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Las lecciones de la victoria de Donald Trump

Las lecciones de la victoria de Donald Trump
En este noviembre, la vitoria de Donald Trump fue el mejor susto de Halloween. Dejó a vampiros y muertos vivientes en ridículo. Pensar que la mayoría de los americanos votó por él es la peor pesadilla. No importó la contundente campaña en su contra, los escándalos sexistas que protagonizó y las barbaridades racistas que habló. Nada fue suficiente para disminuir su apoyo, ni la descalificación de Obama, ni el abandono de los mismos republicanos. 

Trump no es una excepción. Al revés, es un caso más de un fenómeno recurrente -los populismos no democráticos de derecha o de izquierda- que emergen en olas en el norte y el sur. Más allá de sus diferencias, son liderazgos carismáticos que, con tonos mesiánicos, proclaman tener soluciones radicales para los problemas sociales y económicos. Su principal capital político es no pertenecer a la clase política y definirse como el representante de los intereses del "pueblo”. Se caracterizan por discursos agresivos contra el sistema político y el apelo a sentimientos nacionalistas contra un enemigo común. 

América Latina tiene mucho que decir sobre estos líderes. Una vez en el poder vulneran las mismas reglas democráticas que los llevaron a la posición de gobernantes. Desde la ética "los fines justifican los medios”, son regímenes que debilitan las instituciones democráticas. Concentran el poder en un círculo cerrado, debilitan la independencia de poderes, atentan contra el pluralismo político a través del acoso a partidos políticos y líderes de oposición, y persiguen la prensa independiente. 

 Son líderes que no creen en la democracia y se ven a sí mismos como los únicos árbitros de la verdad. Promueven actitudes de desconfianza y menosprecio a los que no son sus seguidores en un tablero en que sólo caben amigos y enemigos. No admiten debates razonados, críticos e informados. Su estrategia es la descalificación de voces independientes, en lugar de argumentos lógicos y apoyados en evidencias empíricas. En estos regímenes políticos, la vida pública se empobrece y el ambiente se pone opresivo si no se cuenta con madurez institucional para contener los empujes no democráticos. Al final están dispuestos a todo para no dejar el poder. 

La cuestión principal que debería ocupar nuestra atención es: ¿bajo qué condiciones estos liderazgos dejan de ser una fuerza marginal para convertirse en gobernantes vía elecciones? 
Los analistas llaman la atención para la capitalización política de los miedos, frustraciones y resentimientos de los ciudadanos por parte de estos liderazgos. Sentimientos provocados por experiencias de exclusión social, de necesidades no satisfechas y de inseguridades. El terreno es abonado por la humillación de vivir en comunidades sin servicios básicos, de estar privados del acceso a educación y a salud de calidad y del miedo de perder el empleo, y quedar en la calle, mientras tienen a su lado sectores adinerados y privilegiados. 

La fuerza de estos liderazgos está en la explotación de la frustración de los que se sienten los marginados de la sociedad o del miedo de aquellos que se sienten amenazados en su reciente ascenso social. Liderazgos que crecen con la promesa de recuperación de la autoestima de los que nunca la tuvieron o se sienten amenazados de perder. 

Lo que nos debería preocupar es cómo prevenir la ascensión de futuros Trumps, Le Pens, Ortegas, Chávez, Morales y muchos otros. La atención debería estar en desmontar las condiciones que subyacen a la percepción ciudadana de traición por parte de élites consideradas, no sin razones, egoístas e insensibles y el deseo de venganza, y que, luego, son explotados por estos líderes.

 En el fondo del fenómeno de aceptación ciudadana de narrativas no democráticas, que ofrecen salidas radicales e ilusorias para los problemas sociales y económicos, es la pérdida de confianza en las instituciones democráticas y en el sistema económico. Fenómeno más recurrente en sociedades profundamente desiguales y excluyentes. 

Esta reflexión debería conducir a la redefinición de las agendas de los partidos políticos y la priorización de soluciones sostenibles a las necesidades del conjunto de ciudadanos en el horizonte de construcción de sociedades inclusivas y justas. Sólo así se podrá proteger los principios, valores e instituciones democráticas. 

Fernanda Wanderley es socióloga investigadora.
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