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Gonzalo Chávez A.
Raíces y antenas

Un tiro en el pie: desvalorización del capital humano

Un tiro en el pie: desvalorización del capital humano
Una de las características más preocupantes del imaginario político construido en los últimos 10 años es la fuerte y sistemática desvalorización del capital humano. Este es un tiro en el pie.
 Un discurso político muy común, que pregona el populismo, es que para llegar a la cima del poder no son necesarios el estudio, el sistema, los libros o los diplomas. Esta prédica mengua la conexión que debe existir entre ciencia de la administración pública y la política como acción ciudadana. 

 En esta perspectiva, la mentira, la angurria de poder, la viveza criolla y la capacidad de manipular la entelequia pueblo serían suficiente para gobernar. Así, para realizar cambios y conducir la nave del Estado se requieren militantes leales y plenamente identificados con la línea ideológica, antes que técnicos o profesionales. 
 
 Con esta visión, entre voluntarista e irresponsable, en Bolivia se tomó buena parte del aparato gubernamental central y muchas empresas estales. Militantes o líderes de las organizaciones sociales sin experiencia ni preparación controlan instituciones, con raras excepciones, como en el área económica, donde ciertos técnicos, algunos reciclados de anteriores gobiernos, tuvieron que jurar frente al altar del proceso de cambio para poder realizar su trabajo.
 
 La ocupación por parte grupos corporativos y seguidores políticos fue intensa, en especial en mandos intermedios del Estado. Conceptos como eficiencia, eficacia, productividad o competitividad fueron barridos del lenguaje oficial y convertidos en sinónimos del andamiaje teórico  y práctico neoliberal, y reemplazados por voluntarismo desenfrenado. En la mayoría de los casos, la práctica en el sector público se volvió improvisada y a veces temeraria.
 
 En la epopeya oficialista, el voluntarismo y la ciega lealtad política, en algunos casos compensarían la falta de formación y experiencia. Los ejemplos son varios: contadores a cargo de la energía nuclear, abogados responsables del medio ambiente, expolicías gerentando servicios públicos, bachilleres en decisiones estratégicas, para mencionar sólo algunos de los casos. 
 
 Todo indica que esta manera de gestión pública "funcionó” en cuanto las instituciones nadaban en recursos financieros. Se dice que hasta la pobreza es llevadera cuando hay dinero. Las ineficiencias, la debilidad técnica y en ciertos casos hasta la corrupción estaban tapadas con proyectos millonarios y la fiesta del consumo. Piense en el caso del Fondo Indígena. 
 
 Así mismo, en el subtexto del discurso se hacia apología del trabador madrugador e incansable que vencería a la ciencia de la gestión pública. Apabullados por la propaganda, nunca nos preguntamos ¿por qué nuestros líderes tienen que trabajar más del doble que sus equivalentes en otros países, aunque los desafíos y el trabajo son similares? ¿Problemas de productividad?, ¿modelo de gestión más eficientes? o ¿diferencias en la calidad institucional? ¿Todo lo anterior, simultáneamente? Aquí se prefirió construir el mito del súperhombre, en vez del emprendedor efectivo y eficiente. El héroe que se sacrifica y no el funcionario público que cumple.  
 
  El modelo político populista necesita del caudillo único e irreemplazable y no del líder que construye equipo e inspira. Es el reino del Yo soy el Estado y para siempre. Sin el cacique no hay revolución, por eso la desesperación de rerereelegirlo. 
 
 La construcción de estos mitos y el desprecio de la preparación académica no son un monopolio de la política boliviana, Lula y otros líderes en el mundo también intentaron probar, sin mucho éxito, que sólo la sagacidad política -originada en el mundo sindical, por ejemplo-  era suficiente para conducir la nave del Estado. En la construcción del culto a la personalidad se pregona que la ciencia del poder se la aprende en las calles, barricadas o las empresas reales y no en la universidad. 
 
 Este tipo de liderazgos mesiánicos también  son romantizados en el mundo de los negocios. Se afirma que Steve Job o Bill Gates son la prueba de que el olfato y la inteligencia natural son suficientes para construir un imperio económico. En la dimensión del mito, estos líderes trabajan solos, son los Midas contemporáneos. Pero en la realidad de los hechos, estos emprendedores  son lo suficientemente inteligentes  para rodearse de la más sofisticada capacidad técnica que  la persuasión puede movilizar o el dinero pueda comprar. El garaje de Job estaba repleto de los ingenieros electrónicos y de sistemas de altísimo nivel. En el grupo de ministros y asesores de líderes como Mandela estaban los profesionales más sofisticados de Sudáfrica, tan sólo para colocar dos ejemplos. 
 
 En el país también se buscó construir el mito, pero  se descuidó peligrosamente los equipos técnicos. La revolución se rodeó de ineptos, como fue reconocido en el dramático caso de EPSAS que, al parecer, no es la excepción sino la regla en varias instituciones y empresas públicas.  Y, lo que es peor, en algunos casos la carencia de capital humano, el nepotismo y la debilidad institucional se descubrió de manera dramática, y a costo de vidas. 
 
 Aquí no se pretende desvalorizar los liderazgos populares y la política como un derecho ciudadano inalienable de cualquier persona, que siempre existirán, pero la idea es llamar la atención para la necesidad de buscar un equilibrio en la conducción de la nave del Estado. La gestión pública requiere de especialistas, de profesionales, de técnicos de todas las ramas, que ciertamente existen en el aparato nacional y en el mercado laboral boliviano.
 
 Estudiar, prepararse en las mejores universidades de Bolivia y el mundo debe ser también una forma de hacer política y participar de la gestión estatal, sea como parte de un servicio civil de largo plazo o como en los niveles estratégico-políticos.    
 
 Este es mi último artículo del 2016. Por el momento, ya dije todo lo que tenía que decir. Hago un alto en el camino hasta el año que viene. Felices fiestas y duchas deliciosas para el 2017.

Gonzalo Chávez A. es economista.
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