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Cartuchos de harina

Breve reseña de las columnas que me aburren

Breve reseña de las columnas que me aburren
De puro cantor, soñando con una rutina distinta a los papeleos con los que me gano el chairo, descubrí cómo se colabora para el periódico español El País. Éste tiene un recetario para que un artículo de opinión sea admitido por sus editores.

Al final, reglas como ésas son sólo la impresión de una persona, por hispánica, sabia o letrada que se muestre. Pero me pregunto cuántas columnas de nuestros periódicos calificarían bajo el criterio de El País o si las "del suscrito” (o sea yo, dicho en andino-acartonado) lo harían, sin incurrir además en lo que critico en estas líneas.

Es que quisiera elaborar un canon de las columnas que me aburren soberanamente. Y anhelo una editora con mi gusto arbitrario, que las descarte sin más, así sean populares. Hay escritos en la prensa que me cansan como esos postmodernos del singani, citando a Deleuze para lucir caché. Voy a dar unas pistas.

No sé si les pasa, al dilapidar tres o cinco minutos de su vida y descifrar ciertos artículos. Es como si arguyeran que para ahuyentar las penas basta exclamar las virtudes o maldades del Gobierno, del neoliberalismo o de algún sujeto. Como si opinar consistiera en repetir una fórmula o en romperle la madre al del frente, con el ceño bien mosqueado.

Más liberalismo, más evismo, más feminismo o más de lo mismo son los lugares comunes de ciertos rincones de opinión, para aplicarse ya mismo con un dejo de genialidad, como si a nadie se le ocurriera, como para iluminar a la inerme muchedumbre. A lo mejor es así de sencillo, pero cuando sigo una columna de opinión prefiero que me haga creer que no. Para el activismo -aunque implique coraje- ya existe el semanario de los trotskistas, Masas. Alquilen una franja allí, y caso cerrado.

El País aconseja, por ejemplo, no aludir en un artículo a "la falta de voluntad política” como causa de malestar social. Confíe, parece decir, en que las cosas no son tan obvias, pedazo de gil (agitando una mano a media altura con los dedos juntos hacia arriba, como gaucho por la frase lerda del vecino).

El editor de El País también es simplón y le hace un guiño a la moda de "ir a contracorriente”, para asegurar que un artículo se publique en ese diario ibérico. No obstante, para un boliviano esa vía no es tan fácil como la pinta ese jactancioso editor. Ir a contracorriente en un país contracorriente es trabajoso. Porque lo corriente entre nosotros es dar la contra. En Bolivia es peliagudo aferrarse a la rebeldía. En una comunidad de díscolos, ser rebelde en serio es arriesgarse a ser confundido con un blando o timorato cualquiera.

A modo de ejemplo, dar la contra en materia de opinión supondría escribir un alegato convencido de la ecuanimidad de María Galindo o del amor de JRQ al prójimo. O plantarse a postular las ventajas del cambio climático; y las de acalorarse en la ciudad de El Alto, viendo derretirse los glaciares de la cordillera Real de los Andes, antojado de helado de canela en un minibús repleto, a mediodía, con radio a volumen de moto, sin silenciador de escape.

Por su parte, el periódico inglés The Guardian destaca el dicho de un antiguo director suyo: "Los comentarios son libres, los hechos sagrados”. Ese lema trasmina un olor puritano excesivo para mis genes, pero serviría a los que al escribir buscan probarlo todo con la secreción biliar. O a los que insisten en que la verdad depende sólo de su tono.

Si fuera editor de The Guardian cambiaría su máxima por otra menos protestante y más indulgente con las contorsiones del alma humana. Es de Mark Twain: "Recaba los hechos primero, puedes distorsionarlos después”.

Finalmente, El País advierte que si uno está enfadado no redacte una columna de opinión. Para eso están las cartas al director. Yo añadiría que para andar indignado siempre -incluso cuando es legítimo- no hay nada como enrolarse a un cursillo de Pablo Iglesias en Madrid o afiliarse a un par de gremios. El desahogo callejero va más acorde a la cólera constante que una columna que se lee en silencio. Claro, cuando se lee. No siempre lo hago.

Gonzalo Mendieta Romero
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