La Paz, Bolivia

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Gonzalo Chávez A.
Raíces y antenas

¿Quién despertó a Prometeo?

¿Quién despertó a Prometeo?
Una vez más, el espejo inmóvil de la muerte entra al escenario nacional para reflejar la miseria de la política y la intolerancia. La razón se rinde frente a la estupidez;  el dolor ajeno se convierte en estrategia de la cachaña vulgar. Todo es antiguo bajo el sol. Los discursos, los pretextos, los odios; tus muertos y mis muertos; la catarsis colectiva del espanto que nos durará algunas semanas, pero que el espectáculo de la noticia se encargará de borrar el disco duro del día a día. Héroes anónimos y conocidos se pondrán a punto para entrar en la biblioteca del olvido. A lo máximo aspirarán a ser nombre de calle, pero poblarán de soledad a sus familias. Los juramentos de justicia serán acribillados en los laberintos de la incompetencia burocrática y corrupta. La sed de venganza se acomodará en el sofá más cómodo del corazón resentido. Y al final de la línea de la tristeza, los guerreros del poder enfundarán sus rojas espadas hasta la próxima estación de la violencia. Obviamente se construirá una luminosa galería de culpables para pavimentar el camino del "olvido que seremos”, el alma nacional desgarrada se lamerá las viejas heridas y la sociedad de los socorros mutuos volverá a acomodarse, porque está enraizada en el modelo rentista fomentado con primor desde el nuevo bloque histórico del poder.
 
Las muertes y la violencia de esta fatídica semana no son un accidente de la historia ni fruto de conspiraciones externas o alienígenas. Es la peor cara de un divorcio, de una unión que nunca estuvo basada en el amor, sino que estaba sembrada en el pantano de los intereses. Esta vez rompieron los cooperativistas mineros y el Gobierno, pero puede ocurrir con cualquier otro grupo corporativo que participó del presterío del consumo. Pasando de la indignación al análisis, partamos de dos preguntas:  ¿estos son hechos aislados o más bien revelan una profunda crisis del modelo rentista? ¿Es la crisis de un modelo de gobernabilidad clientelar que apuesta a la gestión de rentas económicas y control político de corporaciones?
 
A mediados de los  80, con la recuperación de la democracia, los partidos políticos eran los instrumentos de mediación y comunicación entre los intereses de la sociedad y el Estado. Éstos, durante más de 20 años, a través de diferentes pactos políticos, consiguieron ciertos grados de gobernabilidad que permitieron equilibrios políticos y la implementación del modelo neoliberal.
 
El derrumbe de este sistema comenzó cuando los partidos políticos tradicionales se alejaron de la sociedad y convirtieron al Estado en un espacio de arreglos espurios y clientelares, que sólo reflejaban intereses de ciertas élites políticas y económicas.
 
La ruptura entre la sociedad y los partidos políticos llevó a una crisis grave de gobernabilidad,  que posteriormente se convirtió en una crisis estatal y económica. Las luchas intestinas entre caudillos, un modelo económico que no atendía las necesidades de la gente, un Estado que subastaba privilegios entre grupos económicos y un descrédito profundo de la clase política produjo la desaparición de este sistema.
 
A partir de 2006, la sociedad boliviana votó por una alternativa política que prometía un nuevo sistema de gobernabilidad y gestión del excedente económico. Los intereses de la sociedad se aglutinaron en movimientos sociales. La voz política se legitimaba a través de sindicatos, confederaciones, comités regionales, agremiaciones, juntas vecinales, entre otros. La mediación entre sociedad y Estado pasaba por estos grupos corporativos.
 
El poder político del MAS se sustentaba en un pacto entre diferentes corporaciones, conocidas como el Pacto de Unidad, que en un principio tenía una doble referencia aglutinadora: por un lado, los grandes temas nacionales como la nacionalización de los hidrocarburos  o la elaboración de una nueva Constitución Política del Estado; y por otro, la garantía de la repartija de las rentas económicas bajo control del Estado. Piense en los cocaleros, que están liberados de pagar impuestos; en ciertos gremios de comerciantes que se benefician de un tipo de cambio real apreciado; o en los cooperativistas mineros, que prácticamente tomaron el control de la explotación minera con impuestos muy bajos.
 
En el discurso oficialista, fuertemente inspirando en Antonio Gramsci, se buscaba la construcción de un nuevo bloque histórico que desmontaría el neocolonialismo y neoliberalismo, pero en la práctica, la historia se repitió: se crearon clientelas políticas a cambio de privilegios económicos. La nueva dirección ideológica de la sociedad es un espejismo, la nueva hegemonía es apenas un arreglo de negocios. Adam Smith derrotó a Gramsci.  
 
Con diferentes ritmos, los movimientos sociales colocaron en un segundo plano el horizonte de los intereses nacionales y comenzaron a buscar la materialización del pedacito del paraíso económico ofrecido por el proceso de cambio. Pasó el momento de la poesía jurídica, comenzó el juego bilateral entre las corporaciones y el Estado. El tema se complica porque el maná de los recursos naturales ha llegado a su fin. La plata ya no fluye, las buenas maneras ya no son suficientes para defender los intereses; se dejaron de las poses y se sacaron las espadas. La disputa por la renta que disminuye,  se traslada a las calles, a las dinamitas, a los bloqueos, a las marchas, al grito, al dolor. La disputa por las rentas mineras, cada vez más escasas,  es ahora a puño limpio y hasta la muerte. Cosechamos lo que sembramos y todo con talento propio. Y como de costumbre, el poder  saca a relucir su mejor talento: la victimización, cuando en realidad ha creado muchos Frankensteins. Hoy ha despertado sólo a uno: el Prometeo de las minas. El Prometeo robó el fuego de la revolución y se lo dio a los simples mortales, y ahora deberá pagar por ello. Pero la fila de engendros sociales es larga y avanza.  

Gonzalo Chávez es economista.
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