La Paz, Bolivia

Lunes 29 de Mayo | 14:52 hs

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Gonzalo Chávez A.
Raíces y antenas

Populismo cambiario y los ratones atletas

Populismo cambiario y los ratones atletas
El Gobierno ha reconocido que el incremento salarial tendrá efectos negativos sobre el empleo, pero también afirma que ésta es una forma de inyectar dinero a la economía e impulsar el aparato productivo, siguen un keynesianismo de guitarreada.  Para este tipo de políticas, también conocidas técnicamente como keynesianismo vulgar, los aumentos salariales y/o el incremento del gasto e inversión pública impulsan el multiplicador del consumo de las familias y del gasto estatal, ambas medidas reactivan la demanda doméstica. 

 La magia funciona de la siguiente manera:  por cada boliviano que el Gobierno introduce a la economía -éste, pasando del bolsillo de las personas a las empresas o de las obras públicas al consumo de insumos, por ejemplo-  terminará generando 30 centavos adicionales. Al final del día, la inyección de un morlaco provocará un impulso en las ventas  que harán crecer la producción en 1,30 bolivianos. Por eso cuando se pregunta ¿cuántos economistas keynesianos hacen falta para cambiar un foco? La respuesta es todos, pues de esta forma se generan empleos, subirá el consumo y la demanda agregada se desplazará a la derecha.  

Así que se alisten las guitarras, se afinen las voces y se descorchen los mejores vinos, que la fiesta del nacional consumismo va a continuar. A voz en cuello y con el coqueto puñito en alto a cantar se dijo: "Luche,  luche y no deje de luchar, por un gobierno obrero y popular”. Al keynesianismo de guitarreada no le preocupa si el uso exagerado de la billetera pública genera déficit (cuando los gastos son mayores que los ingresos). 

En nuestro caso, los datos ya son preocupantes. En el 2014, el déficit público fue de 3,4% del PIB. En el periodo 2015-2016  las cosas se complicaron, el agujero fiscal sobrepasó el 6%. Y en el año que transcurre, el déficit previsto es aún mayor, 7,8% del PIB.  La forma en que se viene financiado la brecha fiscal es a través de pérdidas de ahorro nacional (caída de reservas internacionales del Banco Central de Bolivia) e incremento del endeudamiento externo.  
 
El keynesianismo vulgar supone que aceitando el circuito del consumo, con marmaja fresca, también se recaudarán más impuestos, pero si el grueso de estos recursos va al sector informal, esto es una ficción. 

Debido a los efluvios provocados por la hermandad del canto y la acción del tinto, los impulsores de estas ideas no se percatan (o se hacen a los locos) de que políticas expansivas, como el incremento salarial, en una economía tremendamente abierta y un tipo de cambio real apreciado (los bienes externos son más baratos que los nacionales en el mercado local), evidentemente producen la reactivación del aparato productivo, pero de Perú, Chile o Argentina. El grueso de los nuevos ingresos se gastan en importaciones legales e ilegales, técnicamente, la propensión marginal a importar es muy elevada en Bolivia.

 En 2016, por cada dólar que recibimos por exportación, volvieron a salir 0,85 centavos en importaciones. Por lo tanto, los sectores que más se benefician del mayor circulante son el comercio y los servicios, que en su mayoría están en el sector informal. Evidentemente aquí está el 80% del total de los empleos de la economía nacional, que son de baja calidad (sin seguro social o médico), la mano de obra menos productiva, los ingresos dictados por la ley de la oferta y demanda, y el reino de evasión impositiva. 

El populismo cambiario financia la revolución de la informalidad comercial que -como decía el viejo Marx- vive de la circulación de mercancías antes que de la producción de éstas. Además, en el caso de la economía boliviana, productos más baratos importados de las economías vecinas ayudan a mantener la inflación bajo control, lo que neutraliza el posible efecto inflacionario de las políticas expansivas salarialistas.

 El populismo cambiario garantiza la captura de la renta del comercio financiado con plata pública y también beneficia a sectores no transables, como la banca y la construcción. Los grandes ausentes en la guitarreada son, por supuesto, los productores nacionales que ven incrementados sus costos laborales sin poder traspasarlos a sus precios, debido a la fuerte competencia en el mercado local y del contrabando.  En este modelo no hay generación de valor productivo, que es la base del desarrollo sostenible, y sí la apropiación de rentas financiadas con ahorros públicos.
 
Estamos frente a un efecto riqueza de corto plazo. 

Los otros componentes que gatillan el multiplicador keynesiano son el gasto y la inversión pública. En el primer caso, el aumento del expendio gubernamental corre la misma suerte del incremento salarial: buena parte de este impulso de dinero se chorrea a otros países. En el caso de la inversión pública, concentrada en infraestructura, puede mejorar el efecto derrame de corto plazo sobre el mercado local. Entre tanto, los problemas surgen cuando las inversiones se financian con déficits públicos, hecho que ocurre desde 2014 en Bolivia.

El otro cuestionamiento surge sobre la rentabilidad social y económica de las inversiones públicas. Si estos recursos estatales van ha mejorar la productividad, generan diversificación productiva o son complementarios a la inversión privada, pueden convertirse activos que rinden recursos y benefician a la sociedad. Este no parece ser el caso del país. Cabe recordar que entre 2005 y 2016 la inversión pública total, como porcentaje del PIB, creció a más del doble  (de 6% a 15%); sin embargo, el destino mayoritario de las inversiones públicas genera dudas razonables sobre su rentabilidad ¿o cuál es el beneficio de coliseos donde sólo juegan los ratones? ¿o de aeropuertos donde no llegan aviones? ¿o museos sin gente? ¿o edificios que homenajean a la fealdad? ¿o carreteras que no conectan polos productivos? ¿o plantas petroquímicas sin gas ni mercados?
 
Gonzalo Chávez A. es economista.
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