La Paz, Bolivia

Domingo 24 de Septiembre | 19:07 hs

Recuerde explorar nuestro archivo de noticias
Precisiones

Brasil y nuestro “apresurado” accionar externo

Brasil y nuestro “apresurado” accionar externo
El manejo de las relaciones exteriores de un país es un asunto muy delicado. Debe trascender el interés coyuntural del gobernante de turno. El país es permanente, los gobiernos son pasajeros.
 
Consecuentemente, quienes conducen el relacionamiento externo deben tomar en cuenta los intereses permanentes del país en su conjunto no sólo de ahora, sino con una razonable visión de futuro.

Existe, desde hace tiempo, una constante en la actual política exterior que puede resumirse en una pasión autodestructiva que emerge de la agresividad con que se maneja el relacionamiento para con ciertos países y la dócil sumisión para con otros.

Toda acción de política exterior, especialmente aquellas que tienen origen en una declaración presidencial, tienen consecuencias. De ahí que, en función de los altos intereses del país, la palabra presidencial debe reflejar sindéresis, sensatez, cordura y, sobre todo, discreción, sin hacer alardes innecesarios que después, obligarán a recular.

La tendencia impulsivamente pendenciera que exhibe nuestra política exterior está orientada, consiente o inconscientemente, a una autodestrucción perjudicial para con los intereses del país.  En política internacional hay reglas de juego objetivizadas en tratados, convenciones y convenios. No podemos pretender estar por encima de ellos.  No somos todopoderosos, de ahí que toda acción que se toma, basada en esa ilusoria noción de que somos el ombligo del mundo, tendrá una reacción a la corta o a la larga.

Todos los países limítrofes son indiscutiblemente importantes para nuestra política exterior. Estamos unidos con ellos geográfica, geopolítica y geoeconómicamente. Ergo, nuestra política exterior debe privilegiar la relación con ellos.

Brasil, sin embargo, se diferencia de los demás países limítrofes porque nuestra área fronteriza común supera los 3.400 kilómetros.  Este elemento -el de una colindancia geográfica colosal- convierte al Brasil en un vecino de primera importancia con el que, además, gravitan otros componentes significativos de orden económico. 

Desafortunadamente, las relaciones de Bolivia y Brasil se han vuelto a tensionar, por un asunto de política interna de ese país que ha repercutido mas allá de sus fronteras. Podemos estar o no estar de acuerdo -yo no lo estoy- con el proceso de impeachment que acaba de separar a la Presidenta elegida constitucionalmente, pero debemos convenir que éste es un recurso constitucional interno del Brasil, plenamente vigente, nos guste o no. De ahí que calificarlo de "golpe”, quiérase o no, es una exageración que el expresidente de Uruguay Julio María Sanguinetti ha calificado como una "grosería intelectual”

Somos extremadamente celosos cuando algún país, a través de sus representantes, osa opinar sobre nuestra política interior y, de inmediato, condenamos esa intromisión en nuestros asuntos internos; curiosamente, no vacilamos en dar calificativos severos,  cuando suceden actos de incumbencia endógena en otros países y que no son de nuestro agrado. Esto es lo que está ocurriendo con Brasil que, ahora, nos ha contestado ásperamente.

En diplomacia, las señales tienen su peso, sin lugar a dudas.  El convocar a un embajador, en efecto, no necesariamente implica su retiro, pero es una señal que denota desacuerdo con el acto que lo originó y, si esa señal, viene aderezada con adjetivos calificativos y de boca de un Jefe de Estado, entonces se está enviando un mensaje que más temprano que tarde tendrá una réplica.

 Poner en riesgo nuestro relacionamiento con un importante vecino del cual dependemos en cierta medida en nuestros ingresos económicos, es -por decir lo menos- actuar apresuradamente.

 La política exterior se la piensa con el corazón, con el hígado o con la cabeza.  Cuando se piensa con el corazón nos exponemos a posibles desengaños;  cuando se lo hace con el hígado -algunos consideran que eso pasa con Brasil- nos podemos perjudicar a nosotros mismos.

 El canciller Choquehuanca ha intentado, como siempre, un oportuno sana-sana después de que se lanzó el dardo y piensa, con algún grado de ingenuidad, que no debemos ser pesimistas. Distanciándose ostensivamente de la opinión presidencial expresó que él "no es quien para juzgar” que se haya destituido a Dilma Rousseff.

 Hace falta una política exterior acertada con Brasil que manifieste inteligencia, sentido común, un sereno criterio político, sindéresis y discreción. Si a ello añadimos consecuencia política, entonces estaríamos frente a una política exterior ideal.  Pero eso ya es mucho pedir...

Fernando Salazar Paredes es abogado internacionalista.
103
3
Comentarios

También te puede interesar: