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¿Crecimiento para quién y para qué?

¿Crecimiento para quién y para qué?
Gracias a investigaciones serias sobre los procesos de generación de riqueza y sus dinámicas redistributivas a nivel global, así como de los costos ambientales, en la actualidad estamos en una mejor posición para cuestionar premisas profundamente arraigadas en nuestros imaginarios sobre crecimiento y desarrollo. 

Sabemos que el incremento de las capacidades humanas para producir bienes y servicios ha estado al servicio de la concentración de la riqueza por parte de una minoría y, consecuentemente, no ha sido utilizada para la mejora significativa de la vida humana. Estamos hablando de 843 millones de personas padeciendo de hambre, 780 millones de personas sin acceso a agua potable,  1.300 millones sin energía eléctrica y 2.700 millones utilizando carbón vegetal y leña. En relación a la desigualdad, el 2% más rico de la población mundial posee más del 51% de la riqueza y el 50% más pobre sólo el 1%.

También sabemos que el crecimiento económico irrestricto ha generado desequilibrios ecológicos que amenazan el planeta que habitamos. La destrucción de los ecosistemas y la consecuente pérdida de biodiversidad, la excesiva fijación de nitrógeno en la biosfera, la emisión de gases de efecto invernadero, el consumo de materias primas minerales y fósiles y sus consecuencias en la utilización excesiva, y la contaminación del suelo, del agua y del aire, la acidificación del océano y el calentamiento global ya han traspasado un umbral crítico.

  Estamos frente a un problema de proporciones bíblicas: una crisis social y ecológica global cuyas raíces están en un sistema económico orientado a la maximización de ganancias por un grupo cada vez más reducido, bajo un tipo de capitalista desregulado y desraizado de marcos democráticos de decisión colectiva. 

Un sistema construido políticamente bajo un ideal de desarrollo fundado sobre la noción ficticia de que nuestro planeta puede sobrevivir a la explotación infinita de recursos naturales. Un sistema económico pautado por el individualismo extremo, indiferente con el destino de los otros y del entorno, combinado con un materialismo exagerado, donde la acumulación de cosas, de placeres privados y privilegios, se convierten en el sentido de la vida, del éxito y de lo que importa en el paso individual por la tierra.

Se justifican decisiones de política económica con base en indicadores como el crecimiento del PIB, el volumen de exportaciones o la inversión total (pública o privada) en el vacío, sin considerar los impactos sociales, ecológicos y económicos de las actividades que están por detrás de estos números. No se pone en la balanza el fortalecimiento o la destrucción de tejidos colectivos y ecosistemas, el potenciamiento o el deterioro de dinámicas sociales, y económicas en los territorios, la transformación o la reproducción de exclusiones y violencias. Menos aún se considera adecuadamente quiénes son los principales beneficiarios de este tipo de crecimiento y si son apenas migajas las que quedan para las mayorías.   

Es hora que empecemos a discutir ampliamente el futuro que queremos como colectividades y, por lo tanto, qué entendemos por desarrollo. ¿Será que el futuro que queremos se resume en más consumo de cosas, más cemento y más humo? o ¿Será que queremos otro orden económico fundado en la sostenibilidad de la vida en el planeta, la dignidad humana en un marco de justicia social, equidad y pluralidad?, ¿Un futuro con seguridad y soberanía alimentaria, energías limpias, ciudades seguras, creativas y verdes, innovaciones para el bienestar social, sistemas de educación, y salud para todos y de calidad y con amplia participación y transparencia democrática?

 Si queremos otro desarrollo entonces necesitamos cambiar nuestra comprensión de la economía, de sus premisas y conceptos. Una verdadera revolución de cómo planteamos los problemas de financiamiento, producción, circulación y consumo de bienes, y servicios, poniendo en el centro las preguntas ¿para quién? y ¿para qué?; arraigando las decisiones de política económica a la escala humana y ecológica, a territorios concretos con poblaciones de carne y hueso, interdependientes y con capacidades de decisión democrática sobre su futuro colectivo. Desafíos que dependen de decisiones integrales de política económica - macro, micro y sectoriales -, en estrecha coordinación con las políticas sociales.
 
Fernanda Wanderley es socióloga investigadora.
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