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Cartuchos de harina

De la Caja al cajón

De la Caja al cajón
El Gobierno sólo se mueve por rédito propio. De ahí que es difícil saber si su pelotera con los poderes fácticos de la Caja de Salud viene inspirada en las razones correctas. No obstante -y dicho con el cinismo imperante-, incluso si la piña del Gobierno con la Caja es por las causas erradas, tal vez pueda mejorar la salud pública.

La joda es que el bien común que se juega en la Caja de Salud se topa con la inercia de la política nacional. Ésa que deriva de los intereses de quienes se abanican con los problemas de la gente. Los que buscan ser Lenin, Churchill, Fidel, Paz Estenssoro, Túpac Katari, Robespierre o… Macri (!?), aunque al final sean lo que son. Debe ser duro de tolerar sin pasar por el diván.

Los asuntos de bien común a los que nadie da bola son infinitos. Lo son porque la política aquí es aún cuestión de señores feudales; todos ávidos de probar su fibra, pugnando de hacienda a hacienda para engrandecer su nombre. Quien conquista provisionalmente el Estado -en alianza con caciques, mediadores de la empresa, la milicia, la política o el sindicato- codicia ser como los poderosos que combate o como sus superhéroes (ver el párrafo anterior).

El origen social no cambia la lógica (Evo es una prueba). La extiende para que todos beban de las ambiciones de nobleza y gloria, compensatorias de la vulnerabilidad del simple habitante de esta nación. Lo que interesa a los grandes señores es dejar de ser ciudadanos comunes, no si el país vive con la salud pública secuestrada.

No importa si los discursos, las ideas que aparecen en la superficie, prometen la redención mayoritaria, como ocurrió con el MAS -y antes con el MIR o el MNR-, y como seguramente ocurrirá con quienes hoy lagrimean por la democracia amenazada. La motivación última de los grandes señores es vanagloria y poderío. En eso, Jaime, Álvaro y Gonzalo (pongan los apellidos) son hermanitos univitelinos. Que a veces el país reciba una gracia de chiripa, del sudor de esos héroes, no borra la cruda verdad. En el mundo, arrogancia y poder son móviles de la política. Aquí, su finalidad.

 Mientras, hay actores poco sumergidos en los paradigmas premodernos de la distinción personal. Son prácticos y dominan las instituciones, el poder fáctico, como los que controlan la Caja de Salud. Esos dueños del mando concreto conocen de memoria que la contienda de los grandes señores para inscribir su nombre en piedra, deja a esos operadores como reyezuelos.
 
Pueden alquilar sus fuerzas, bien pagadas, para apuntalar a unos señores contra otros, indefinidamente. Pasa en la Caja, en la Policía y en los sindicatos.

Las inelegantes faenas del bien común son triviales, estúpidas, porque vamos concentrados en luchas épicas, indispensables para adjudicar honores a quien aún no los tiene. Entre hacer la revolución o rescatar la libertad, como narrativa política, qué importa si las embarazadas hacen fila de madrugada para sacar la ficha que permite dar a luz sin riesgo de muerte.

 Si la refundación del Estado está en juego para alumbrar como un sol a sus próceres, a quién le interesa que los poderes fácticos medren de la enfermedad y la muerte de sus congéneres. La mayoría asegurada en la Caja no recibe ni un servicio mediocre a cambio de lo que aporta; más bien reza para afiliarse a otra entidad, como la Caja Petrolera o Bancaria.

Nos desvelamos por la hazaña de un nuevo referendo en el que gane quien perdió; o por quién será el predestinado a la dignidad de enfrentar al Excelso Evo, en la oposición. Mientras, hay quien ignora si su padre será operado en la Caja. Lo esperaba gracias a la cola que hizo resignadamente, en disputas con un prepotente revendedor de lugares, con los delincuentes que hostigan a los débiles.

Pero a lo mejor la trifulca entre el Gobierno y la Caja es ocasión para que los grandes señores, oficialistas y opositores, desatiendan un cachito sus entretenidos juegos. Podrían tantear si hay algo benéfico que lograr, antes de volver a su ajedrez ficticio, alentados por sonoras barras de sicofantes.


Gonzalo Mendieta Romero es abogado.
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