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El futuro que no queremos y cómo evitarlo

El futuro que no queremos y cómo evitarlo
El futuro que no queremos ya se hizo presente. La fuerte escasez de agua en varios municipios de Bolivia es una alarma más de los serios problemas ambientales que ya se experimentan y que se agravarán si no cambiamos profundamente la ruta de desarrollo, las malas prácticas de gestión pública y la cultura del despilfarro. 

El desabastecimiento de agua en Bolivia es un viejo pronóstico que el Gobierno no quiso o no pudo escuchar y, consecuentemente, no actuó para prevenirlo. Desde 2009, e inclusive antes, se contaba con proyecciones que apuntaban a que habría escasez de agua. Era un problema avisado hace varios años e ignorado soberbiamente por las autoridades.  

La incapacidad del Gobierno de tomar medidas sobre el problema del agua, advertido por especialistas, es la muestra clara de la negación del tema ambiental. El resultado fue el manejo no informado e irresponsable del agua y de los recursos naturales. El problema es grave porque está en juego nuestro futuro como comunidad boliviana y como humanidad. La toma de conciencia de los temas ambientales es mandatorio para que se encare con urgencia cambios en la gestión pública, en la ruta de desarrollo y en nuestros estilos de vida. 

Los conocimientos sobre los desequilibrios ambientales ya son públicos y accesibles a todos por las redes sociales. Entre las muchas fuentes de información sobre este tema y las transformaciones necesarias en la organización, y conducción económica para manejarlo, está la encíclica Laudato Sí del papa Francisco. Este documento resume las investigaciones de punta y propone principios y valores para la   gestión ecológica de la economía y del desarrollo.  

El mensaje es claro:  si queremos sobrevivir como especie y vivir en un mundo de paz, no hay otra alternativa que comprometernos con cambios radicales desde la esfera más personal hasta la más pública, asumiendo nuestro rol de ciudadanos en nuestros hogares, vecindarios y frente a los representantes en el Estado. De lo contrario, estamos poniendo en peligro nuestra existencia colectiva. Este desafío lo estamos enfrentando duramente estos días de sequía en varias regiones de Bolivia. 

Esta es una tarea de todos y ningún país o región está exento de compromisos, pese a las responsabilidades diferenciadas entre unos y otros. Esto, porque la utilización excesiva del agua, suelo y el aire en la extracción de recursos minerales y fósiles, y la consecuente contaminación, la destrucción de los bosques con pérdida de biodiversidad, la emisión de gases de efecto invernadero y el calentamiento global no conocen fronteras políticas o ideológicas. 

En la vida cotidiana, el cambio pasa por transformar nuestros hábitos de vida y de consumo.
 
Asumir que los usos del agua y electricidad, y la producción de basura son actos morales y políticos y que, por lo tanto, somos responsables de manejos prudentes y ahorradores. Lo mismo se aplica a las empresas y unidades económicas, cuya gerencia tiene irrevocables responsabilidades colectivas. 

En la esfera pública, el cambio implica un profundo y consecuente compromiso con el bien común, y con el equilibrio medioambiental. Enfrentamos el enorme desafío de desencadenar iniciativas para transformar nuestros entornos y exigir gestiones eficientes de los recursos naturales como, por ejemplo, en el caso de La Paz, la construcción de nuevas captaciones de agua, la mantención de la infraestructura de cañerías para prevenir pérdidas y la exigencia de licencias ambientales de las actividades mineras. 

Nuestro desafío de fondo, sin embargo, es superar el patrón de crecimiento fundado en la extracción de minerales, petróleo y gas, y de un modelo de desarrollo centrado en megaproyectos de dudosos beneficios, como la hidroeléctrica de El Bala-Chepete, la agroindustria extensiva y la destrucción de los bosques. Se trata de abandonar la búsqueda de crecimiento desenfrenado a cualquier costo ambiental. 

Para esto es importante replantear el concepto de desarrollo y abandonar la noción ficticia de que nuestro planeta puede sobrevivir a la explotación infinita de recursos naturales. La transición a fuentes de energía limpia y la modificación sustancial de los patrones de consumo son impostergables si queremos enfrentar los desequilibrios ecológicos que amenazan el planeta que habitamos. 

Necesitamos una verdadera revolución en cómo planteamos los problemas y los desafíos sociales y económicos para arraigar las decisiones de política económica a escala humana y ecológica. Sólo así evitaremos el futuro que no queremos: sin agua potable, sin aire limpio y con temperaturas insoportables. 


Fernanda Wanderley es socióloga investigadora.
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