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Desde el faro

Hillary Clinton y las feministas

Hillary Clinton y las feministas
"Hoy, más que nunca estoy con ella”. Así reza el mensaje enviado por una conocida amiga y feminista mexicana a favor de la candidatura presidencial de Hillary Clinton. En la otra vereda, no faltan feministas que, dentro y fuera de los EEUU, suman voces contrarias y lamentan el repliegue del senador Sanders luego de una primaria demócrata de infarto. Esta  suerte de incongruencia invita al análisis. No hay duda: la campaña presidencial concita la atención global, haciendo olas más allá de los foros del feminismo.    

Un analista sostiene que para la juventud demócrata la prioridad no es tener una mujer en la Casa Blanca, siendo más importante "poner a Wall Street o a  las gigantes aseguradoras de salud en su sitio”. Por otra parte, las mujeres feministas de fin de milenio experimentan como naturales los logros del feminismo, de la segunda ola, de los que Hillary fue icono y hacen eco a la crítica de  Nancy Frasser, feminista norteamericana, quien desde la palestra académica, alejada de realismo político y de modo simplista, etiqueta a Hillary como neoliberal y poco identificada con las mujeres afroamericanas y más pobres del país. 

Es curioso: la trayectoria política de Clinton y las conquistas pro igualdad de su generación  no parecen suficientes para neutralizar la idea de quienes opinan que con ella "nada cambia” o que es "muy fría y poco empática” para ser mujer o "muy débil” para ser presidente. Paga la factura en tiempos de moda antisistémica y por haber labrado su liderazgo demostrando que, pese a ser mujer, es lo suficientemente cerebral e inteligente para gobernar. Su compromiso con los avances progresistas de las Conferencias de Beijing y de El Cairo, la lucha pionera por la reforma de salud y contra poderes corporativos que pusieron límites a la voluntad presidencial de Obama son insignificantes a la hora de colocarla en el baúl de un sistema político envejecido. Ser la esposa de Clinton no es ventaja y su paso por la Secretaría de Estado en un tiempo marcado por la herencia belicista de Bush y el nacionalismo norteamericano exacerbado, tampoco ayuda. 

Sin embargo, pasada la calentura de las primarias, esta adversidad se diluye al contrastar a Hillary con el perfil conservador de Donald Trump, el más errático aspirante a la Casa Blanca que la historia haya conocido. En este contexto, las teorías finamente elaboradas por intelectuales y activistas feministas y pensadores, más o menos radicales, resultan marginales. La fotografía completa da cuenta del estado de ánimo del promedio de electores, indiferentes a causas feministas e hiper sensibles a la incertidumbre y la violencia no convencional de este tiempo para confirmar la validez del programa centrista y progresista que los demócratas enarbolan. Paul Krugman, nobel de economía, así lo considera. 

Rosa Cobo, feminista española, sostiene que  el liderazgo ganado por las mujeres y su  lento avance  hacia la paridad política tiende a restablecer la "auténtica universalidad, la igualdad y libertad prometidas a la humanidad por la democracia moderna” que les fueran hurtadas a las mujeres por el patriarcado al inaugurarse la era democrática hace más de dos siglos.  Bajo esta lógica, celebro la candidatura y la oferta moderada de Hillary en una de las elecciones más desafiantes debido a la presencia de un Trump que puede cosechar apoyo en un mundo volátil y caprichoso. 

Termino evocando a Meryl Streep. Según ella, Hillary tiene las "agallas” para asumir el reto de ser presidente donde serlo no implica tener el poder absoluto ni discrecional como en otras latitudes. Agallas para ejercer el poder en un sistema de contrapesos institucionales y de poderes económicos fácticos enquistados en los intersticios de su vigorosa institucionalidad. Agallas para asumir la realidad de ser potencia junto a otros,  sin reeditar la función de gendarme de antes y después de la Guerra Fría. En suma, de gobernar un país poderoso cuyos vecinos del sur miran con recelo y la esperanza de inaugurar un nuevo ciclo de amistad y de respeto. 

Erika Brockmann es politóloga.
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