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Raíces y antenas

A mí no me echen la culpa

A mí no me echen la culpa
Existen ciertos bolivianismos que nos retratan de cuerpo presente y alma entera, en especial a nuestros políticos. Veamos las joyas del lenguaje nacional: "Yo no sabía”. Frente a fracasos de políticas públicas, como la escasez del agua o asuntos más peliagudos, como los chiflones de corrupción, sale el santo y señala de la ignorancia sobre el tema. Siempre son los otros, los de abajo,  los culpables. Los dueños del poder ni se enteran.  

También está la gran perla para hacerle el quite a las cosas: "A mí no me echen la culpa”. En este rubro de lavarse las manos el acuerdo entre el Gobierno y la Central Obrera Boliviana es de antología. Transcribo el punto cinco: "Incremento salarial 2017. Se acuerda que el incremento al Salario Mínimo Nacional será del 10,8% hasta llegar a Bs  2.000, a pedido de la COB dejando el Gobierno salvada su responsabilidad en el caso de presentarse efectos negativos sobre el empleo.  En cuanto al Salario Básico Nacional será del 7%. Las características del incremento serán definidas en Decreto Supremo”.
 
  Tres apuntes sobre el sui generis punto del acuerdo. En primer lugar éste es el reconocimiento que existe una conexión entre política salarial y empleo, más aún dado el contexto macroeconómico actual,  los incrementos de salarios por encima de la inflación generarán pérdidas de empleo, por cierre de empresas, reducción de contrataciones o fugas de ciertas unidades productivas al sector informal. Gobierno Poncio Pilatos dixit. 
 
 En segundo lugar, demuestra inconsistencias en las políticas públicas de la administración Morales, la mano izquierda del populismo distributivo no habla con la mano derecha de la oferta productiva. Se adopta y acepta una medida nociva contra las pequeñas y medianas empresas, sector que dicen apoyar.
 
 En tercer lugar, muestra el poder de las corporaciones sociales que le doblan la mano al Gobierno. Recordemos que éste proponía un incremento de 5% sobre el salario básico y 6% para el mínimo. ¿Qué pasó con el poder de negociación del otrora Gobierno fuerte? Además, se evidencia el peso de la política sobre una visión/acción más integral y técnica del desarrollo económico, más aún refleja ingenuidad o (¿frío pragmatismo?)  a la hora de eludir la responsabilidad en la generación de empleos. A mí no me echen la culpa si  a raíz de mi decisión como Estado la gente pierde su trabajo.  
 
 En una perspectiva más macroeconómica, con el incremento salarial el Gobierno insiste en un keynesianismo de guitarreada, éste que piensa que sólo hay que meterle plata a la economía, que esta va a seguir funcionando.  Por el lado de la demanda, según el Gobierno, la gente con más dinero compra más bienes y servicios, sí... pero son productos que vienen de Chile, Perú, Brasil o Estados Unidos. Se reactiva el aparato productivo de los vecinos y las importaciones legales e ilegales aumentan fuertemente. Todo esto gracias a la apreciación del tipo de cambio real (los malos del FMI dice que nuestra moneda tendría un atraso cambiario de cerca al 40%). 
 
 ¿Qué pasa por el lado de la oferta local? Los productores nacionales micros, pequeños y medianos -piense en la manufactura de ropa, por ejemplo- tienen un incremento fuerte de costos laborales que no pueden repasar a los precios de sus productos porque están en mercados muy competitivos y, encima, para pior, enfrentan la competencia desleal del contrabando. Estos sectores no aumentan sus ventas debido al incremento salarial. A los que les va mejor son a los intermediarios, al comercio, sobre todo el informal, sector donde reina la mano invisible de Adam Smith y ni se entera de los aumentos salariales decretados por el gobierno. Aquí trabajan en condiciones muy precarias, el 80% de la población económica activa.  En la Bolivia revolucionaria, Lenin estaba equivocado, no es imperialismo la fase superior del capitalismo, sino la informalidad es la fase superior de este sistema.  
 
En suma, la política del populismo distribucionista  "beneficia” (más bien es un espejismo de riqueza) tan sólo al restante 20% de la población en edad de trabajar y es completamente funcional a la consolidación del modelo primario exportador y comercial. Distribuye las rentas de acuerdo al criterio de lealtad política y no con base en una visión integral del desarrollo, que debería buscar la diversificación productiva y preservación, y creación de empleos dignos y sostenibles. El Gobierno gestiona clientelas y no apoya ni promueve a los productores. ¿Y qué tal hablar de productividad a la hora de aumentar los salarios? Por supuesto, esta es una palabra, disque neoliberal, que está eliminada del diccionario de la revolución.  Aquí es el reino de las rentas y su distribución.
 
  Además, la política salarial del Gobierno no se ha enterado ni de la desaceleración de la economía ni del deterioro de grandes agregados macroeconómicos, a saber: fuerte déficit comercial, un agujero fiscal cercano al 8% del producto, pérdidas de reservas internacionales, incremento del endeudamiento externo, apreciación del tipo de cambio real, entre otros. Confundiendo riqueza con desarrollo, se apuesta a seguir inflando la burbuja de consumo. 
 
A futuro, lo único que queda es realizar masivas movilizaciones para rezar al santo de los recursos naturales y pedirle que suban nuevamente los precios del gas natural y los minerales.  La fiesta del consumo debe continuar. En 11 años nos hemos gastado 60.000 millones de dólares (medio plan Marshall a los precios de hoy) para repetir lo que hicimos en los anteriores 180 años de vida republicana, a saber:  exportar materias primas, engordar el comercio y hacer discursos furibundos.  Así que si las cosas comienzan a salir mal, no funcionan las políticas públicas, será culpa del imperio y sus lacayos.  Además, yo lo dije claramente: A mí no me echen la culpa de las políticas públicas respecto a los salarios, fueron los compañeros de la COB los que se metieron un autogol. En una mano llevarán su victoria pírrica de incremento salarial y en la otra su carta de despido.
 
Gonzalo Chávez A. es economista.
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