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Desde el faro

Choquehuanca: esotérico y agorero del desastre

Choquehuanca: esotérico y agorero del desastre
Ocurrió hace algo más de un año.  Recuerdo a David Choquehuanca comentar el libro sobre Conflictividad en Bolivia, cuyo autor era  César Rojas Ríos. Con el aura de predicador y místico andino, el entonces Canciller reivindicó la  esencia pacifista de los pueblos andinos, de su disponibilidad favorable al diálogo, a la complementariedad de opuestos y a armonizar física y espiritualmente con la naturaleza. 

 El discurso se eternizó motivando el abandono  de algunos intelectuales aimaras y no aimaras,  críticos al romanticismo y a la impostura que, desde el poder, instrumentaliza y caricaturiza las reivindicaciones indígenas.  Hubo quienes lo escucharon con respeto, vergüenza ajena, como también con devota admiración. Entre estos últimos algún visitante extranjero. Ya durante el vino de honor de rigor, no faltó la respuesta condescendiente ante la crítica motivada por el telúrico discurso. "Hay que ser comprensivos… se trata del representante de un pueblo que busca  superar la baja autoestima”, en alusión a la larga historia de opresión colonial.    

 Hace unas semanas, en su columna de opinión Francesco Zaratti  recordaba haber escuchado con "gozo” el enésimo discurso esotérico del Canciller en ocasión de la condecoración de la Universidad Católica Boliviana. Choquehuanca tuvo a bien citar una "investigación reciente” que concluía que el verdadero motivo de intervención de Estados Unidos y sus aliados en Irak habría sido la ocupación de un sitio arqueológico donde se concentra la "energía de las estrellas”. 

 Estas anécdotas  son buen antecedente para referirse brevemente,  no sólo a la salida del gabinete ministerial, sino también al polémico  contenido de recientes entrevistas concedidas por quien, por 11 años,  fuera representante de la política exterior boliviana. Son varios los que lamentan el alejamiento  de un "buen hombre”; sin embargo, en términos de gestión, se le observa extrema obsecuencia frente a la estridente retórica presidencial y la de todos aquellos que hacían de voceros improvisados, entrometiéndose en asuntos que no son de su competencia al ser de interés internacional.  Su presencia fue simbólica  y no imprimió un sello propio ni visionario a decisiones, algunas auspiciosas, del núcleo duro del poder presidencial. 

 Políticamente, se equivocan quienes lo visualizaron algún momento como el natural delfín y heredero de Evo Morales. Pagó un precio muy alto al propiciar en La Paz las fallidas candidaturas de Felipa Huanca y de Patana, respaldando a las "bartolinas” y organizaciones sociales de El Alto. Y es que el hermano Choquehuanca encarna una idea de lo indígena anacrónica para estos tiempos. Disociada a aquella que enarbola una nueva generación de aimaras y quechuas que, sin negar su origen, se asumen  ciudadanos   y son permeables a la influencia de valores e, incluso, de los antivalores que conlleva la modernidad. 

 La imagen idealizada del indígena telúricamente asimilado a la  Pachamama ya  no cuaja ni convence al indígena urbano y emprendedor, ni a la gran mayoría de potenciales electores.
 
Tristemente, su andino centrismo  le impide entender que la trilogía "ama suwa, ama llulla y ama qhilla” y la conciencia ecológica no es monopolio del saber andino, ya que es congruente con el cúmulo de saberes y valores civilizatorios de la humanidad.  

 Concluyo interpelando al excanciller, no por sus muchas veces ponderada serena actitud, sino por apelar y legitimar la estrategia del miedo como recurso para defender el proyecto prorroguista de una autocracia presidencial cuasi monárquica. No otra cosa puede interpretarse de la declaración que hiciera hace pocos días en sentido de que si el Presidente no es candidato podría haber una matanza en el país. Metáfora o no, se trata de una apreciación inadmisible de quien pregonó un día la esencia pacífica del indígena y el "Vivir Bien”.  Me refiero al misionero, al "maestro” que bajará a trabajar con las bases del "proceso de cambio”; a quien instaría asumir, como obligación política y moral,  el persuadir a los violentos y agoreros del desastre sobre la necesidad de que aún "sin Evo” y con otro candidato oficial, el MAS debería garantizar una transición pacífica del poder en democracia.  

Erika Brockmann Quiroga es politóloga.
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