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Cartuchos de harina

El agua, precio de una (crédula) epopeya

El agua, precio de una (crédula) epopeya
No es para celebrar, descorchar champaña o para que Moisés registre los derechos sobre un undécimo mandamiento, pero en Bolivia la política no sobrevive sin clientelas que medren de apoyar al poderoso del día. El drama del "Gobierno de los movimientos sociales” -como le gusta(ba) definirse- es más grave, empero: su clientela y la suerte de sus dirigentes y adalides son ahora la solitaria finalidad de su poder.

Que aún se exhiban murales -ya descascarados- y propaganda del supremo líder y sus amigos, es arte pictórico del malo, no política. Pero los gobernantes no ven el lado risible de esos murales. Su éxito ha anquilosado sus reflejos. La celeridad del avión, el sillón rojo, la charla muelle, oír frases inalterablemente dulces o culpar a los enemigos por cada traspié, son hábitos que han cobrado su precio a los enmohecidos paladines que nos regentan.

Mientras, la escasez de agua en varias ciudades puede atribuirse a muchas causas. Unas, como la reticencia enigmática y levítica de San Pedro (¿por qué nos sacrificas, che?), que no deja llover, o el cambio climático y la deforestación. Otras, más relativas y con gracioso acento político: ¿el capitalismo? (¿o las "hazañas” ambientales socialistas?) o alguna secuela de Apocalipsis Now.

Algunos incluso atribuyen la falta de agua, cuándo no, a las "guerras de 5ta generación” que instiga el imperio norteamericano, justo después de que Obama negociara con Cuba y antes de que suba Trump. Sólo espero que la "5ta generación” no sea un modo profético de revelar que viviremos sin agua por cinco generaciones más. El hecho es que el aguacero no cae. Y no lo promoverán esas hipótesis de perturbados oficialistas de la sagrada orden de la conspiración.

El desastre del agua tiene también una raíz política. El poder del MAS se asentó en una confederación de organizaciones. Y me tinca que de los motivos altruistas que las formaron, en muchas queda un remoto recuerdo. De su sed de recursos y pegas queda más, hasta en las empresas del agua. 

Como las élites destronadas fracasaron, se creyó que, en su remplazo, las organizaciones sociales, las manifestaciones callejeras o el bloqueo de caminos tenían siempre un fin benefactor, igualitario, una proclividad innata al bien. No había cómo refutarlo, pues pesaban nuestras viejas culpas. Fuimos y somos una sociedad injusta y racista, con desiguales mejorías.
 
Pero persiste nuestro temple, cruel con el humilde y festivo con el poderoso. Este Gobierno ha afinado, además, ese talante.

Al clasismo y la miopía habitual de las élites se le opuso un contraclasismo: la calle y sus dirigentes lo corregirían todo. Este nuevo prejuicio fue irrefutable, sin matices. Tomó el alma del país, con el MAS a la cabeza. Es que las ideas de moda nos hipnotizan hasta el trastorno. Ya pasó con el marxismo y con la dogmática liberal.

El MAS cabalgó con injertos intelectualizados y sentimentales de la más refinada actualidad de la contracultura mundial. No trajo la violencia de una revolución de verdad, pero sí sus ecos parisinos, tardíamente sartreanos, de indumentaria chic, rudeza bélica y verbo ininteligible. No faltaron los empaques de la literatura política (¿Foucault, Negri, Laclau?) que releen nuestras generosamente llamadas vanguardias intelectuales.

Esa confederación de eruditos, políticos, dirigentes -y aprovechados- gobierna ya por más de una década. Sabe de la microfísica del poder o, si no, por lo menos de meterle miedo al prójimo. Pero no tiene idea de cómo llevar agua al wáter. La epopeya social que nos ha contado carece de especificaciones sobre el ser humano que va al baño.

Ahora toca convencerse lentamente de las limitaciones de esa epopeya perfecta, sin mácula. Y a excepción de contadas personalidades, las élites desplazadas tampoco ofrecen más que su apatía por el destino nacional, con tal de que no las jodan. El futuro no se ofrece pródigo para rescatarnos de atavismos, intolerancias o racismos. Pero si el milagro ocurriera, habría que limpiar todo en seco. Con agua, difícil.

Gonzalo Mendieta Romero es abogado.
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