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Presiciones

El rencor, la política y la política del rencor

Días atrás el presidente Morales dijo algo que me motivó a reflexionar sobre un tema que es recurrente en la historia política del país. El Presidente dijo "...repito, nuevamente, no soy rencoroso, no me voy a vengar…”. Reiteraba así lo que manifestó hace  alrededor de tres años: "aunque los aymaras perdonamos totalmente, no somos rencorosos, ni vengativos”.

El rencor viene a ser un sentimiento de contrariedad profundo y constante; un resentimiento arraigado que desequilibra y descompone el cuerpo y la mente.
 
De ahí que resulta precisa la apreciación inicial del Presidente porque en el mundo andino no debería existir el rencor, ya que todo es equilibrio, armonía, complementación y reciprocidad.
 
Pero, como en todo, uno es el mundo ideal y otra es la realidad. El rencor genera el resentimiento. El resentimiento se refleja en una actitud de hostilidad hacia algo o alguien y llega a tornarse en rabia acompañada de la incapacidad de perdonar. De ahí que el rencor puede devenir en un deseo de venganza.
 
El rencor daña al prójimo, pero daña más al sujeto rencoroso.  Hay un sugestivo relato que ilustra gráficamente esta situación: dos hombres habían compartido injustamente una celda en prisión durante varios años, soportando todo tipo de maltratos y humillaciones. Una vez en libertad, se encontraron años después. Uno de ellos preguntó al otro: ¿Alguna vez te acuerdas de los carceleros? No, gracias a Dios, ya lo olvidé todo, contestó.
 
¿Y tú?  Yo continúo odiándolos con todas mis fuerzas, respondió el otro. Su amigo lo miró unos instantes, luego dijo: Lo siento por ti.  Si eso es así, significa que aún te tienen preso.
 
En el plano social y político el rencor y el resentimiento no son sentimientos propios de tan sólo una clase social o de una ideología. Se anidan en las clases desposeídas, en la clase media y en las burguesías; puede ser de izquierda como de derecha. Trasciende lo individual para alcanzar eco en lo colectivo; por eso mismo el rencor puede ser la fuerza motriz de agrupaciones sociales, políticas y hasta religiosas. 
 
De ahí que en nuestro país el sentimiento de rencor se ha incrustado en lo más profundo del quehacer político.
 
No sólo ahora, sino desde siempre y por diversos motivos, a menudo no políticos. ¿Acaso Belzu no sentía rencor contra Ballivián, que alguna vez quiso cortejar a Juana Manuela Gorriti, su esposa…?  Bautista Saavedra era un hombre desmedidamente rencoroso hasta para con sus otrora amigos. Cuando los militares no dejaban gobernar a Guevara y éste envió mensajeros para solicitar apoyo a Víctor Paz, dicen que su respuesta -fría, contundente y rencorosa- fue "Que se joda”. En tiempos más cercanos, cada uno de los predestinados generales guardaba resentimiento con el que ocupó el sillón presidencial bajo la premisa ¿por qué él y no yo?
 
Pero nuestra historia también refleja momentos en que el rencor es puesto de lado y existieron políticos que lo combatían. Juan Lechín fue el gran contrapeso durante las primeras épocas de la Revolución Nacional contra los desbordes del rencor; cuántos no acudieron donde él para que interceda por los excesos que experimentaban.
 
Ni qué decir de Hernán Siles Zuazo, que el mismo 9 de Abril pidió que no se ejercite venganza o se practiquen actos predatorios, finalizando con su cabal frase: "Somos demasiado pobres para seguir destruyéndonos”.
 
Lo preocupante es que observamos cómo en colectividades que tienen acceso al poder hay una suerte de política del rencor que se nutre de sentimientos de frustración y resentimiento que se los direcciona hacia objetivos de poder que, más temprano que tarde, dañarán más a quienes lo ejercen.
 
Claudio Lomnitz explica que "la política del rencor ofrece causa y sentido a personas que están sumidas en una situación de frustración y sinsentido. Lo que hacen los políticos del rencor es cultivar el resentimiento que emana de esa frustración y dirigirlo a un objeto estable, a un objeto odiado, y ofrecen así al rencoroso una ‘causa’ capaz de dar sentido y dirección, aunque sea a cambio de entregar la vida a la destrucción”.
 
La política del rencor trae consigo una serie de efectos que alientan conductas totalmente contrarias a nuestra cosmovisión. De ahí que, en un esfuerzo común y compartido, se torna necesario recuperar una política de armonía y complementación donde no haya necesidad de perdonar, ni que tengamos que ser rencorosos o vengativos. Sólo así el proceso de cambio podrá experimentar un grado de madurez en el desarrollo político de nuestra sociedad.
 
Fernando Salazar Paredes es abogado internacionalista.
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