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Brasil. El día D de Dilma

Brasil. El día D de Dilma
Escribo esta columna en los últimos momentos del proceso de impeachment de Dilma Rousseff, que dividió la sociedad brasileña entre los que defienden la legalidad y legitimidad del proceso de destitución de la Presidenta electa y aquellos que lo caracterizan como un golpe de Estado. Para mí está claro que este es un proceso político con frágil base jurídica.  

Lo que no está en discusión es que el resultado de hoy está lejos de poner un punto final a los problemas políticos, económicos y sociales que enfrenta Brasil. El gobierno de Temer sufrirá las mismas dificultades de gobernabilidad del gobierno del Partido de los Trabajadores. Además del acecho de escándalos de corrupción que enfrentará la cúpula del nuevo gobierno, también tendrá enormes dificultades para revertir la crisis económica en un contexto social de fuerte polarización política.

La situación catastrófica de Brasil es sorprendente. Con una población de más de 200 millones de habitantes y un Producto Interno Bruto por encima de los 2.2 billones de dólares, Brasil proyectaba un progreso imparable después de diez años de crecimiento sostenido y redistribución de renta con la salida de la pobreza de alrededor de 22 millones de personas.

En 2013 pocos pronosticaron la brusca interrupción del futuro luminoso de Brasil. La euforia había contagiado a todos cuando todo empezó a desmoronar en 2014. Ya en 2015 la economía retrocedió en 3,8% y en 2016 se prevé una caída de 3,4%. En dos años consecutivos de contracción del PIB  la tasa de desempleo alcanzó al 11,6% de la población económicamente activa y se estima que 11,8 millones de personas están buscando trabajo hoy en el país. Según las cifras del Ministerio de Trabajo, Brasil perdió 1,7 millones de empleos formales con todas las garantías laborales entre agosto de 2015 y julio de 2016. 

A la crisis económica se sumó la crisis política, alimentada por la avalancha de escándalos de corrupción involucrando a todos los partidos políticos sin excepción y comprometiendo, además, al sector privado, desde las mayores empresas brasileñas de ingeniería y construcción, responsables por grandes obras de infraestructura que impulsaban el crecimiento, hasta pequeños proveedores en todos los rincones del territorio. 

 El resultado es una profunda crisis de confianza. Según datos recientes de Latinobarómetro, el 87% de los brasileños no tienen confianza en los partidos políticos, 77% en el Parlamento, 72% en el propio Estado y 64% en la justicia. El descontento con los servicios públicos es generalizado. El 78% de los ciudadanos manifiestan insatisfacción con la salud pública, el 74% con la Policía y el 69% con la educación. 

No es para menos. Hoy la población brasileña tiene acceso a información detallada de los incontables esquemas de desvío de recursos públicos, en todos los niveles de gobierno -nacional y subnacionales-, y en los más variados sectores, desde la empresa estatal Petrobrás hasta postas de salud en pequeños municipios. El ciudadano de a pie está conociendo con lujo de detalle las prácticas políticas de nepotismo, de control de privilegios y gastos exorbitantes por parte de una clase política que se había acostumbrado al estatus de supraciudadanos, por encima de las leyes y fuera del alcance del control ciudadano.   

El destape de la corrupción fue posible gracias al elevado grado de independencia del Poder Judicial en relación a los poderes Legislativo y Ejecutivo. Sin embargo, tampoco el Poder Judicial está inmune a las injerencias políticas y a la corrupción. 

El futuro próximo de Brasil es sombrío. No sólo los pronósticos de la crisis son oscuros, también se prevén nuevos escándalos de corrupción que, inevitablemente, alcanzarán al gobierno de Temer y otros nombres importantes de la oposición. Aún más preocupante es el intento de frenar las investigaciones de corrupción por parte del Congreso a través de iniciativas para limitar los grados de libertad del Poder Judicial. Sin embargo, todavía mucha agua correrá bajo el puente y la esperanza es lo último que muere.

Fernanda Wanderley es socióloga e investigadora.
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