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Fernando Salazar Paredes
Precisiones

Añoranza de mi amigo Juan León Cornejo

Añoranza de mi amigo Juan León Cornejo
"Recordar es fácil para el que tiene memoria. Olvidar es difícil para el que tiene corazón”,  Gabriel García Márquez.

 

Recuerdo vívidamente ese último momento que pasamos juntos. Te fui a visitar pocos días antes de aquel sombrío 16 de abril; charlamos amenamente recordando la convergencia de nuestras vidas. Traté de hacerte reír pero, aunque querías, ya no podías, pues ese terrible y despiadado enemigo interno te tenía aprisionado; el maldito cáncer te estaba derrotando lentamente. Luego, pasamos juntos largos momentos sin hablar, pero no había necesidad de hacerlo porque nuestras miradas lo decían todo.

Cuando te noté ya muy cansado y quise despedirme, me agarraste la mano y no la querías soltar. Nos quedamos así largo tiempo, mirándonos, presintiendo ambos que el fin estaba cerca. Así, conectados físicamente en un prolongado apretón de manos, que fortalecía nuestra comunión de ideales, volvimos a recordarlo todo: lo bueno, lo malo, lo triste, lo alegre de nuestras vidas desde aquel día, a finales de 1963, que nos conocimos en la antigua redacción del matutino Presencia.

 

Ha pasado un año desde tu muerte y no puedo olvidar esos últimos instantes que interrumpieron, terrenalmente, nuestra amistad de tantos años. Confieso que lloré porque era la única forma de aplacar la súbita pena y la penetrante aflicción que inundó mi ser al darme cuenta que nunca más me llamarías, o me reñirías jocosamente, o me contarías chistes y anécdotas, o me relatarías, henchido de orgullo y júbilo, pasajes de la vida de tus hijos y de tus nietos.

 

En mi ya prolongado existir he conocido a mucha gente. Personas que me han querido, otras que no; personas que he admirado y otras que me han desilusionado; hombres en los que he confiado y otros que me han decepcionado. En fin, como todos, me he topado con el género humano donde hay de todo y para todo.  Pocos pueden, sin embargo, ser considerados amigos; de ahí el dicho de que a los amigos hay que contarlos dos veces: en la buenas para ver cuántos son… y, en las malas, para ver cuántos quedan.

Me ha tocado estar en las malas, más de una vez, con Juan León Cornejo.  Es ahí donde se reveló como un verdadero e inseparable amigo. Me refiero no sólo a cuando hice mis primeras armas en el periodismo, sino también cuando, aterrados, teníamos que andar con el testamento bajo el brazo, a salto de mata, esquivando a esbirros y paramilitares, conspirando desde la clandestinidad para recuperar la democracia.

 

Prisioneros en la dictadura, Juan era el hombre que confortaba; en el exilio, Juan era el camarada de todos y el sostén de muchos. En la vida diaria, Juan era el profesional íntegro, el esposo y padre  ejemplar y, sobre todo, el amigo leal, comprensivo y solidario.

El tiempo vuela. Ha transcurrido un año de su fallecimiento y me invade una nostalgia perversa que no me permite pensar racionalmente.

 

¿Por qué este país es tan trágico que la muerte se lleva tempranamente a sus hombres buenos y no a los otros?  Juan León debía estar acá, ahora, con nosotros, contagiándonos de vida y alegría con esa su especial calidad humana  y su personalidad tan efusivamente cariñosa.  

Decía el poeta peruano César Vallejo que hay pocos golpes en la vida tan fuertes que abren zanjas oscuras en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte, y que podrían ser los heraldos negros que nos manda la muerte.  Pues bien, así me siento hoy al pensar que ya ha pasado un año sin la presencia física de un hombre cabal, de un amigo cercano que bien podría llamarlo, sin miramiento alguno, mi hermano del alma.

 

Mi estimado Juan, nos has precedido en el inevitable camino que a todos, más temprano que tarde, nos espera. 

Tu paso por esta vida ha sido un faro que orientará nuestros quehaceres hasta que llegue el momento de reunirnos otra vez y disfrutar, como lo hacíamos, de tu presencia, de tu compañía y de tu ejemplo. Y es que,  como sostenía el gran José Martí, no hay mayor goce real en el mundo que la amistad con un hombre bueno.

 
Fernando  Salazar Paredes es abogado internacionalista.
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