La Paz, Bolivia

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Gonzalo Chávez A.
Raíces y antenas

El fetichismo oficialista con el PIB

El fetichismo oficialista con el PIB
Los dueños del poder han desarrollado una curioso fetichismo por los resultados del Producto Interno Bruto (PIB).   El fetichismo es una creencia política, económica o sexual que le atribuye a los objetos o conceptos poderes sobrenaturales. El PIB, en su versión de twitter, es el valor de mercados de todos los bienes y servicios finales producidos en una economía durante un periodo de tiempo.  Desde la máquina de propaganda se ametralla a la opinión pública hasta el cansancio:
El Evo economics consiguió un crecimiento promedio del 5% entre 2006 y  2016. Nunca como antes se creció tanto. Por cuarto año consecutivo Bolivia registrará la más alta tasa de incremento del PIB en la región.  Es uno de los estandartes de oro del nuevo modelo económico. El haber alcanzado estos guarismos es una especie de capa mágica que cura todos los males de la sociedad.

  En la cúspide del altar del proceso de cambio está el gran fetiche del PIB, frente al cual todos los devotos de la virgen del  puño izquierdo en alto, los fieles sacerdotes del horizonte de los santos de los últimos días del capitalismo  y otros exegetas de la revolución deliran ante las subidas y bajadas de la cifra encantada. Inclusive los odiados organismos internacionales se postran de cúbito dorsal frente al indicador. La PIBocracia extractivista insiste que desarrollo económico es sólo el crecimiento de esta variable. Casi nunca se habla de otros indicadores, como el bienestar, la salud, la educación, el medio ambiente, la inseguridad, la felicidad, la productividad, las libertades ciudadanas y otras variables que muestran que, en realidad, el desarrollo integral y sostenible es una categoría multidimensional.

  El premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz, recogiendo viejas críticas, sostiene que: "El PIB no es una buena medida de desempeño económico y tampoco es una buena medida de bienestar”, porque no nos dice nada de qué y cómo se produce o quién produce. Si bien el concepto estadístico es correcto, el proceso metodológico es muy imperfecto y lleva a confundir riqueza de consumo con bienestar, y felicidad. Por ejemplo, cuando el PIB crece al 5% en promedio, la pregunta difícil de responder es: ¿cómo personas o empresas están aprovechando este crecimiento? Algunos si miran a sus bolsillos dirán que si hay mejoras y otros que no. ¿Pero qué si los ciudadanos tienen que hacer filas kilométricas para recibir un pésimo servicios de salud o corren el riesgo de ser baleados por la propia Policía, o no tienen acceso al agua y saneamiento básico? El PIB es sólo fetiche de los políticos de turno y no llega a la vida de la gente. 

 Que el PIB refleje que se hicieron más hospitales o escuelas no dice nada sobre la calidad de estos servicios. Es decir, el aumento de la inversión y gasto público (piense en canchas de fútbol o ingenios de azucareros sin materia prima o museos personales) aumenta la producción (input), pero no contribuyen a un buen resultado (outcome). La calidad de la inversión pública no está asociada a su tamaño, como a veces pensamos en Bolivia.

  Otra crítica relativamente antigua a la forma de medir el PIB es que omite el trabajo de las mujeres en el hogar (home production) y no dice nada de la producción comunitaria (sharing economy).

  El tema de la precariedad en la medición del PIB y su fetichización se complica cuando se incorpora en el análisis el deterioro del medio ambiente. Si el objetivo central de la política económica es aumentar, sobre todo, el tamaño del PIB en base a la explotación de recursos naturales, por ejemplo, el resultado puede darse en detrimento de la calidad de vida de futuras generaciones por los efectos negativos del modelo de desarrollo sobre el medio ambiente.

 Por ejemplo, en la agenda patriótica boliviana,  el crecimiento económico rumbo al 2015 se hará en base a hidrocarburos, minería, electricidad y agricultura (todas actividades extractivistas) y uno de los indicadores centrales para ver el éxito de la propuesta es la contribución de estos sectores al aumento del PIB. Cabe recordar que lo que medimos afecta lo que hacemos. Como la medida del Producto no incorpora pérdida de bosques, deforestación, eliminación de flora y fauna, y la desaparición de la  biodiversidad, ciertamente sólo se contabilizan ciertos tipos de beneficios de corto plazo. Porque si incorporásemos los impactos negativos del extractivimo ya mencionados, el PIB podría ser negativo en la contabilidad de largo plazo.

  El fetichismo con la medida PIB en realidad es una manifestación del nacional desarrollismo que es un modelo de desarrollo de la industrialización de los recursos naturales que mira por el retrovisor. Propone subir la escalera del desarrollo, generando valor a las materias primas. El mineral se convierte en un lingote, después se producen clavos, posteriormente se hacen calaminas y, en algún momento del horizonte del proceso de cambio, se llega al automóvil nacional. En suma, es hacer la revolución industrial inglesa con 200 años de retraso.

  Además, para este anacronismo intelectual,  desarrollo son grandes obras, monumentos al cemento, es sóviets y electrificación, caminos, represas, teleféricos, satélites, museos, pesados y pretenciosos edificios. En suma, es el crecimiento del viejo PIB que se vuelve  un tótem sagrado del desarrollo, al cual se lo venera anualmente, olvidándose de la gente y sus necesidades.


Gonzalo Chávez A. es economista.
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