La Paz, Bolivia

Martes 24 de Octubre | 01:43 hs

Recuerde explorar nuestro archivo de noticias
Gonzalo Mendieta Romero
Cartuchos de harina

Seguir gobernando, pero por “tuca”

Seguir gobernando, pero por “tuca”
Mi hipótesis es que el Presidente y su corte "sienten que” (para usar su sensitiva jerga) deben seguir gobernando sine die principalmente porque el miedo es su consejero. Y las decisiones que el temor induce (como recurrir al Tribunal Constitucional para reelegirse al infinito) son insensatas, para ponerlo en un término elegante y que nadie se enoje. Es que la gente aterrada e irritada es peligrosa; más si tiene poder.

Contra lo que repiten como loritos los postmodernos, hay ideas y principios generales que son como una profecía, independientemente de lo que hagan los actores. Un ejemplo -aunque de menor calado que los que refiero luego- fue la sentencia de Tristán Marof, de su libro La Justicia del Inca, de 1924: "tierras al pueblo, minas al Estado” (Esta premonición se suele citar de memoria, sin atenerse a la letra). Alguien señaló que los siguientes 30 años Bolivia se limitó a acatar esa consigna.

En la arquitectura del poder ocurre algo parecido, pero aplicable casi en todo tiempo y lugar. Hay principios viejísimos acerca del miedo que desata tener poder. Santo Tomás (en Del reinado o gobierno de los gobernantes), por ejemplo, apelando a Job, dice que hasta para el tirano "el sonido del terror está siempre en sus oídos e incluso cuando hay paz (esto es, cuando nadie lo está dañando) él siempre sospecha complots”.

De ahí que una idea republicana moderna-la república es una traducción del gobierno mixto aristotélico-es que los poderosos deben tener en mente el momento en que bajarán al llano. Por vía del miedo, entonces, la doctrina republicana presume que los gobernantes cargarán siempre el incentivo -quizá conservador- de cuidar sus actitudes en el poder. Así su retorno a la condición de ciudadanos implicará menos ansias de venganza de sus enemigos.

James Madison fue uno de los padres de la constitución norteamericana, a cuyo espíritu tributa difusamente la nuestra -incluso la que en parte inspiraron los asesores españoles del MAS-.
 
Madison sostenía, aludiendo a los gobernantes, que "antes de que los sentimientos fijados en sus mentes por el modo de su elevación al poder (las elecciones) sea borrado por el ejercicio del poder, ellos estarán obligados a anticipar el momento en el cual su poder cese (…) cuando deban descender al nivel del cual fueron elevados”.

La democracia moderna está así basada en la "tuca” de los gobernantes como fuente de limitación práctica de su poder. El drama es que no todos saben la eficacia de esos principios. Hay quienes están más entretenidos en sus abstrusos cultos de secta neoizquierdista o en las fantasías de billar de que basta con mostrar quién es más fuerte.

Los vericuetos que el MAS ensaya para reelegir al Presidente tienen pues un origen conocido en la antigua filosofía política: el escalofrío del día después de dejar el poder, cuando los enemigos esperarán con navajas para retribuir juicio por juicio, detención por detención, afrenta por afrenta.
 
Ese escalofrío tiene efectos desastrosos. Cuanto más el gobernante fuerza su estadía, más resistencias crea y más pavor, a su vez, siente. A la inversa, las aparentemente estúpidas formas legítimas de abandonar el poder, le permitirían preservar cierta fuerza en el llano y evitar que  la "tuca” trepe. Esa fuerza impediría que los sueños de sus enemigos se consumen del todo.

Como afirmaba el poeta Heine, una idea escrita en la penumbra del gabinete de un oscuro pensador puede hacer caer un imperio. El sendero que sigue el MAS ya fue advertido. Falta conocer los hechos que llevarán a un callejón predecible, independientemente de cuánto tome.
 
Incluso desconcierta que el MAS, por temor a soltar el poder, busque encargarse del ajuste económico que se prevé, en el que estará forzado a explicar al país todo lo contrario de lo que ha pregonado.

Es como suicidarse por miedo a morir, por no enfrentar el pánico con filosofía. Pero claro, es un exceso pedirle filosofía a quien conceptúa la política como lucha libre o -en un vocablo elegante otra vez, para que ninguno se sulfure- como guerra.

Gonzalo Mendieta Romero  es abogado.
414
9

También te puede interesar: