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China: la nueva hegemonía

China: la nueva hegemonía
 ¿Resulta siempre odiosa cualquier comparación? Todo el tiempo estamos comparándonos con los demás, ya sea los grandes éxitos alcanzados o lo poco que tenemos, para después felicitarnos en silencio cuando creemos haber encarnado la envidia de aquellos que nos rodean. La comparación puede convertirse en una cárcel de la cual no pueden escapar los que se consideran fracasados, porque el hecho de comparar aplasta de alguna forma el ego, inhabilitándolo cuando todo lo que se hace tiende a reflejarse exclusivamente en función de aquel otro, idealizado como triunfador.

 Sin embargo, la comparación representa también un método para mirar más allá de nuestras narices, dejar de contemplar nuestro ombligo como un infante narcisista que erróneamente cree ser el centro del mundo. Mirar más allá del horizonte es lo que impulsa la ambición, al mismo tiempo que obliga el cambio y mejoramiento permanentes.

 Cambio, ambición sabiendo lo que se quiere y perfeccionamiento del conocimiento es lo que caracteriza al predominio de China en el mercado mundial de zapatos deportivos, electrodomésticos, ropa, automóviles y el impresionante despegue que logró sacar a 200 millones de personas de la pobreza hasta llegar a una prosperidad sin precedentes. China creció económicamente cerca del 10% anual en los últimos 20 años, sobre todo desde el comienzo de las reformas introducidas en 1978. Hoy día, el ingreso personal de la mayoría de sus habitantes es cinco veces más alto que en 1980. 

 El país más poblado del mundo no solamente está derrotando la miseria, sino que también representa la transición económica más exitosa de un régimen comunista hacia la economía de mercado, hábil amalgama entre partido único, ausencia de democracia representativa y beneficios capitalistas.

 Si se comparan los resultados económicos obtenidos por América Latina, los países de Europa del Este y China, puede observarse que ésta representa la verdadera nueva hegemonía después de la caída del Muro de Berlín y la desaparición histórica del poder soviético. China fomentó una transformación en el que  no importaron para nada discusiones bizantinas sobre la "tercera vía” socialdemócrata, ni tampoco el mantenimiento indiscutible del poder estatal sobre la economía.

 A comienzos del siglo XXI, el Banco Mundial considera que tan sólo un tercio de la estructura económica está bajo el control gubernamental, además de haber impulsado un extenso proceso de descentralización en villas rurales que permitió liberalizar los mercados agropecuarios, posibilitando que más del 90% de las familias campesinas tenga acceso a educación básica de calidad, posean televisión y produzcan localmente maquinarias para aumentar su eficiencia.

 Quienes en América Latina todavía cuestionan la validez de la economía de mercado tratan de comparar los viejos indicadores de crecimiento durante el auge del modelo de sustitución de importaciones con los lentos y desastrosos resultados de hoy día. No ven el futuro, sino que se enceldan en una angustia con el pasado, cultivan viejas prácticas como el caudillismo y patrimonialismo, reclamando democracia, pero reproduciendo después desigualdad e incertidumbre sobre el futuro.

 China es todo lo contrario, no reventó por dentro como la Unión Soviética, pero tampoco sacrificó el bienestar de su población en función de principios ideológicos marxistas o maoístas.
 
La nueva hegemonía china se fortificó, comparando sus potenciales con lo conseguido por países más pequeños, pero igualmente eficientes y atrevidos como Malasia, Corea del Sur y Japón.

China nunca tuvo en cuenta a Europa del Este como modelo de transición, se mantuvo autoritaria en 1990, cuando los tanques aplastaron las demandas universitarias por una democracia multipartidista y, finalmente, desarrolló su propio proyecto que liberalizó la economía a través de zonas estratégicas como Shanghai, donde cada día se mueven más de mil millones de dólares en el mercado de valores.

 Analistas en Washington DC miran a China con vigilante recelo porque después de los Estados Unidos es el país con similar número de efectivos militares, infraestructura y tecnología para la guerra. Voceros del Departamento de Estado declararon que la bomba atómica obtenida por Pakistán era tecnología china, dejando ver que la hegemonía china en lo económico y militar es una incursión amenazante.

China todavía no se declara públicamente como nueva hegemonía. Sus líderes afirman que el reto inmediato es mantener el ritmo de transformaciones colosales, financiar la seguridad social para la tercera edad, reducir los desastres ecológicos y arrancar a otros 270 millones de la pobreza que aún subsisten con un dólar al día. China es un seductor caso de desarrollo que va consolidando su poder donde otros continentes como América Latina y África no tienen ninguna participación.


Franco Gamboa Rocabado es sociólogo político, catedrático de ciencias políticas de la Universidad Mayor de San Andrés.
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