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Nada es lo que parece

Bob Dylan

Bob Dylan
Cantó muchas cosas, cosas para todos. Pero dijo pocas cosas para sí mismo y de sí mismo, como, excepcionalmente, "soy un artista del trapecio”. Porque Dylan forma parte de esa tan escasa clase de artistas que recorre un camino imposible para que el resto de la humanidad pueda creer en sí misma. Motivo suficiente para merecer un premio Nobel.
 
El Nobel de Literatura es el mayor premio a la intervención de las artes en nuestra vida. En el momento de su constitución, que era un momento de fe en la modernidad, la literatura condensaba el lugar de las artes. Las artes se definían por el medio (palabras, sonidos, movimientos, líneas y colores);  poco después, por la combinación de medios, como el cine, el teatro, la canción. Pero el momento de predominio de la combinación, las artes tradicionales se replegaron y se redefinieron restrictivamente a través de sus géneros –en el caso literario, sólo sería literatura la novela y la poesía-. Y desde entonces, la tradición y la renovación viven sobre todo defendiendo su terreno laboral y sólo excepcionalmente expandiendo su territorio creativo. 
 
El premio a Bob Dylan, precisamente por eso, va más allá. No es sólo un homenaje a esa escasa clase de artistas. No es sólo un reconocimiento a la trascendencia del arte por encima de su institucionalidad definida por el medio o por el género. Es también la constatación de que la creación de mundos imposibles no está limitada por la palabra aún si precisamente la palabra, en todas las artes, sea su condición necesaria.

 Son pocas las canciones que fundan patria, patria humana claro, en los oídos de la vida común. Cuántos caminos interiores habrá tenido que caminar Dylan completamente solo para poder oír la piedra rodar, para no tener secretos que esconder sin conocer el camino a nuestra casa, para contarnos la belleza que estuvo pasando de largo sin que podamos oírla. Tanta batalla suya para que podamos escucharnos y saber que estamos hechos para cargar el descomunal agravio de nuestra humanidad a nuestra propia historia, a la naturaleza, a la libertad de reinventarnos.
 Dylan no es sólo una voz de nuestra belleza trágica. No es sólo uno de los pocos trovadores contemporáneos. Es también una voz que protesta contra el poder maquiavélico de esa parte del mundo que no podemos reconocer como nacido de nuestra entraña. Una voz que tiene manos hermanas de guionistas de los escenarios más complejos, de historietistas, de diseñadores de videojuegos, que también nos revelan los riesgos de este mundo selfie. Un mundo avejentado que, inclusive, en lo mejor de su intimismo tradicionalmente literario, tiene tanta dificultad para dialogar con el mundo joven que nos reclama que lo hayamos convertido en un lugar tan difícil para tener amigos.

 Dylan no, Dylan es su amigo. Ellos, los jóvenes, lo supieron siempre.

 Cuando dentro de varios años haya un premio Nobel de Literatura a un diseñador de video juegos, a alguien que haya podido romper definitivamente la distancia entre "escritor y lector”, recordaremos este año como el año de nacimiento de ese salto al abismo. Porque esa distancia nos seguirá dividiendo hasta que el ciudadano común sea dotado de herramientas de realidad virtual vinculadas directamente a la creatividad trascendiendo la palabra. 

 La palabra instaura mundos, casi siempre mundos posibles; aunque los que verdaderamente importan son los mundos imposibles creados por las artes. La voz de Dylan deshace palabras y deshace música para hacer canciones, canciones que fundan mundos imposibles, como siempre hizo el arte desde que es arte. Por eso, ese imaginador que imagina imaginarios compartidos y los ha cantado desde hace 50 años merece el premio Nobel. Por eso, también, los ciudadanos comunes hemos comenzado a recorrer ese largo y complejo, y tortuoso camino de convertirnos en artistas. O, cuando menos, de comprender el imprescindible lugar de las artes en la vida escuchando Blowin’ in the wind.


Guillermo Mariaca Iturri es ensayista.
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