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Cartuchos de harina

Te recuerdo, Dilma (canta el Gobierno)

Te recuerdo, Dilma (canta el Gobierno)
El Cardenal Richelieu sostenía que "hasta los mejores príncipes necesitan un consejo”. Cuánto precisarán un consejo, entonces, los príncipes de corte más modesto, para ponerlo en refinados términos cardenalicios. Y en sus relaciones con Brasil, al Gobierno le falta un (otro) amauta. No vamos a exigir un Richelieu local.

Estos días, el Gobierno quedó con el corazón partido por la destitución de su recordada amiga, la expresidenta Dilma Rousseff. El Presidente Morales anunció el llamado a consultas a su embajador en Brasilia. En diplomacia, eso resume el disgusto nacional, luego reciprocado por Brasil. 

Para no razonar con las vísceras, juzguemos esa decisión no sólo por lo que se resolvió hacer sino también por lo que se descartó. En ese orden, la reacción boliviana fue menos bombástica que la venezolana. Maduro desmañadamente rompió relaciones con el Brasil, Evo no. Con un paso de ballet, alegaría que la medida boliviana fue la mejor fórmula de una mala opción. Hay que leer en coca si esa fórmula alcanza (¿será?) para proteger las relaciones con Brasil.

Se entiende que el Gobierno no actúe (sólo) como contador, evaluando el monto de pagos brasileños, la próxima renegociación de la venta de gas, y lanzándose con la melena suelta, desbocado, a vivar al nuevo rey carioca. Ni aunque lleve el apellido Temer, homónimo del verbo castellano que adoran insignes miembros del elenco político oficial.

Pero se comprende menos el análisis del Gobierno. Más allá de las incidencias de la destitución y de la traza de los remplazantes de Rousseff, Dilma ni siquiera presidía un gobierno "muy débil para gobernar y muy fuerte para caerse”, como se decía de un régimen prerrevolucionario chino, el siglo pasado.

A Dilma la destronaron porque no podía sostenerse. Ése es un dato, más allá de si gusta o no. Ni la sagrada calle -para políticos como Evo- sacó cara en serio por la expresidenta Rousseff. Esa misma Dilma que anduvo abierta a considerar un tren bioceánico con el Perú, que no pasara por Bolivia.

El Gobierno pudo lanzar alguna de sus habituales salvas de cohetes orales a favor de Dilma, y actuar menos precipitadamente. Porque el nuevo gobierno brasileño luce precario, pero nadie sabe con quién nos veremos las caras el 2019, cuando toque charlar con los brasileños del gas nuestro de cada día.

Una mesurada salva de cohetes habría permitido por lo menos gestionar la gratitud pernambucana del "compañero Lula”. A la vez, la cautela le habría preservado al Gobierno un tris de interlocución con los nuevos regentes brasileños. Pero, como Hernán Cortés, el Gobierno es machazo para quemar sus naves, aunque le fastidien las metáforas de origen colonial.

El Gobierno anhela un mundo -o al menos un vecindario sudamericano- a su medida. Como un club deportivo en el que se venera la misma camiseta, los mismos jugadores, y se añoran, entre tragos y soplos, las epopeyas del equipo. No obstante, hay que diseñar un puente entre los deseos del hincha y los hechos. Sudamérica se parece cada vez más a un club de fútbol, sí, pero con otra camiseta.

A nadie le está prohibido escribir su demonología privada, distribuyendo íncubos y súcubos a discreción, dividiendo el mundo entre devotos y herejes. Las dificultades surgen cuando se acaba por tener fe en los demonios literarios. Incluso Fidel Castro mantuvo una relación cordial con Francisco Franco –quien calificaba como un idóneo belcebú- y no sólo por simpatías entre gallegos. Quizá una nueva visita al abuelo Fidel espantaría los diablos nacionales.

Es que el Estado boliviano actúa crecientemente en la arena internacional con la presunción de que es depositario de una moral universal, cuyas reglas dicta a su antojo. Entretanto no convenza a la humanidad de las virtudes de esas reglas, serviría obrar con humildad y cálculo.
 
Por ejemplo, en materia de amor y saudades por Dilma, iría mejor mostrar mucha inteligencia y mediocre corazón, que mediocre inteligencia y mucho corazón, para parafrasear a Richelieu, retorciendo sus pensamientos.

Gonzalo Mendieta Romero es abogado.
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