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Fernando Salazar Paredes
La cuestión en debate

Interés nacional, política exterior barroca y diplomacia troglodita

Interés nacional, política exterior barroca y diplomacia troglodita
 La diplomacia es el principal instrumento para ejecutar una política exterior. Es la destreza en la persuasión y la disuasión; es, en un último análisis, el arte de restringir el ejercicio del poder de otro Estado.

 Como instrumento, la diplomacia tiende a perseguir objetivos previamente fijados por una política exterior destinada a preservar, proteger y defender los objetivos e intereses nacionales. Por lo general, los objetivos de un Estado se encuentran sintetizados en el concepto de interés nacional. 

 Desde su inicio, la política exterior plurinacional se caracteriza por su irregularidad, discontinuidad y altibajos injustificados. Se sustenta en razonamientos artificiales y artificiosos; es pretenciosa y estridente en el discurso que, a la vez, es confuso en sus objetivos, y extravagante en sus definiciones y principios. Su ejecución se caracteriza por el uso del artificio y se basa en el capricho. De ahí que permanentemente gira en sí misma, formando circunloquios.

 Otra particularidad es el alto contenido ideológico que sólo tiene parangón con la falta de profesionalismo de sus operadores. Esto último tiene por resultado una falta de lectura internacional en la definición de los temas de interés nacional. Los objetivos concretos son suplantados por objetivos globales en grado superlativo y con ciertos mitos que poco tienen que ver con las relaciones internacionales, y que, generalmente, contrastan con su accionar interno.
 
El resultado final es un creciente aislamiento del país en el concierto internacional.

 Dentro de este sombrío panorama hay dos aspectos que ameritan tomarse en cuenta: la cuestión marítima y la relación con  Estados Unidos.

 Más que producto de una política exterior elaborada, sino de una sutil movida de política interna, se planteó la demanda ante la Corte Internacional, que ha tenido como resultado la inserción del tema en el imaginario continental y global. La demanda busca obligar a Chile a dialogar para, de alguna manera, conseguir una salida soberana al Pacífico. Contradictoriamente, sin embargo, existe una campaña de hostigamiento a nuestro vecino, que ha sido respondida desproporcionada y ladinamente, lo cual, en el caso que la CIJ nos diera la razón, hará muy difícil establecer ese diálogo dadas las condiciones extremadamente confrontacionales que se han implantado.

 La relación de Bolivia con   Estados Unidos siempre fue vertical y, en ocasiones, de franca intromisión, pues siempre dictaba unilateralmente la agenda de relacionamiento. El gobierno plurinacional modificó ese estado de cosas y la relación es ahora más horizontal, aunque sin visos de que se normalice en función del interés nacional.

 Los actuales diplomáticos, salvo muy pocas excepciones, se han caracterizado no sólo por la improvisación sistemática sino por un trogloditismo en el desempeño de sus funciones. En lo bilateral basta señalar que a Chile se envió a militares expertos en confrontación para realizar tareas de negociación. O a  Perú, donde uno de nuestros embajadores fue amonestado públicamente por el Canciller peruano sin que nuestra Cancillería diga nada. En lo multilateral, se podría admitir que en la ONU se nombró personal relativamente capaz, pero en la OEA los representantes han sido sistemáticamente un fiasco.

 No se puede poner en una misma canasta el accionar de estos dos representantes. Son personas muy diferentes y las temáticas son distintas. Ambos, sin embargo, ex post facto trataron de justificar su accionar en dichos organismos. Cuando se está seguro y convencido de sus acciones, no es necesario justificarlas, mucho menos con argumentos frívolos. Eso sí, esas acciones son señales para la comunidad internacional y, obviamente, podrán ser de utilidad para fines de política interna.
 Las señales en política internacional son importantes y tienen sus efectos, generalmente a mediano plazo. En política internacional no hay amigos  ni enemigos, hay intereses. Hay países cuyo accionar internacional es determinante; para otros su accionar es retórico y poco incide en la política internacional, entendida ésta como la interrelación de políticas exteriores.

 Una cosa es el ámbito de la OEA con 35 interlocutores y otro es la ONU con 193.  En el primero se tratan temas regionales, en el segundo globales. En ambos casos, no obstante, el poder y la capacidad de influencia son determinantes. No sin motivo se sostiene que el concepto de interés está definido en términos de poder.

 El representante en la OEA ha dado una perjudicial señal de ignorancia, temor, improvisación y autoritarismo en el momento de asumir sus funciones. Ignorancia es desconocimiento de los reglamentos. Frente a un problema delicado y complicado, aparentemente, le venció el miedo e improvisó un autoritario subterfugio para evadir la reunión. Un representante con oficio diplomático hubiera presidido la reunión y hasta habría morigerado el contenido de la resolución o, inclusive, la habría postergado antes de la votación. El actual, carente de habilidad diplomática, prefirió optar por la vía del desastre y condenó, con su exabrupto, su presidencia a tres meses de poca eficacia y nula credibilidad. Para tratar de recuperar el prestigio perdido, tuvo que ser el Canciller quien retome la presidencia pro tempore del Consejo Permanente (situación por demás extraña), acción que desacreditó aún más al representante boliviano frente a sus pares. La señal que se dio fue totalmente negativa para los intereses del país.

 Bolivia es miembro no permanente del Consejo de Seguridad gracias a gestiones diplomáticas realizadas entre 2003 y 2004 en las que se intercambiaron votos con ese propósito. No es un logro de este Gobierno, como se ha dado a entender. La realidad demuestra que los miembros no permanentes son prácticamente figuras decorativas; para tener relevancia hay que tener voz, voto y veto. La posición del representante boliviano estuvo preparada y reflejaba algo que caracteriza a la política exterior actual: una abultada posición ideológica, quizás principista, pero absolutamente sesgada al hacer abstracción de las atrocidades cometidas por el Gobierno sirio.
 Más temprano que tarde esta desbalanceada posición tendrá repercusión en el ámbito internacional, con consecuencias que, seguramente, afectarán negativamente al interés nacional.
 
Otra cosa hubiera sido que el representante boliviano prepare, con la misma diligencia, una argumentación en el Consejo de Seguridad que coadyuve los esfuerzos nacionales en retornar al Pacífico.

 ¿Cuál es la relevancia de la posición adoptada por nuestro representante? Está en estrecha relación con el grado de poder que Bolivia ostenta en el ámbito global y su escasa capacidad de incidir en problemas de seguridad internacional. Es oportuno y pertinente rescatar lo que Eduardo Gamarra, prestigioso e influyente académico boliviano en la Universidad Internacional de Florida, decía hace algún tiempo: "Bolivia es muy importante para nosotros pero, francamente, Bolivia no es importante para nadie. Bolivia podría desaparecer mañana y esto no tendría ningún significado internacional (…) quizás tiene un posicionamiento estratégico y la promesa del gas, pero me parece -y creo que es un peligro-   que en Bolivia nos demos esa importancia que, básicamente, en un mundo globalizado como éste, no existe”. Está claro que en la ONU se priorizó la ideología al interés nacional y sus consecuencias están por verse. Conclusión: Una política exterior barroca y una diplomacia troglodita son una afrenta a los intereses nacionales permanentes.


Fernando Salazar Paredes / es abogado internacionalista. Fue Representante Permanente de Bolivia ante la OEA y la ONU. Fue autor y negociador de la Resolución de la OEA de 1983 sobre el problema marítimo, la única que fue acompañada por Chile y que es una de las bases de la demanda ante la CIJ.
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