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Precisiones

Lo que Jota Jota me dijo aquella noche en Buenos Aires…

Lo que Jota Jota me dijo aquella noche en Buenos Aires…
Los investigadores del pasado, remoto o reciente, acuden a diversas fuentes para formular la historia, entendida ésta como la disciplina que estudia y expone los acontecimientos y hechos que pertenecen al tiempo pasado, y que constituyen el desarrollo de la humanidad hasta el presente.

Una de estas fuentes, sin descartar otras, tal vez igualmente importantes y fehacientes, son las tradiciones orales o, mejor dicho, los testimonios de primera mano contemporáneos a los hechos.

Últimamente se ha producido una suerte de debate sobre quién o quiénes fueron los que ordenaron la ejecución de Ernesto Che Guevara.

Dentro de un análisis lógico normal, si un extranjero ingresa al país, armado y con fines beligerantes, y éste es capturado por las fuerzas regulares del país que fue invadido y se ordena su ejecución, es natural que se concluya que dicha ejecución fue ordenada por la cúpula de las fuerzas armadas.

En el caso que nos ocupa, el Che fue capturado vivo por el ahora general Gary Prado Salmón, errónea e injustamente acusado por el presidente Evo Morales como asesino del Che. Los hechos históricos fehacientes demuestran todo lo contrario; el comportamiento del pundonoroso profesional fue cabal por sus convicciones de militar honorable quien, inclusive, se molestó profundamente con la orden de ejecución.

La orden de ejecución, según varias fuentes, provino, del alto mando militar que en ese entonces estaba compuesto por tres generales: René Barrientos Ortuño, Alfredo Ovando Candia y Juan José Torres Gonzales. El primero era un militar populista, con mucho carisma y simpatía y era Presidente de la República. Ovando Candia, comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, era un general parco que asumió posteriormente medidas nacionalistas consideradas de avanzada. Juan José Torres, a la sazón, jefe de Estado Mayor del Ejército, era un militar revolucionario que profundizó la línea trazada por Ovando, su antecesor en la presidencia de la República.

Lo que, ahora, genera interpretaciones históricas encontradas es si el general Torres -cariñosamente apodado Jota Jota- participó o no en la decisión de ordenar la ejecución del Che. Según dos importantes y respetados historiadores -Carlos Mesa y Carlos Soria Galvarro- Juan José Torres, al ser parte del Estado Mayor, sí fue partícipe de la decisión. Su familia dice lo contrario y niega rotundamente que Torres haya participado en la decisión. Su esposa abiertamente ha declarado que el propio general le había confiado que él no había participado en la toma de esa decisión.

No cabe duda alguna que en ese alto mando militar, Barrientos fue el personaje dominante en todo momento y en todas las decisiones. No sólo era quien tenía el mayor rango y personalidad de los tres, sino que era un político populista nato con tendencias facistoides.

A principios de 1976, yo trabajaba en Naciones Unidas en Lima y viajé a Buenos Aires.  A instancias de mi amigo Marcial Tamayo visité al general Torres en su departamento. Como viejos amigos, que nos encontrábamos después de años, hablamos mucho sobre diversos temas, todos relacionados con el país, pues, al final de cuentas, éramos compañeros de esa diáspora generada por la dictadura banzerista.

Al final de la charla, Jota Jota me acompañó a tomar un taxi.  Era ya de madrugada y tuvimos que caminar muchas cuadras y después de casi una hora encontramos uno, y lo retorné a su departamento y luego me fui a mi hotel.

En esa caminata por el Buenos Aires de los años 70, el general Torres, ante una consulta mía, me dijo que el peor error que cometieron las Fuerzas Armadas, después de derrotar a la guerrilla era el haber ejecutado al Che.
 
 Contó que cuando el Estado Mayor se reunió, se analizó la situación, pero no se llegó a tomar una decisión en conjunto. Añadió que la decisión la tomó Barrientos, según él por dos razones. Primero porque quería que se sepa, no sólo en Bolivia, sino sobre todo en Estados Unidos, que él mandaba en el país y quería sentar un precedente para imitadores y, segundo, porque su amistad con el embajador americano era muy estrecha y, ante algunas dudas que habría exteriorizado Barrientos, el diplomático habría logrado convencerlo de que la ejecución era el mejor camino. Y así fue.

Decía Luis Espinal que callar es lo mismo que mentir. Traigo a colación este episodio porque creo que este mi aporte puede ayudar a disipar algunas sombras que se están echando sobre la conducta de quien fuera mi amigo y con el que compartí, a escasos días de su secuestro y asesinato, su recuento oral de lo que sucedió en esos críticos momentos de nuestra historia.

Hay momentos que, en los relatos históricos, los hechos o se distorsionan por uno u otro motivo -bueno o malo-, o, simplemente, de tanto repetir algo inexacto pareciera que se convierte en verdad. Además, así como hay nuevas formas de explorar y conocer el pasado, también hay nuevos artificios para tergiversarlo. De ahí que no puedo estar en desacuerdo con Jean Paul Sartre cuando sostiene que "incluso el pasado puede modificarse; los historiadores no paran de demostrarlo”.


Fernando Salazar Paredes es abogado internacionalista.
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