La Paz, Bolivia

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Gonzalo Mendieta Romero
Cartuchos de harina

No bloquear los bloqueos

No bloquear los bloqueos
El bloqueo de caminos es parte del ornato como los molles, los canillitas o el quiosco relleno de dulces para las caries. Y en una mirada menos decorativa, los bloqueos son la imposibilidad de un orden del que se sienta parte el conjunto del país. Esa imposibilidad ha sido también alentada por una pertinaz narrativa antropo-sociológica. Hace décadas que cierta academia festeja románticamente el asedio de la sociedad oprimida al Estado. Lo que esa academia no sabe explicar es por qué en tiempos de Evo y su izquierda nacionalista, el asedio al Estado sigue. ¿Será porque, como alega el indianismo, el Estado no ha cambiado del todo?

Hay quienes ven en los bloqueos el vaso medio lleno. Uno es el historiador James Dunkerley. En alguno de sus lúcidos ensayos sobre Bolivia afirma que el bloqueo es una muestra de no querer llegar al extremo, al exterminio cainita, a la bala. Para Dunkerley, el bloqueo devela que los disconformes no quieren que la sangre llegue al río. Para ponerlo en una frase, en la guerra civil española nadie se contentó con bloquear.

Pero solo ver el vaso medio lleno es como un premio consuelo. Si un buen trozo del país anda insatisfecho, bloqueando por razones explicables, lunáticas o muy terrenales, significa que el "pacto constituyente” es cuento chino. De haber un orden nuevo, los bloqueos serían marginales. Y es que parte de la población vive aún desencantada o, por lo menos, torpedeando el interés general (que no es el suyo), si conviene.

Está también ahí, claro, la tradición nacional de montoneros alzados. Porque el orden es aquí palabra sospechosa, tabú. Nadie aboga de frente la supresión de los bloqueos ni, más difícil, imagina cómo los suprimiría. El Estado no tiene fuerza ni legitimidad para imponerse. Y los que lo manejan andan ocupados en su supervivencia (política y personal). Su caída podría ser la paga de un bloqueo mal despejado o batido a la fuerza.

Empero, en toda sociedad el orden -labor impopular- tiene un responsable legítimo. En Bolivia, no.
 
Confiamos en nuestra infinita capacidad de arreglos y contubernios. En la colonia se llamaba "gobierno por consenso”. Los funcionarios reclamaban que había que negociar con todos, sin fin, hasta la senda que se abría con aparente provecho general.

El orden, en su mitad de consenso (o de aguante) y en su porción de coerción, es pues el núcleo de un genuino pacto constituyente. Pero nadie se anima a tratarlo. Se intuye que el equilibrio frágil es mejor que cualquier estallido incontenible. No hay un programa político que afronte este nudo gordiano sin eufemismos o tópicos, como el de la bondad intrínseca de la calle. Y si nadie aborda ese nudo, nadie ha de cortarlo.

El fin de los bloqueos es pues utópico. Al grado que ni un gobierno mayoritario como el que algún día fue éste, ha podido instalar una convicción que los desaliente. Al contrario, ha acabado usando la prebenda, no las convicciones, para cimentar su inseguro dominio.

Quizá es mucho pedir que alguien construya el interés generala partir de pedazos de interés particular, corporativo, de cada clan o tribu que conforma el país. Clanes -arriba y abajo- duchos también en la ganancia de bombardear el bien común o amenazar con atracarlo. Todo gobierno les paga protection money para asegurarla paz endeble que no lo tumbe.

Suena cínico, pero -puestos a elegir- quién sabe estamos mejor nomás  entre la prebenda y la precariedad, que en manos de un termocéfalo para el que sólo se trate de aplicar mano fuerte. Y sin embargo, no por eso un orden sin bloqueos, cuya violación sea la excepción, es menos imperioso.

Los programas políticos pueden prometer "vivir bien”, la venida de Cristo o la jauja perpetua, pero al eludir las rocas para ocuparse de los guijarros prueban que hemos abandonado las tareas primarias a que el tiempo y la Divina Providencia las resuelvan. Y hasta ahora, no han podido.

En el papel, claro, todo está resuelto. Está escrito el "vivir bien”, por ejemplo. Cuéntenles a los que viven en Copacabana bloqueados, estos días. A ver qué dicen.

Gonzalo Mendieta Romero es abogado.
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