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Nada es lo que parece

El duelo

El duelo
"Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé. Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos, la resaca de todo lo sufrido se empozara en el alma... Yo no sé. Son pocos; pero son... Abren zanjas oscuras en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte. Serán tal vez los potros de bárbaros atilas; o los heraldos negros que nos manda la Muerte. Son las caídas hondas de los Cristos del alma, de alguna fe adorable que el Destino blasfema. Esos golpes sangrientos son las crepitaciones de algún pan que en la puerta del horno se nos quema. Y el hombre... Pobre...
 
¡pobre! Vuelve los ojos, como cuando por sobre el hombro nos llama una palmada; vuelve los ojos locos, y todo lo vivido se  empoza, como un charco de culpa, en la mirada.  Hay golpes en la vida, tan fuertes ... ¡Yo no sé!” (César Vallejo).

 El proceso de cambio ha muerto hace tiempo. Y, sin embargo, vuelve a morir, sigue muriendo, como si retornara, muerto, de su muerte. ¿Será que lo convocamos para que la sombra de su muerte no nos arrastre? ¿Será que todavía no pudimos vivir el duelo por esta muerte tan nuestra? ¿Será que este pueblo tan pueblo se niega a que otra más de sus pocas certezas se desvanezca en el aire?

 Los setenta muertos de estos años, la corrupción que nos degrada, la depredación, el abuso, la traición, ese vaciamiento perpetuo de la esperanza, no se borra con promesas, no se tapa con publicidad ni se disimula con discursos. No es cuestión de enterrarlo en unas elecciones.
 
Necesitamos iniciar un trabajo de duelo para que ese muerto muera, no nos contamine de culpa ni de fracaso y no pretenda volver como farsa.

 Para el pueblo pocas son las muertes que son; pocas las que habitan hondamente en la vida colectiva. El duelo por esas muertes es el que alimenta los diversos modos de la tragedia y, al mismo tiempo, el que nos obliga a renacer de las cenizas. Pero para renacer y no enfangarnos en la culpa hay que vivir el duelo como un acto ritual que distinga lo político – trabajo por el bien común- de la política –la reproducción del poder-. Ese acto ritual que nos devuelva a lo mejor de nosotros mismos.

 Hay una sola manera de hacerlo. Para que esta pérdida intolerable adquiera la dignidad de una muerte honrosa necesitamos refundar el lazo social. Porque si el duelo fuera sólo una alucinación de varios individuos, el muerto retornaría como un espectro privado de descansar en paz. Este duelo, en cambio, deberá ser un trabajo colectivo para hacer de lo político un espacio sagrado y de la política un valor ritual, no un mercantil valor de cambio electoral.

 Un ritual mortuorio que culmine en un entierro y afirme un viaje sin retorno de nuestro muerto, tendría que volverlo adiós para que muera su muerte en paz consigo mismo y con nosotros. No un entierro bajo el mundo del capital para que parezca otra más de sus crisis cíclicas y nos embauque en la alucinación del espectro que pretende retornar en cada elección. Sino una cremación colectiva que instale un acto refundacional del lazo social al interior del pueblo. Así retornaremos a la política pública liberados de aquellos políticos que la usurparon y la convirtieron en propiedad privada.

 En Bolivia sabemos que no todos nuestros muertos colectivos son iguales. Después de 1964 el nacionalismo revolucionario retornó demasiadas veces como un espectro violento que pretendía refundarse cuando nada podía refundar. Hoy, el socialismo siglo XXI desea declararse inmortal para repetir reiteradamente su muerte e impedir su entierro. Como si dependiese de él.

 Esa muerte ya se ha apoderado de nuestras vidas y ya ha señalado a su muerto. Ahora sólo queda enterrarlo, vivir el duelo, mirar el horizonte, renacer de las cenizas.

Guillermo Mariaca Iturri es ensayista.
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