La Paz, Bolivia

Martes 22 de Agosto | 22:16 hs

Recuerde explorar nuestro archivo de noticias
Gonzalo Chávez A.
Raíces y antenas

Crisis, alfombras voladoras y escritorios de Pachá

Crisis, alfombras voladoras y escritorios de Pachá
    En este último tiempo está en la mesa del debate nacional si en Bolivia estamos o no en una crisis económica. Desde las alfombras voladoras del poder se sostiene que vamos muy bien gracias al nuevo modelo de desarrollo económico en curso, que es blindado, sanforizado, vacunado y a prueba de malas aguas. 

Opinadores ponzoñosos y opositores vendepatrias sostienen lo contrario. ¿A quién creerle? Antes de resolver este dilema, sería pertinente verificar si todos tienen la misma definición de crisis, más aún sería muy ilustrativo  saber si la situación económica, en controversia, es diagnosticada  por sus síntomas  o consecuencias, o ambas cosas. Vamos por partes, como sugiere el descuartizador persa, siguiendo la onda de los recién descubiertos lujitos neorrevolucionarios. Una manera de definir crisis sería decir que la economía está decreciendo en - 10%, la inflación es de dos dígitos, la balanza de pagos es deficitaria en varios miles de millones de dólares, y el Estado está quebrado. Como se habrán dado cuenta, acabamos de describir la Venezuela de hoy, y el año 1984 de la economía  boliviana, cuando se  registraron indicadores similares a los mencionados. Utilizando una analogía médica, este es el caso de la enfermedad desarrollada en su fase grave o terminal. Por supuesto, y felizmente,  esta no es la situación actual de Bolivia. Pero, siempre es bueno recordar que  una crisis no comienza cuando uno está al borde de la tumba, listo para estirar los Manacos. Y espero  que la afición decorativa persa no los lleve a adoptar un viejo proverbio que dice: "Bendita la muerte cuando viene después del buen vivir”.  
 
    Todo problema económico, como de salud, comienza con síntomas de todo tipo y a veces difíciles de interpretar. Algunos indicadores pueden estar bien, como es caso del producto interno bruto (PIB o riqueza producida en un año por un país), que aún crece en torno del 4,5%, pero a un menor valor que en el pasado, o la tasa de inflación que aún está baja.
 
Pero, sin duda, hay otros indicadores  económicos tremendamente preocupantes. Las exportaciones bolivianas, producto de la caída de los precios de las materias primas, han bajado en más de 4.000 millones de dólares en el 2015 y en el año que ya termina, 2016, es muy probable que también perdamos similar valor. Aquí no hay duda que estamos frente a una crisis en la cuenta corriente de gran envergadura, que ya representa el 6% del PIB, y sin decir Jesús. La economía no está blindada y el propio gobierno lo reconoce porque para enfrentar los problemas externos, viene adoptando una terapia de sustentación de la demanda interna vía aumento de la inversión pública, pagos de bonos, promoción de la inversión privada y otros instrumentos. Aquí el diagnóstico de los galenos oficialistas es que esta crisis será pasajera, hay que aguantar quemando ahorros internos, endeudándonos como jeques árabes y rezando a San Mercado para que los precios del gas natural y los minerales vuelvan a subir.
 
En efecto, estamos perdiendo reservas internacionales del Banco Central de Bolivia (BCB) a una razón de 200 millones de dólares por mes y desde el 2015 hemos bajado de algo como 15.000 millones de verdes a 10.800 millones de dólares estas semanas. La pérdida de reservas puede llevar a una crisis de credibilidad en la política monetaria. ¿Cuál es el nivel mínimo de reservas que el BCB debe mantener para que la gente crea que se mantendrá el tipo de cambio fijo, por ejemplo? ¿7.000, 8.000? ¡Señores, hagan sus apuestas! La fuerte inversión y gasto público también es sustentado por un déficit público en ascenso (gastos mayores que ingresos). El hueco fiscal, hace dos años, está cercano a 6% del PIB. Los ingresos de los gobiernos locales han bajado significativamente, gobernaciones y municipios están con problemas en los gastos. Aquí claramente existen otro claro síntoma de crisis  fiscal y de financiamiento a nivel regional. Asimismo, debido al tipo de cambio real apreciado, sectores exportadores no tradicionales han perdido competitividad y la industria nacional está ahogada por costos laborales y competencia, leal y desleal, de importaciones baratas de los países vecinos. Estamos importando inflación baja, sacrificando la producción nacional. Aquí hay otro foco de crisis en el sector real. Por lo tanto, hay que distinguir entre la sintomatología de varios tipos de crisis y exactamente lo que es el desarrollo de la enfermedad. Al parecer, los nuevos Pachas del árbol del poder sólo reconocerán los problemas de la economía boliviana cuando el paciente entre en terapia intensiva.
 
¿Frente a estas diversas crisis, qué hacer? ¿Seguir exigiendo que el avión de la economía boliviana se mantenga en alturas donde hay demasiada tormenta, forzando las turbinas peligrosamente, quemando combustible de reserva finito  rápidamente?  Lo que podría llevarnos a un hard landing o aterrizaje duro, inclusive a un colapso. ¿O propiciar una desaceleración negociada e inteligente del crecimiento, hacer los ajustes fiscales, monetarios, cambiarios que sean necesarios? Así propiciar un soft land, un aterrizaje suave que haga que la economía crezca los próximos dos o tres años alrededor de 3%, por supuesto, esperando que los precios de las materias primas suban nuevamente para recuperar el oxígeno económico que no tenemos en la actualidad y paralelamente, de una vez por todas, impulsar una verdadera diversificación productiva.  Para esto, lo primero que deben hacer los dueños del poder es retirarse de frente del espejo, dejar las ínfulas de Sultán y sería bueno decorar las nuevas oficinas c on unos pullos hechos en Curva y comprarse un escritorio tallado con monolitos en la calle Murillo, así continuar fomentado la demanda interna y recuperar look revolucionario.

Gonzalo Chávez es economista.
376
18

También te puede interesar: