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“Salvo el poder, todo es ilusión”

“Salvo el poder, todo es ilusión”
Este largo fin de semana, unido al frío que ha dominado Santa Cruz, me ha provocado leer un libro de mi biblioteca. Aprovechando el tiempo, escogí uno que hace tiempo había adquirido en un viaje de trabajo a Nueva York y que nunca tuve el tiempo para leerlo.

Su título original es Hubris syndrome: an acquired personality disorder? A study of US Presidents and UK Prime Ministers over the last 100 years, que traducido es El síndrome Hubris: ¿un desorden adquirido de la personalidad . Un estudio de los presidentes de Estados Unidos y de los Primeros Ministros británicos en los últimos cien años.
 
Sus autores son David Owen, médico, político y miembro de la Cámara de los Lores del Reino Unido, y el siquiatra Jonathan Davidson, del Centro Médico de la Universidad Duke de Estados Unidos.
 
Según el libro, como todo síndrome, el Hubris se manifiesta a través de una variedad de síntomas y, obviamente, hay un elemento  detonador que, en este caso, es el poder. Ergo, el síndrome Hubris o las características hubrísticas sólo aparecen después de la adquisición del poder.
 
La mayoría de los líderes políticos poseen grandes cualidades: carisma, habilidad persuasiva, gran visión e, inclusive, una ausencia de miedo cuando deben asumir responsabilidades peligrosas. Paralelamente, sin embargo, también tienen un lado oscuro que se manifiesta en ciertos rasgos, como la soberbia, el exceso de confianza y hasta en un desprecio por los demás. Estos rasgos negativos en el carácter de estos líderes conducen a un comportamiento impulsivo y hasta destructivo.
 
Owen y Davison dan una relación de los 14 síntomas del síndrome que han podido identificar en su interesante estudio. De éstos, conviene parar mientes sólo en algunos: utilización del poder para autoglorificación; una obsesión casi narcisista para encumbrar su propia imagen; una excesiva confianza en su propio juicio y un desprecio por los consejos o las críticas; una pérdida de contacto con la realidad, a menudo vinculada a un aislamiento paulatino; un modo mesiánico de actuar con una tendencia a la irritación; agitación, imprudencia e impulsividad; y una incompetencia hubrística; es decir, demasiada confianza en sí mismo, que conduce a desatender los peligros y las trampas generados por su propio accionar.
 
El libro es producto del análisis de los perfiles psicológicos de los líderes que tuvieron poder en el Reino Unido y Estados Unidos en los últimos 100 años. Encontraron siete presidentes que muestran rasgos hubrísticos definidos: los dos Roosevelt, Woodrow Wilson, John Kennedy, Lyndon Johnson, Richard Nixon y George W. Bush.
 
Sin embargo, el único que identificaron con el síndrome fue Bush, aunque es muy posible que Wilson y Nixon lo habrían enmascarado por sus problemas de ansiedad y alcoholismo, respectivamente. Entre los británicos se identificó a Lloyd George, Chamberlain, Thatcher y Blair que sufrían del síndrome.
 
Después de leer este libro, me vinieron a la memoria unas palabras de Pepe Mujica que dijo: "El poder no cambia a las personas, sólo revela quiénes verdaderamente son”.  El expresidente uruguayo, a contramano de casi todos los presidentes latinoamericanos, no sufrió nunca del síndrome Hubris, a pesar de haber cumplido un periodo completo en el poder. De ahí que sus palabras tienen una carga moral muy grande.
 
¿Cuántos Mujicas han habido en América Latina en los últimos cien años? Sobrarían los dedos de una mano para contarlos. Ni qué decir de nuestro país, en el que, si se hiciera un estudio similar, revelaría que hay, inclusive, más de 14 síntomas que reflejan este síndrome. Sólo un presidente boliviano ha tenido el valor y el desprendimiento de abandonar el poder antes de tiempo por propia voluntad.  Los más han querido o quieren imponer su voluntad para perpetuarse en el poder, ya sea por vías legales u otras.
 
Es que el poder tiene una extrema atracción, casi alucinante que, muchas veces, trasciende lo racional. Es un maravilloso instrumento, acostumbraba sostener el doctor Víctor Paz Estenssoro. Abimael Guzmán, el de Sendero Luminoso, graficaba esta fascinación de los políticos de manera terminante: "Salvo el poder, todo es ilusión”.
 
Roy Porter, en su Historia social de la locura, sostiene que la historia de la locura es la historia del poder. La
locura -porque imagina el poder- es a la vez impotencia y omnipotencia. Requiere del poder para controlarla.
 
Amenazando las estructuras normales de autoridad, la locura se sumerge en el interminable diálogo -un monólogo monomaníaco a veces- sobre el poder.
 
Sea lo que fuera, el poder atrae como el fuego a las polillas y la miel a las moscas. Al final, no obstante, en la mayoría de los casos, la polilla se quema y la mosca queda atrapada.

Fernando Salazar Paredes es abogado internacionalista.
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