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Cartuchos de harina

Donald Trump y el cine importado en Bolivia

Donald Trump y el cine importado en Bolivia
Aquí ya sabíamos que la política es también un show. Los discursos de plazuela -como se llamaban peyorativamente- fueron sustituidos de a poco por empaques, jingles y spots. La propia necesidad de expresarse en esos odiosos anglicismos ratifica que en Bolivia la política como oferta de mercancías es producto -uno más- de una importación exitosa, como antes las películas de cowboys. La generación de nuestros abuelos ya vivía esa hibridez preglobalizadora que le hacía gustar, a la vez, a Los Chalchaleros y a John Wayne, el cowboy por antonomasia.

Como las de Estados Unidos estos meses, las campañas políticas que presenciamos aquí ritualmente son hijas del repudiado y materialista mundo occidental, obsesionado con la utilidad y el éxito. Poco tienen que ver con los principios pachamámicos de gente absorta en su mundo como el apacible Canciller.

Esas campañas descienden acá de la que pusieron en marcha para ganar la elección en 1989 Sánchez de Lozada y su consultora gringa, Sawyer & Miller, haciendo supaipichir a Jaime Paz y al general Banzer, pero coaligándolos en su contra para perder la presidencia. Fue una primera lección de que el cine duro, la maniobra dedicada a vender entradas nomás, tienen efectos adversos. Lo vemos en el MAS, cuyos actores, con tal de lucir fieros y galanes para su audiencia, van prestos -con sus ataques- a unir a sus enemigos. Como el Goni de 1989, que prefería hacer un buen chiste a conseguir un aliado. A la película que rueda el MAS, prefiero el VHS en casa.

A modo de muestra, un sindicalista tradicional y de izquierda como Evo (a quien poco le interesaban hasta 2006 los escritos de Fausto Reinaga o las enjundiosas diferencias entre indianistas y kataristas) devino en un conveniente amauta tiwanacota con vestuario seleccionado para sus meditadas entronizaciones, como fiel discípulo de la eficaz tecnología política del show, del primer Goni.

A propósito, fue un gaucho, Castelli, cabeza del primer ejército auxiliar argentino que hizo desmanes en estas tierras, al que se le ocurrió cuán propicia era Tiwanaku para rodar una "película” de corte político. Alguien debería indagar la influencia de la teatralidad del Río de La Plata en procesos bolivianos que pasan por exclusivamente originarios, como el MAS hoy y el movimientismo antaño, igualito al peronismo.

Las mismas actitudes de los graves, malhumorados y enérgicos personajes de nuestro Gobierno tienen que ver más con los arquetipos de El malo, el bueno y el feo, el Western por excelencia, que con el destino nacional. Y eso que no asigno a nadie el papel de Clint Eastwood, estrella de esa filmación. Tampoco el del feo o el del idiota, protagonista que todo filme de audiencia masiva también merece.

Así llegó a Estados Unidos Donald Trump en su carácter de rudo vengador y desafiante mandamás. Un vengador al que no entendemos bien desde la selva, el valle y el ande. Nos es difícil admitir un cambio de elenco y roles del cine al que nos ha habituado esta década. En la película que Trump interpreta, consignada también para ganar el beneplácito de un electorado mayoritario como el que le votó, las víctimas no son morenas sino blondas como vikingos, sólo que mal pagados o sin pega. Y sus villanos son latinos pobres o musulmanes. O una élite sofisticada –más que la nuestra, eso sí-, a tono con sus cofrades del mundo y no con sus vikingos de tierra adentro, la masa frustrada que votó por Trump.

El género del cine político no es más el de la habilidad infalible y cavilada de Sean Connery, el agente 007. El primer mundo también precisa de cowboys vengativos, capaces de buitrear -a nombre de otros- la vida infame que colectividades enardecidas no admiten continuar. En Bolivia, esa película se ha presentado por varias temporadas. Y nadie sabe si de repente un nuevo 007 vaya a hacer aquí otra vez las delicias del público, agotado ya de las repeticiones de un guionista sin imaginación, aunque ahora sea novedoso en Estados Unidos y no deje de reflejar profundas conmociones sociales.

Gonzalo Mendieta Romero es abogado.
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