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Gonzalo Mendieta Romero
Cartuchos de harina

El futuro (tampoco) será (del todo) democrático

El futuro (tampoco) será (del todo) democrático
También me gusta la libertad hasta el capricho. Y que los gobernantes sean ilustrados, cuerdos y benignos. Pero hace tiempo me tinca que la conjunción de todos esos excepcionales elementos tampoco acompañará nuestro futuro, pese a que lindo sería.

En estos años el sustrato de la oposición al MAS ha sido el clivaje democracia/autoritarismo. Esa prédica ha tenido razones, no éxito. A la mayoría le interesa la igualdad y, menos espiritualmente, el bienestar y el consumo. La restricción de las libertades no es de inquietud mayoritaria porque, total, la sufren otros.

Es cierto que los humanos vemos las cosas no por lo que son sino por lo que deseamos que sean. Por eso la masa de quienes votan contra el MAS ven el futuro con ilusión. Esos votantes presumen que bastaría ganarle una elección general al MAS para recrear el respeto a la disidencia. Pero a veces es mejor guardar los deseos en el ropero y atisbar el porvenir sin empaques.

Para empezar, el MAS ha reinstaurado el uso del poder con métodos tan frecuentes como deleznables en la historia. Los juicios a opositores fueron práctica en los años 20 o en los 60, si bien en la democracia pactada fueron escasos. Con un cacho de cinismo es hasta para alegrarse de que no se desenterraran técnicas como los fusilamientos, campos de concentración o torturas. Esos excesos ocurrieron, según el caso, entre los años 40 y principios de los 80, y aisladamente en épocas más recientes (los "guerrilleros” de Luribay, torturados durante la UDP; la muerte con tormentos de un peruano en el gobierno del MIR/ADN, a raíz del secuestro de Lonsdale; los baleados del hotel Las Américas).

Nada descarta que en el futuro los métodos revividos por el MAS mantengan vitalidad. Por un lado, los peligrosos ánimos de venganza seguirán aumentando sobre todo por la boca de los bravucones; por otro, es probable que el consejero de cabecera de un futuro gobierno sea el miedo, con enemigos prestos a suscitar su caída prematura con cuchillos afilados. Si a esa sopa se le agrega una eventual crisis económica y tensiones sociales (sindicatos, cocaleros, huelgas, etc.), el paisaje induce el mismo optimismo que infundiría la reelección de Maduro o la de Trump.

Por si faltaran causas, la sociedad boliviana revela una tribalización mayor a la habitual. Los consensos que compartimos no son edificantes: consumo y riqueza. A las históricas fracturas (étnica, urbana/rural, regional, de clase o ideológica), se añade el desprecio rampante por los valores ajenos. Por ejemplo, el arrogante programa que ve la adscripción religiosa de la mayoría como una antigualla anacrónica. Ese bloque cosmopolitizante, en la izquierda y la derecha, da signos de haberse equivocado de país o de aspirar a uno con la sensibilidad de Nueva York, San Francisco o París, con la paradoja de que sembrará una reacción tradicionalista de proporciones.
 
Por otra parte, la adopción de valores es cada vez más una mera arma táctica entre nosotros. Y una sociedad de tácticos construye órdenes efímeros.

La onda mundial tampoco es alentadora. El dictador turco fue bendecido por Trump después de ganar un referendo para concentrar el poder. Excomandantes estadounidenses exhortan a Donald a no enajenar la simpatía de Raúl Castro para evitar que se adscriba a Rusia o China.
 
Las libertades poco importan. Y, para no hablar de rusos y chinos, Estados Unidos enarbola entusiasta el realismo que privilegia su seguridad a cualquier superficial principismo "democrático”. Ése que la golpeada oposición venezolana asigna a todo el que le muestra simpatías.

Estos diez años no han legado un cambio tan profundo como el de la revolución de 1952. No obstante, al detenerme de puro ocioso en las analogías históricas, con toda su imperfección, no dejo de pensar en esos liberales afectados por el 52, los que -como Luis F. Guachalla o Demetrio Canelas- no eran "rosqueros antipatria” como berreaba la propaganda. Ellos ambicionaron una vida democrática, con cierta inocencia. Transcurrieron más de 30 años para que surgiera.


Gonzalo Mendieta Romero es abogado.
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