, en salud en  Sudamérica (unos 100 dólares al año por persona, mientras Chile, Argentina o Uruguay gastan 1.000). 
 
También el país es, lamentablemente, la nación que tiene menor cantidad de médicos y camas de hospital por cada 10.000 habitantes en la región.
 
Esta semana se han vuelto a conocer fotografías que muestran cómo los pacientes que aspiran a ser tratados en el Hospital Obrero atestan todas las salas e incluso los pasillos. En algunos casos, los enfermos llevan su propio colchón para echarse en él,  puesto que el establecimiento no cuenta con los suficientes.
 
Los centros de atención de salud se dividen en el país en cuatro niveles: los centros que corresponden al primer y segundo son responsabilidad de los municipios, mientras los de tercer y cuarto niveles -los que cuentan con todas las especialidades- son administrados por las gobernaciones. El problema es que tanto municipios como departamentos no tienen los recursos suficientes para ello. Los montos que provienen del IDH han caído dramáticamente en los últimos dos años y simplemente no alcanzan para enfrentar el problema.
 
El Gobierno central se encarga de la paga de los salarios, pero los montos suelen ser bajos, lo que no atrae a los mejores especialistas.
 
Mientras tanto, el hacinamiento desborda a los establecimientos. El dossier de Página Siete menciona que si los centros de primer y segundo niveles pudieran atender partos o curaciones de emergencia, el colapso se reduciría. Pero las carencias que enfrentan lo impiden.
 
Si este es un problema que se arrastra por décadas o siglos, es más frustrante que siga ocurriendo en la última década, que ha sido la más generosa con las arcas estatales en toda la historia boliviana. El Gobierno, lamentablemente, no ha sabido orientar hacia este sector la mayor parte de los recursos. La jerarquización del gasto público, como ya se ha dicho abundantemente, ha estado orientada a construcciones de canchas y coliseos, además de lujosos palacios para las autoridades.
 
Página Siete detectó hace tres meses que el programa Evo Cumple destina 4,6 veces más recursos a canchas y coliseos que a centros de salud. Analizando los datos contenidos en la Memoria de la Economía Boliviana 2016, del Ministerio de Economía, el reporte estableció que el Estado destinó 3.389 millones de bolivianos a canchitas entre 2007 y 2015, y sólo 734 millones a centros hospitalarios y de salud. En este espacio ya se comentó que la inclinación por las canchas de fútbol es tan evidente que se gastaron en ellas 19 veces más recursos que en planes de saneamiento básico y 22 veces más que en proyectos de riego.
 
Como se ve, los recursos han existido, pero se han destinado a otros fines. Para contrarrestar esas críticas, el presidente Evo Morales anunció en 2015 la construcción de 46 hospitales de segundo, tercero y cuarto niveles, mediante una inversión de 11.200 millones de bolivianos. Deberían estar listos dentro de tres años, pero en la mayoría de los casos no se han iniciado siquiera los planes de licitación. Así que las soluciones no están a la vista.
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