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Raíces y antenas

La terapia de los espejos

La terapia de los espejos
 
El país necesita una terapia de shock para librarse de la maldición de los recursos naturales, que desde hace más de 500 años nos condena a recolectar de las entrañas de la Pachamama minerales, gas natural y otros productos para sobrevivir. Este patrón de desarrollo, además, ordena un imaginario político bipolar en la sociedad, fomenta el rentismo entre las personas, crea un patrioterismo extremo y fomenta el populismo económico. 
 
Éste se basa en la equivocada idea de que la riqueza se hereda y que, por lo tanto, la política pública debe priorizar la distribución ingreso antes que la creación de valor, generalmente a cargo de un líder mesiánico y paternal.  La sociedad, bajo el espejismo del modelo extractivista  se torna pasiva, controlable y  manipulable porque debe hacer fila frente a las prebendas que el buen Estado o la transnacional de turno distribuyen. 
 
 Para exorcizar el cuerpo económico de los demonios de los recursos naturales y su eterna cantaleta discursiva, recomendaría una terapia a base de espejos.  En efecto, deberíamos colgar miles de cristales en todo el país, gigantes   que reflejen multitudes, medianos que muestren la diversidad de la nación y pequeños que se sintonicen con el alma de los más tímidos. Necesitamos un baño de espejos, bajo la siguiente consigna: "Lo mejor que tenemos en el país somos nosotros”, o si quieren de una manera más genérica, nuestro capital humano. 
 
 Lamentablemente, en una economía extractivista como la nuestra los espejos sólo se cuelgan en los laberintos del poder, donde los dueños coyunturales de éste se miran, embobados, a la espera de que su reflejo les diga lo maravillosos que son.  Son los sempiternos narcisos de la economía y política, que confunde realidad con ideología, hechos con consignas y propagandas. Pero cuando la economía depende demasiado de los recursos naturales,  la autoestima de la gente se va al suelo, porque se depende de las dádivas del papá Estado, que adquieren muchas formas: subsidios, bonos, transferencias. Cuantos estos recursos están bajo control de las transnacionales, la mano se extiende para recibir algunos espejitos y bisuterías. 
 
 El conocimiento tradicional sostiene que la producción de bienes y servicios es resultado de la combinación de recursos naturales, máquinas y capital humano. El modelo extractivista sobreenfatiza la importancia del primer factor de producción. Aquí sostenemos que la creación de riqueza y desarrollo están en el capital humano, especialmente ahora que vivimos la cuarta revolución industrial basada en el cambio tecnológico.  El capital humano es fuente inagotable de los recursos más poderosos que se conocen: las ideas. El crecimiento económico y el desarrollo sostenible dependen de la producción de ideas y de conocimiento colectivo; es decir, las ideas en red. Aquí seguimos a economistas como Paul Romer, Xavier Sala-i-Martin y Ricardo Hausmann. 
 
 Los productos y los servicios, y la distribución de éstos pueden ser vistos como conglomerados de ideas. ¿Cuántas ideas se necesitarán para extraer minerales y cuántas nuevas ideas para hacer un teléfono inteligente? En el primer caso pocas. Por ejemplo: cómo buscar minerales, extraerlos, limpiarlos, almacenarlos, transportarlos.  En realidad, ésta es una actividad propia de sociedades recolectoras que usan algunas decenas de ideas, lo que corresponde a un nivel de desarrollo tecnológico.   Algo similar  ocurre con la extracción de petróleo o gas natural, aunque en este sector se necesitan ideas más sofisticadas para encontrar hidrocarburos. 
 
En el caso de un teléfono inteligente, éste también es una condensación de ideas  para sacar fotos y grabar videos, hacer llamadas, escuchar música, leer revistas y libros, ver la predicción del tiempo, pedir un taxi, subir y ver videos, enviar mensajes y comunicarse, jugar, calcular, hacer citas de amor, manejar una agenda y un largo etcétera.   Centenas de ideas que valen mucho más que un pequeño pedazo de litio, plástico, cobre, vidrio o aluminio. 
 
Si sumamos los costos de todos estos materiales de un celular no pasarían de 20 dólares, pero cuando éste va al mercado cuesta 1.000 verdes. La diferencia es el valor de las ideas.  Hay economías que saben hacer teléfonos y otras que extraen piedras de la tierra; detrás de ello hay un conocimiento colectivo, un nivel tecnológico. 
 
Para Romer, la gran virtud de las ideas es que son bienes no rivales. Una calamina o un celular son bienes rivales o excluyentes, sólo pueden ser usados por una persona, para techar su casa o comunicarse con sus amigos. La idea de cómo elaborar una calamina o hacer un celular es un conocimiento tecnológico que puede ser usado simultáneamente por muchas empresas y personas al mismo tiempo; por lo tanto, es un bien no rival que genera rendimientos crecientes de escala y desarrollo sostenible.  Además,  las ideas son acumulaciones históricas que se fueron creando, reinventando, transmitiendo y almacenando con el tiempo. Isaac Newton reconoció que descubrir la ley de la gravitación universal  fue fácil. "Yo pude ver más lejos que los demás porque estaba de pie en hombros de gigantes”, afirmó. Muchos filósofos y astrónomos habían hecho muchos descubrimientos en los que se basó Newton. 
 
 Entonces, el elemento central de una economía contemporánea es el capital humano y su capacidad de generar nuevas ideas, que actuando en red se convierten en saber colectivo. ¿Qué sabemos hacer los bolivianos colectivamente y qué saben elaborar los surcoreanos, por ejemplo? En la respuesta tendrán las diferencias en los grados de desarrollo económico y social entre ambos países.  Por lo tanto, revalorizar el capital humano es centro de un nuevo modelo de desarrollo. Desafortunadamente, en los últimos 11 años se gastó medio plan Marshall a precios de hoy - 60.000  millones dólares - para revivir viejas y cansadas ideas que sólo nos permiten extraer piedras, gases y algunos alimentos.  Por eso aún es tiempo, saquemos los espejos a las calles.
 
Gonzalo Chávez A. es economista.
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