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Cartuchos de harina

El calabozo presidencial

El calabozo presidencial
El periódico La Razón (nadie alega que sea parte de alguna conspiración galáctica contra el Gobierno) reseñó hace poco un discurso del Presidente. En él reveló más de la tradición política que representa, que en las sentidas peroratas por el asesinato del Che Guevara.

Me llamó la atención porque tiró por la borda las apariencias políticas calculadas, tan parecidas al circo. Raramente los eslóganes o las arengas a la tropa -por ejemplo un "¡Patria o muerte!” - sirven para que los historiadores evalúen a un personaje. Hasta García Meza coreaba que viviríamos con nuestro chuño, desafiando a Estados Unidos, aunque le metiera a la vez a la muletilla de las amenazas del "foquismo internacional”.

Esa nota periodística registró así las palabras de Evo: "Con el objetivo de acelerar la ejecución de proyectos que se encuentran rezagados en alguna dependencia del Ejecutivo, los miembros de su gabinete deben trabajar en horarios extraordinarios, en una figura que denominó ‘arresto en Palacio’. "Cuando no aceleran proyectos, cuando se duermen proyectos con plata en algún ministerio, lamento mucho decirlo, yo he inventado el arresto en Palacio. El ministro que no acelera se queda en Palacio hasta resolver y así funciona, así corren (los proyectos)”. "¿Ahora qué culpa yo tengo si las Fuerzas Armadas me han enseñado eso? ¿Arresto, calabozo? Pero sirve para que haya resultados”, afirmó. 

Ese texto es copia fiel, por si hay un fiscal encargado de la prensa o, más importante, del manual de estilo de cómo citar a Su Excelencia. A partir de esas expresiones, se intuye cómo varios ministros redactaron y presentaron, ágilmente, sendos libros sobre el affaire Zapata. Si fueron producto del arresto, es ya impropio observar errores en tales emprendimientos literarios, por más facilidades que tuvieran sus autores.

En esos casos, versos del poema Para la libertad de Miguel Hernández podrían leerse en clave dactilográfica. Un ministro retenido en Palacio se consolaría así, recitando: "Para la libertad, mis ojos y mis manos”, frente a una computadora provista por el staff del Palacio. O ante una impresora, para leer el borrador en voz alta, en medio del frío paceño de las 3:00. Nadie previó las ocasiones sin par en las que autoridades bolivianas se confortarían con el poemario de la libertad.

Si ése es el trato a los ministros, los opositores no pueden quejarse. Al Presidente le interesan sus resultados, más allá de la filigrana constitucional. El que no colabora, sabe a lo que atenerse.
 
Es que el Presidente es fruto político de dos escuelas: el cuartel y el sindicato. En ambas rige el más fuerte.

Los seguidores de izquierda del MAS seguramente confrontan problemas de identidad con ese tipo de confesiones. Como en el poema de Hernández, la izquierda usualmente reivindica al preso, no al carcelero. Lo confirmaría un repaso de la literatura y el cancionero izquierdista.
 
Quizás no la realidad política, fecunda en abusos también en la izquierda, no ya con meras cárceles, sino con ejecuciones por robar una lata de sardinas.

Lo que dijo el Presidente sin embellecimientos revela su parentesco con la tradición del caudillismo militar del siglo XIX: hombres broncos, prestos a imponerse, para quienes el poder era muy concreto y se ejercía a carajazo y puñal.

La idealización nacionalista, por ejemplo, nos legó la figura de un Belzu libertario, socialista utópico, campeón de artesanos y plebeyos. Y ciertamente fue el abanderado de esas clases, pero con pelotones de fusilamiento de "conspiradores” que el país ha olvidado.

Sin fusilamientos, Evo proviene menos de la tradición izquierdista a la moda, que de esa veta del siglo XIX. Y con excepción de algunos, infiero que a muchos en el MAS les es más cómodo que esas locuciones presidenciales pasen inadvertidas. De lo contrario, urgirían mortificados a Evo que aclare que en realidad quiso trazar una metáfora. Alguien podría sino pensar que el Presidente encierra a sus ministros como un rudo suboficial que se enseñorea con sus mostrencos.


Gonzalo Mendieta Romero es abogado y analista.
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