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Precisiones

¿Son útiles las estrategias de confrontación?

¿Son útiles las estrategias de confrontación?
El conflicto es el resultado de la interacción entre dos unidades políticas con intereses contrapuestos. Esta interacción entre los Estados no es casual, sino el producto de acciones premeditadas; es decir, de una planificación tendente a lograr objetivos preestablecidos, los mismos que podrán colisionar.

Para conseguir esos objetivos se utilizan diversos medios que, en su conjunto, integran lo que se denomina la estrategia.

El término estrategia fue originalmente patrimonio de la actividad militar, significando el designio proyectado para vencer o disuadir al adversario; en consecuencia, el desarrollo de estrategias militares conlleva necesariamente la consideración de factores de poder, tanto militares  como económicos y políticos. De ahí que Beaufre concibe a la estrategia como el arte de la dialéctica de las voluntades que emplea a la fuerza para resolver el conflicto. En la dialéctica de las voluntades, la decisión es un fenómeno psicológico que se requiere producir en el adversario: convencerle de que emprender o continuar en la lucha es inútil.

 Naturalmente, tal resultado se podría alcanzar por la victoria militar, pero ésta, con frecuencia, no es indispensable e, incluso, es, muchas veces, completamente irrealizable. La finalidad de la estrategia parece ser alcanzar la decisión creando y explotando una situación que acarree una desintegración moral del adversario suficiente para llevarlo a aceptar las condiciones que le quiere imponer.

El concepto de estrategia ha trascendido, sin embargo, el ámbito militar y se ha convertido en instrumento eficaz para conseguir objetivos en todos los ámbitos del quehacer humano. Ello mismo ha contribuido a que la estrategia, inicialmente un instrumento que se valía esencialmente de la fuerza, haya mutado hacia incorporar, más bien, elementos pacíficos como herramientas idóneas para conseguir el objetivo deseado.

No obstante de ello, las estrategias de confrontación, en sus diversas manifestaciones, persisten en las relaciones interestatales como un recurso estridente que, además, aglutina factores que, como la exacerbación de los sentimientos nacionalistas, acentúan la ausencia de la racionalidad y, por ende, impiden las soluciones pacíficas a los conflictos.

En lo que a Bolivia respecta -como bien lo señala Edgar Camacho- debemos aprender a pensar de un modo nuevo, preguntarnos, no qué hacer a fin de lograr la victoria militar en el campo al que pertenecemos, porque esa posibilidad no existe, sino cómo resolver los problemas en un marco de solidaridad y cooperación recíproca.

A lo largo de la historia de la humanidad, y particularmente de las comunidades políticas a las cuales hoy conocemos como Estados nacionales, dos han sido, y aún lo son, los momentos o estadios en los que se desenvuelven las relaciones entre las unidades políticas: la paz y la guerra. Ambos son sostenidos y motivados por distintos factores de orden religioso, cultural, político o económico, pero, fundamentalmente, generados por intereses. De ahí que, desde la perspectiva del realismo político, los intereses nacionales se han constituido en una de las fuerzas más influyentes y casi determinantes en la configuración del mapa político mundial. Sin embargo, la convergencia de intereses puede también ejercer similar influencia.

Desde esta perspectiva, es por demás útil comprender que los problemas mundiales, los conflictos interestatales y especialmente las controversias bilaterales, como la existente entre Bolivia y Chile, sean resueltos a partir de la convergencia de intereses, a fin de evitar potenciales conflictos. El esfuerzo por encontrar coincidencia en la definición de ciertos conceptos ayuda a comunicarnos en un mismo lenguaje y a plantear los problemas de mejor manera y encaminarlos hacia la senda de la cooperación.

En un mundo que con mayor rapidez se complejiza, mayor es la posibilidad de ampliar las asimetrías existentes entre los Estados y, en consecuencia, mayor la probabilidad de que irrumpan los conflictos armados. Pero, al mismo tiempo, también existe la posibilidad de evitar el conflicto, siempre y cuando las voluntades políticas sean suficientes, y tengan la capacidad para superar el interés individual y alcanzar una esfera de cooperación e interdependencia mutua. 
Consecuentemente, evitar la guerra o la confrontación entre los Estados dista mucho de ser un propósito meramente idealista, como seguramente lo perciben algunos. Evitar la confrontación puede significar, en cierto momento, la existencia del propio Estado. 

Es un imperativo que Bolivia y Chile busquen caminos de cooperación para asegurar una paz estable y duradera en la región, pues la construcción de la paz es una tarea eminentemente política.

Fernando Salazar Paredes es abogado internacionalista.
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